miércoles, 27 de mayo de 2015

Agujero negro


Una decisión no es ni buena ni mala. Es solo un escoger el camino en una encrucijada y esperar a ver qué espera a la vuelta de la esquina.

Los optimistas esperan que lo que vendrá será siempre positivo. Los pesimistas, que las cosas irán peor. Los realistas saben que lo que espera detrás nunca se asemeja a lo esperado, pero que no siempre esto es necesariamente malo. Los espirituales piensan que todo tiene un sentido de crecimiento en nuestra vida. Los religiosos, que Dios sabe porqué pasan las cosas. Los ateos no creemos en nada.

Yo no tengo fe. Cuando las personas me dicen que espere a un futuro, para mí es como darme binoculares para que vea en el agujero negro y decirme “mira la luz”. Para no ser grosera, a veces pretendo ver en los binoculares y hasta finjo que creo que habrá luz. Pero yo solo veo negro-negro.

En lo que yo creo es en el presente. Aquí y ahora, como dicen los gestálticos. Conjugar verbos en pasado no tiene sentido: qué diablos quiere decir “yo hice?” “yo dije?” “yo creía?” “yo te amaba?”

En futuro es peor: “iré a verte”? “Haré la tarea”? “Diré una frase”? “Te amaré”?

Para mí, sólo se vive en presente: “te extraño”, “estoy haciendo”, “pienso”, “te amo”.

Yo no siento en otros tiempos. Así, no vivo de recuerdos. Los recuerdos se fabrican a partir de momentos que vivimos. Si queremos volver a sentir, tenemos que volver a vivir. No alimento nostalgias, no guardo rencores. Lo que pasó, pasó.

Así mismo, no creo en promesas. Cuando alguien quiere que algo suceda, lo hace y punto. No le pone fecha prorrogada. Cuando me prometen cosas en futuro, simplemente entran en el agujero negro y ya.

Por eso también vivo intensamente. Cuando algo me entusiasma, lo expreso, cuando algo me duele, lloro, si algo me exaspera o me indigna, lo digo. Tal vez se me va la mano en la sinceridad emocional. Tal vez eso abruma a las personas que tengo cerca. O les molesta.

Pero es que para mí no hay mañana. Si no lo digo hoy, no lo diré, si no amo hoy, no amaré, si no lo hago hoy, talvez no lo haga nunca. Mañana tal vez no esté acá. 

Es que ese agujero negro  es el de la no-existencia e  incluye,  obviamente, mi no-existir. 

sábado, 23 de mayo de 2015

20 locos y La-can


Yendo hacia el norte de paseo con los colegas de trabajo he experimentado toda una gama de vivencias y emociones.

Debo confesar que la semana que acaba de terminar ha sido difícil: exámenes finales, fin del grupo de estudio, problemas a nivel personal… conjugados obviamente con lo de siempre: ser mamá,  ser jefe, ser mujer (hasta la menstruación parece escoger el peor momento para asomar) y el insomnio que aparece siempre cuando el péndulo se desequilibra.

Resultado de todo esto el viernes casi ni me levanto para el dichoso paseo.
Mi yo-cansado-de-vivir me decía “duerme dos días seguidos” mientras el otro que se insomnia se reía diciendo “ no te engañes, son las cuatro, mejor levántate ya y deja todo en orden en estas dos horas”.

En fin, obviamente ganó  mi yo-insomne… Yendo hacia el norte ya con los compañeros, totalmente cansada, sin haber desayunado (los que no tienen adicción a la cafeína no conocen la sensación del cerebro que no “arranca” del todo sin el café), atacada sin piedad por la luz solar  ecuatorial porque para variar me olvidé las gafas , fui retrazando una ruta que he hecho varias veces desde mi infancia,  en variada compañía. Dándome cuenta como el ser humano “pinta” de emociones las vivencias y cómo solo algunos recuerdos duelen… Toda un tarea no estallar en llanto delante de 40 colegas . Eso no hace la jefe. “Si hubiera traído las tontas gafas por lo menos hubiera logrado soltar una lágrima o dos”.

Reviviendo ya con el café, abriendo por fin los ojos sin quemar neuronas por millón, fue llevadero mantener los diques de contención. La verdadera aventura aguardaba detrás de un itinerario que decía que en una hora y media, ascenderíamos y descenderíamos del Cayambe, foto-souvenir incluída. De los 40, 20 nos animamos a trepar en dos camionetas de lugareños, cuya tarifa oscilaba alrededor de los 30 dólares one-way. “Una estafa” – pensé yo-, pero como éramos un montón el impacto al bolsillo pareció aceptable en el momento. Eso era porque no había aún recorrido la ruta que transitamos.

Oponiéndome a un amigo que quería que me vaya en la cabina, me trepé al balde de la camioneta y debo decir que esta es una experiencia que he apreciado como ninguna. He estado acostumbrada a viajar  como pasajera sin poder tomar todas las fotos que quisiera (que son un montón), porque toca bajar el vidrio, que el chofer disminuya la velocidad o pare (esto solo me ha sucedido una vez en la vida), recortar  luego de la foto el asfalto de las calles, etc. Montada en ese balde superé la frustración de décadas. Reviví además esa sensación de total libertad que viene de sentir el viento en la cara, la llovizna, los implacables rayos solares. “Al diablo con todo”, me dije… Mientras un colega ya llevaba el pasamontañas, me dí el lujo de sentir como se me agarrotaban los músculos de frío. Me sentí viva y dueña de mi vida. Fue genial.

Ese camino fue un tormento para algunos. Los había estresados porque el auto no iba a pasar esos huecos hondos como cráteres; otros se quejaban de los golpes. Pero nada que ver con lo que nos esperaba aún: 40 minutos después de este trajín, la camioneta, en constante ascenso, ya no dio más. El chofer, un señor muy optimista, nos dijo que tocaba caminar como unos 20 minutos hasta el refugio. Entre resignados y asustados, mirando el camino pedregoso y mojado de nieve derretida, emprendimos el ascenso. En ese momento nadie pensó que había la opción de quedarse en la camioneta. Simplemente motivados por nuestro deseo de llegar arriba, comenzamos a ascender.

Los 20 minutos se transformaron, no sé como, en casi una hora…

La vida es cuesta arriba”, saben decir. Ayer aprendí qué mismo quiere decir esto. No que no haya hecho esfuerzos físicos (desde hace varios meses hago semanalmente 20 km de bici en la Carolina; antes hacía dos veces por semana aeróbicos con Miss Pichincha, ya se pueden imaginar!). No que no haya sufrido. Pero ascendiendo hacia el refugio en una caminata que resultó ser de tiempo indeterminado, aprendí lo básico de la vida.

Aprendí que dadas ciertas condiciones,  hay cosas más importantes que lamentarse por lo que fue o lo que no pasó. Hay veces que todo está en el presente: hoy hay que subir hasta el Cayambe, si no me concentro y hago el esfuerzo, no lo lograré. Y esto nunca se repetirá.

Aprendí que a veces no se sabe cuánto va a durar el dolor de ascender. Nos dijeron 20 minutos. En el actuar, se trata solo de poner un pie delante de otro, de ir hasta el siguiente peñasco, de planterase siempre una meta que está solo más allá sin saber si esta será la que determine el final del trayecto.

Aprendí que Maslow tenía razón en cuanto al asunto de las “necesidades básicas”. Cuando uno está concentrado en respirar y no dejar que el corazón estalle, nada más importa. Respirar ES la necesidad más básica de todo ser humano.

Una vez arriba, entendí que no hay nada como el sentimiento de respirar calmada frente a un paisaje maravilloso y decirse que la vida, así duela y nos haga sentir a veces que no vale la pena ni levantarse, nos premie el rato menos pensado con una vista tan espectacular.

Aprendí también lo importante que es no dejarse tentar por el camino fácil. Las benditas camionetas, con menos carga, continuaron subiendo: recogieron a varios de mis colegas en el camino. Ni en el asenso ni en la bajada me trepé a la camioneta. Mi afán de hacerlo por mi misma me ganó una caída espectacular en la que se me moreteó la mano, la muñeca y la rodilla derecha. No me duelen.  ¡En serio! Hasta estoy asombrada de lo irónica es la vida, pues  me duele más la otra rodilla por una tonta caída de hace dos semanas en la grada del baño  de la oficina que sucedió por andar distraída chateando en el whastapp.

Llegué en el 7mo puesto, lo cual es perfecto para mí, porque en esta competencia era sólo conmigo y alcancé el número mágico, el de los colores del arcoiris…

Ya en la bajada, sucedió otro evento…

La-can nos seguía. En ese momento aún no tenía ni nombre. Lo conocimos en el refugio, un perro color caramelo gentil y amigable. Cuando mi cuerpo  se llena de emociones tiende a rechazar la comida, por eso, sin hambre, le brindé todas mis galletas. Ya en la bajada el perro decidió seguirnos. Al principio pensé que sería solo en el trayecto a pié pero resultó que el perro nos siguió hasta donde estaban las camionetas. En realidad el animal corrió detrás nuestro casi la mitad de un trayecto lleno de piedras y polvo. Cuando nos dimos cuenta, comenzó la mega-discusión en el balde de la camioneta. ¿Debíamos llevarlo? ¿De quién era la culpa que nos siguiera? Una de nuestras colegas dictaminó que “si no le hubieran dado de comer, no estuviera aquí”. Inmediatamente  se me elevó el nivel de la culpa… ¡yo y las galletas! (luego me enteré que previamente, el perro había comido de otras manos, algunos colegas hasta se habían sacado selfies con él y que una de las personas que llegó primero compartió su PERA con él). En un arranque de reparación  emití la idea de adoptarlo: mi culpa hizo eco en la colectiva, así que paramos la camioneta y subimos al can.

Le dimos un nombre “psicológico”. Ya que era “el can”, sería La-can.

Tuvimos 20 minutos para debatir la idea de la adopción. En mi “plan de contingencia”, una colega se llevaría el perro hasta el lunes. Inmediatamente publicaríamos la foto de La-can en el Facebook y alguien se conmovería y lo acogería. Luego surgieron las voces de las otras personas: no podíamos llevarnos al perro, pertenecía al campo, a la vida al aire libre, estábamos interviniendo violentamente en su curso vital.

Y se me prendió una alerta mental: ¿No estaría yo haciendo lo que suelo hacer siempre, es decir imponer mi visión de la vida a otro (en este caso: La-can) sin tomar en cuenta sus necesidades?

Resultado de esta reflexión y de mucho debate acompañado de golpes y ajetreos, decidimos dejar a La-can más abajo en el camino, en un lugar más habitado, esperando con eso haberle ayudado en algo: nos paramos en la garita del guardia del parque y La-can, por propia voluntad se bajó.  Le dejamos unas galletas. Nos siguió luego un poco más, pero sería por la velocidad de la camioneta (la ruta está empedrada desde ahí), o porque en realidad quería quedarse… en un momento dado ya no lo vimos más.

Tratando de hacer un proceso de “reestructuración cognitiva”, en el resto del trayecto reconstruimos una historia que es la que contaríamos después:

“La-can era un perro abandonado, pero de apariencia cuidada. Fuimos su familia de acogida durante algunas horas, pero realizamos un proceso de reinserción inmediata en su hábitat”.

Estoy segura que La-can está mejor en ese páramo del Cayambe en donde siempre estuvo. Ese perrito que yo creía que me seguía por mis galletas (y ni siquiera era así), me hizo entender que debo dejar de creer que tengo la fórmula para resolver la vida de todos.

Muy terapéutico este viaje.

Como corolario sólo quiero hablar de las tarifas de los señores de las camionetas: ninguna estafa, por el contrario:  ¡Bien ganadas! Para ellos tengo yo dos enseñanzas más que saqué. Primeramente, deberían contratarme como asesora financiera: tarifa base sin negociación : 30; para grupos de más de 6 personas: 6 dólares el one-way, y 10 el ida y vuelta cuando los grupos sobrepasan 10 personas. La segunda enseñanza es: deberían solicitar el auspicio de Mazda y filmar sus subidas… ¡ganarían montones de dinero!. Sin necesidad de publicidad, yo salí convencida de este viaje que mi próximo auto será sin dudas una camioneta Mazda 4 x 4. Hasta les tengo el slogan: “la única que te permite sobrepasar tus propios límites”.

No en mi caso, sin embargo. Yo prefiero ir más allá de los míos no tan fácilmente, cueste lo que cueste,  y sacar mis propias conclusiones.


miércoles, 13 de mayo de 2015

El árbol de la vida


Acabo de releer por 4ta vez el libro de Elizabeth Kübler-Ross, La rueda de la vida. Lo interesante de leer  varias veces un buen libro es que impacta de manera diferente según los momentos que estamos viviendo.

La primera vez que lo leí casi me arrepiento de haberlo escogido como lectura para mis estudiantes. Esta autora, en etapa de vejez, es un personaje interesante pero en las 40 últimas páginas del libro se le “tuestan los cables”  severamente. Eso pensé la primera vez que lo leí.

Las dos veces siguientes me sentí altamente conmovida por ese sentido humanitario que ella supo imprimir en su vida. Sus palabras sobre el “amor incondicional” hicieron eco con las de Fromm en mi corazón y creo que, en muchas ocasiones, cuando pude escoger entre la opción egoísta de escuchar mis necesidades versus las del otro, hice prevalecer las ajenas en pro de esta lección humanista. Las veces en que cedí a mi impulso egoísta, me torturó el pensamiento de que no había dado lo mejor de mí. Ese efecto tuvo la relectura del libro en mí.

Hoy terminé de leer por cuarta vez el libro.

Y lo que leí esta vez fue diferente. Esta vez, leí la historia de una mujer que siguió desde un inicio lo que le dictaba el corazón. Una mujer en contacto con sus sentimientos, los más nobles y los más oscuros, que no se negó la ocasión de sentirlos pero que nunca se quedó empantanada en ellos. Una mujer que sintió desesperanza, odio, frustración, miedo y que sin embargo decidió fijarse siempre más en la luz que en la profundidad de la sombra del alma humana. La propia y la ajena.

De esta relectura, he sacado algunas reflexiones que desearía compartir.

La primera es relativa al dolor. Concuerdo con Elizabeth en que el vivir necesariamente implica dolor. El ambiente con el que nos toca interactuar es siempre hostil: el aire trae polución, el agua carga exceso de sodio, nuestros padres toman malas decisiones, la profesora nos hace sentir inútiles, el chofer del bus nos cierra la puerta en la rodilla, nos usan, abusan, maltratan… La vida entonces se impone como una lucha. Le preguntaba al hombre que amo ¿qué te impulsó a vivir? La respuesta no es fácil. Creo que  tratamos siempre de ponerla afuera: una meta, una persona… No es verdad. El impulso de vivir habita en nosotros, en mayor o menor medida. Es una llamita que está, ahí, viviendo. Podemos alimentarla o podemos asfixiarla hasta que no nos quede más remedio que matarnos. Es una elección.

La segunda reflexión es esa justamente esa :  la del libre albedrío. No en el sentido filosófico. Sino solamente en un sentido vivencial: todo el tiempo estamos enfrentados a elecciones. Elegimos encerrarnos entre cuatro paredes o elegimos salir. Elegimos tomar un bus o un taxi para regresar a casa. Elegimos sonreír a la persona que amamos y abrazarla o ignorarla. Elegimos contestar una llamada o dejar sonar el teléfono. Siempre elegimos. Las elecciones a veces las debemos tomar en solo unos segundos. A veces son impulsivas: decimos cosas de las que nos arrepentimos o aceptamos retos que nos llevan a cosas impresionantes… Nuestra vida es solo una cadena de decisiones. Nunca serán del todo perfectas, pero si estamos conscientes que somos los diseñadores de nuestro camino, tal vez diseñemos mejor la trayectoria.
Sí, podemos echarle la culpa a los demás de nuestras vidas; sí, podemos enfocarnos en lo vivido y dejar que esto decida de nuestro presente y nuestro futuro, podemos decidir que nuestros padres, ex-parejas, personas del pasado, sigan determinando nuestras elecciones. Pero también podemos dejar de ser cómodos, de poner nuestra vida en manos de aquellos que nos usaron (¿por qué les dejamos que sigan moldeando nuestras vidas? ¿Van a pedirnos perdón? ¿Van a pagar por su culpa?); debemos dejar de sentirnos inmortales y pensar que tenemos tiempo ilimitado para vivir otras cosas. Podemos decidir, libremente, tomar nuevos caminos…

Los "grilletes que nos atan” no están en la vida real, sino en nuestras mentes. Los grilletes nos los ponemos nosotros mismos.

La tercera reflexión es la de la aceptación (es la que más me cuesta). Nos sucederán cosas en la vida que no podamos entender en ese momento. Las personas que dicen amarnos morirán, las que prometieron quedarse se irán, las que propusieron cosas magníficas se echarán para atrás. Los planes que trazamos se complicarán, la vida que deseamos no llegará. Aceptar que hay tantas y tantas cosas que no podemos planificar es difícil, pero es necesario. Hace 5 años yo poseía todas las certezas. Hoy sólo tengo ilusiones que a medida que pasa el tiempo transformo en planes. Pero si antes tenía frente a mí un camino pre-trazado, lo que vislumbro ahora se asemeja más a las ramificaciones de un árbol. Quisiera llegar a donde apunta aquella rama que topa las nubes… pero hay tantas bifurcaciones en la arborización que creo que al final, así no llegue a aquella rama, no me arrepentiré, no renegaré de lo vivido. A la postre, todo forma parte del mismo árbol.

El árbol de mi vida. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Inocencia perdida


El ruido de las olas del mar era ensordecedor para cualquiera. No en vano ese lugar se llamaba “Gran Onada” (la gran ola), porque aquellas que rompían estrepitosamente en las rocas hacían un ruido insoportable. A Valentina le pareció un lugar  impresionante y bello… el paisaje era absurdamente hermoso y a ella el ruido no le molestaba en absoluto. Había nacido con un problema en el oído interno, que la condenó a escuchar un zumbido apagado y constante, como el ruido que hacía el tocadiscos del abuelo cuando la aguja rayaba interminablemente el disco una vez que dejaba de tocar la canción… Cuando todo estaba en total silencio, en la noche por ejemplo, y ella apoyaba su cabeza en la almohada, este ruido se amplificaba tanto que no la dejaba dormir. Durante el día por el contrario, con el barullo invariable que había en su casa ni pensaba en él. Pero la absurda violencia del mar con el reventar estrepitoso de las olas ocultaban tanto el zumbido que logró conocer  por un momento lo que era tener paz en su cabeza.

Era un día soleado, su amiga Gabriela le había invitado a pasar las vacaciones con sus tíos, personas de la alta sociedad que poseían tantas propiedades que era imposible contarlas con los dedos de las manos. Antes de llegar a la playa habían pasado por una hacienda en donde el tío de Gabriela, Eduardo, criaba caballos de estirpe para las carreras. Solo en esa hacienda habían 88 caballos y aunque Valentina no sabía ni ostia de razas –pese a haber sido criada entre caballos en la hacienda de su papá-, admiró la pureza de las líneas de esos animales enormes y relucientes que el tío mostraba con el orgullo de un padre ante su prole. Luego se habían dirigido hacia la playa, con la intención de bañarse en el mar e intentar aprender algo de surfing, un deporte que se había puesto de moda, cuyo objetivo consistía en parase en una tabla sobre una ola y dejarse llevar con ella. Ni Valentina ni Gabriela pretendían en un solo día lograrlo, pero habían escuchado que lo primero que se debía dominar  era el  “agarrar” la ola, y para ello habían comprado unas tablas especiales, de la mitad del largo de las de surf, en las cuales uno debía recostarse de medio cuerpo al momento de venir la ola y con las cuales, remando rápidamente con las manos y los pies, se podía lograr acostarse sobre la ola y ser llevado hacia la orilla.

Ella y Gabriela, sin mucho éxito, estuvieron intentando hacerlo durante casi una hora. Se divertían muchísimo, pese a la frustración del objetivo no logrado. Las olas las sacudían sin piedad y tragaban tanta agua salada que seguro se iban a morir todas las bacterias de su cuerpo -como decía su madre cada vez que tomaba una copa de whisky-  y sus cuerpos jóvenes estaban veteados de rojo por la fuerza del mar. Todo pudo haber quedado solo en eso… Y sin embargo, a veces la vida simplemente decide darle una patada a toda la magia y desde ahí se hace imposible regresarla…

El tío de Gabriela, Eduardo , entró al mar. Con la misma seguridad que había conducido a los caballos pocas horas antes, les aseguró que les enseñaría a tomar la ola de la mejor manera, para poder ser llevadas hasta la orilla. Primeramente, les dijo, debían de estar más lejos de la orilla, donde el mar les llegara por lo menos a la cintura. Sino, la sensación duraba muy poco. Las llevó mar adentro y decidió que Gabriela sería la primera. Efectivamente, cuando llegó una ola que apenas nacía a la altura de donde ellos estaban, súbitamente el tío la subió en la tabla y dándole un fuerte impulso, a la par que la  increpaba  a que reme con ambas manos, la aupó encima de la ola. Gabriela se alejó acostada en la tabla, que reposaba como una hoja liviana en la ola cada vez más grande y potente. Valentina la vio alejarse rápidamente y llegar a la orilla en un santiamén. Cuando se bajó, a lo lejos, se podía ver su sonrisa y el contento por lo vivido… Inmediatamente, el tío le dijo a Valentina que era su turno, pero que  debían de ir un poco más allá, más adentro, para  poder coger la ola desde el inicio. Valentina lo siguió, jalando la tabla que le correspondía. El tío Eduardo se adentró un poco más, y cuando llegaron a una profundidad en la cual el agua les cubría hasta los hombros, él le dijo que era suficiente. La acercó contra su cuerpo y le explicó que debería alzarla un poco violentamente sobre la tabla cuando llegara la ola, por la profundidad… para ello, la cogió por la cintura y la sujetó firmemente contra su cuerpo. Valentina odiaba nadar tan profundo, en realidad nunca pasaba de la distancia en donde el mar la tapaba más de la cintura. Se sintió un poco más segura cuando el hombre la sujetó, y se pusieron a esperar la ola.

Pero la ola no llegaba…

Como treinta segundos después de haber sentido la sensación de seguridad, Valentina comenzó a sentirse un poco incómoda. El cuerpo caliente de ese hombre contra su espalda, sus piernas pegadas a las de él, sus nalgas rozando partes de la anatomía de ese hombre de las que ni se atrevía a pronunciar el nombre, las manos en su cintura y su vientre, no la hacían sentir bien. Algo como una luz naranja tendiendo al rojo pareció prenderse en su cabeza. Pero antes de que esto se volviera una alarma real, el tío Eduardo gritó: “ahí viene la ola”. Se sintió alzada sobre la tabla y después, de manera casi irreal, se percibió transportada como en una alfombra mágica hacia la orilla. ¡Qué poco duró esa sensación de vértigo y de embriaguez sobre la ola! Gabriela la esperaba aplaudiendo en la orilla, y apenas llegó la incentivó a regresar. Con la señal de alarma completamente ahogada, Valentina ingresó en el mar de nuevo…

Como en esas pesadillas de las que uno no se puede despertar, la misma escena comenzó a repetirse. Gabriela partió impulsada por el tío con la primera ola… Y de nuevo se encontró Valentina adentrándose en el mar más allá con él, “para coger mejor la ola”. La luz naranja se prendió en seguida esta vez, pero Valentina no la escuchó…

Y así, con el agua hasta los hombros, Valentina dejó que él la pusiera de nuevo contra su cuerpo, esperando que llegara la ola ideal para volar. Solo que esta vez, el tío dejó pasar bastantes olas que hubieran podido ser perfectas para el efecto. La tenía contra él, en la misma posición, y le iba diciendo que debía de cogerla mejor, desde más abajo, para poder alzarla cuando llegara la ola. La mano que estaba sobre su vientre se fue desplazando poco a poco más abajo, por debajo del bikini naranja que se había puesto esa mañana, y sintió los dedos de ese hombre comenzar a hurgar más abajo aún, y agarrarla con violencia en ese lugar que ningún hombre había tocado aún. Estaba en pánico total… ¿qué podía hacer ella allí, mar adentro, con el miedo a ahogarse? ¿Por qué fue tan estúpida y se volvió a meter al agua?

Comenzó a debatirse, pero lo único que lograba era que él la aferrara más, una mano empeñada en lograr el objetivo que ella no quería ni imaginar, la otra cerca de su pecho apretándola contra el cuerpo caliente y sin dejarle espacio para la huida. Debatirse no servía de nada, gritar tampoco: estaba tan lejos de la orilla y con el agua amenazando con meterse en sus pulmones al menor resbalón…  Y la mano, despiadada, continuó su camino hasta encontrar el objetivo… Valentina sintió un dolor lancinante, no solo allí abajo sino en todo su ser. Su alma se le desgarró irremediablemente en el momento en que el tío Eduardo la penetró con sus dedos en el cuerpo… El dolor tuvo el efecto de aniquilar sus ilusiones para siempre, pero también la sacó de su estupor, de su miedo de ahogarse, y en una fracción de segundo entendió exactamente lo que debía hacer. Sin pensarlo dos veces, cogió un poco de aire, se sumergió rápidamente en el agua, pasó su cabeza debajo del brazo del hombre y dio una patada violenta en la arena del fondo. La súbita inmersión cogió por sorpresa al tío, y con la viada que cogió la chica, logró nadar aferrada a la tabla, sin darse la vuelta un solo instante hacia la orilla.

Cuando llegó, Gabriela la regañó “por no haber cogido bien la ola”.

Valentina sólo la miró… intentó decirle lo que había pasado, pero a la mitad del relato  Gabriela, su mejor amiga, se volteó y le dijo: “estás mintiendo”.

 La sentencia cayó como un mazo sobre lo vivido… Valentina entendió que nunca hablaría de eso porque nadie la entendería… De lo sucedido en ese día no quedó rastro ni en su diario. Dicen que “el papel aguanta todo”,  pero es mentira. Hay cosas que ni el papel aguanta, porque el corazón es incapaz de escribirlas…