“Me hubiera quedado con el primero, ¿sabes?
Si las cosas se hubieran dado bien ni siquiera hubiera pensado en buscar otra
pareja….”
Los
ojos nublados de tristeza, mira al vacío, se pone el cigarrillo en los labios
para aspirar una bocanada que lo enciende como las brasas de una chimenea -naranja tan intenso que pienso que
tal vez el calor incandescente chamusque fatalmente sus pulmones. Aliviada, veo salir por su boca una nube de humo densa como la bruma del páramo y me dice:
“En cambio… si supieras lo que vino
después…”
En un
frenesí de palabras entremezclado de nicotina me cuenta de sus desamores,
aquellos que vinieron después del divorcio, divorcio que a su vez vino después
de mil años de matrimonio y de desamores de otro tipo.
Me
cuenta del aprendiz de poeta que le sedujo en el momento de mayor
vulnerabilidad, al cual le regaló todo lo que estaba guardado en el cajón de
sus tesoros y cuyo contenido fue vendido por e-bay en cuanto él se dio cuenta de lo que valía.
Del motociclista
salido de Mad Max al que solo le
faltaba la motocicleta… De cómo se divirtió con él pero de cómo él le hizo
sentir que era la última opción en su vida, del dormirse sin conciencia bajo su
techo y del despertarse en un rincón para salir corriendo antes de tener que
afrontar su mirada irónica y su conversación insípida.
Del
pirata del Caribe, atractivo y gentil, que le dejó el sabor amargo de no haber
sabido exactamente lo que pasó porque el sabor del alcohol se mezcló tanto con los
recuerdos que solo rememoró el aroma
del vodka, y que se desvaneció de su vida conjuntamente con sus vapores al día siguiente.
Del
aprendiz de brujo que resultó saber sólo hacer magia de medio minuto y que huyó
al darse cuenta que lo suyo, en pocas, era menos estable que una burbuja de
jabón.
Y ahora
más recientemente, del desestabilizador de mundos, un aparecido sin propuestas,
casado y con familia, pretendiendo robar un alma que si no se murió antes fue por
puro milagro, pero que en todo caso no estaba enteramente a disposición.
Llegada
a este punto en el relato, me mira con sus ojos pardos y me echa de nuevo la frase
lapidaria: “Me hubiera quedado con el
primero, ¿sabes? Si las cosas se hubieran dado bien, ni siquiera hubiera
pensado en buscar otra pareja….”
Me
impacta cómo durante toda la conversación ha logrado no atragantarse de pasado y presente al mezclar historias
amargas con nubes de tabaco. De
vez en cuando, un sorbo de café suaviza el sollozo insipiente y sigue adelante:
“Sí, me hubiera quedado con el primero, pero no se pudo… el
problema, mi querida, es que las personas van por el mundo sin conciencia de lo
que desean en las relaciones. Crecimos con modelos de Disney, pero luego resulta que no nos atrevemos
a decir esas palabras tan comprometedoras, tan grandes, aunque SON las que
anhelamos en el fondo de nuestro ser.
Nadie quiere usar la palabra con A mayúscula. Al mismo tiempo, la usamos
para trivialidades: amo este peluche, amo mi carro…
Peor es lo otro: nadie quiere decir PARA SIEMPRE: nos suena a atadura, a cadena perpetua…”
“…Pero en el fondo
del alma” - me
dice botando humo por la nariz como un dragón milenario - “anhelamos encontrar una persona que no
tenga miedo de ponerse el desafío alto. Que se atreva a decir TE AMO en el
momento mismo que siente esa conexión con el otro y que asuma las consecuencias
de usar un verbo que equivale al champán o al vino que reservamos para las
ocasiones especiales. Una persona que se da cuenta de lo poco usual que puede
ser algo y lo desea tanto que quiere extender el tiempo para que no
desaparezca. Una persona que se atreva a verbalizar lo imposible, la promesa
más difícil de sostener porque se trata de jugarle una trampa no solo al tiempo
sino al espacio y a las definiciones, a las transformaciones y a las dudas, un
juego en el que no poseemos ninguna certeza pero en el que apostamos lo que no
poseemos: la eternidad.”
Sus
palabras me han transportado a una noche… Esa en la que me despierto y
siento la respiración pesada del
hombre que amo a mi lado y que me ama con sincera reciprocidad. Madrugada en la
que agradezco el privilegio de existir y me vuelvo a dormir, en la que él pone sonidos que arrullan:
pájaros, lluvia, bosque húmedo… y cierro los ojos y ya no sé si lo que sueño es
la realidad o si lo que vivo es un sueño.
Ella,
con una mirada socarrona y encendiendo un nuevo tabaco con la enésima colilla, me
dice:
“Tú me entiendes: me hubiera quedado con el
primero si él hubiese sabido combinar en la misma frase un te amo, con un para siempre”.