sábado, 30 de abril de 2016

Acosada


En julio del año anterior recibí un correo lleno de insultos horribles; como no conocía al remitente y contenía cosas tan feas y raras, pensé que habían hackeado la cuenta de alguien y era un spam. Sin pensarlo mucho, lo tiré a la papelera y me olvidé de él. Una semana después sin embargo recibí un correo de la misma índole con amenazas explícitas y con los suficientes detalles sobre mi vida privada y mi última relación como para ponerme a temblar frente a la computadora. No sabía qué hacer, ni a quién llamar. Le conté a una amiga, a mi hermana, y por último llamé a mi ex novio para solicitarle que dejara de publicar en su blog cosas sobre nuestra relación, porque alguien estaba tomando ventaja de ello. En un gran gesto de ayuda, quitó la última entrada y me propuso tener sexo de nuevo. Yo, que estaba tan asustada, ni siquiera lo insulté como debía.

Como consecuencia directa de este correo,  no salí de mi casa dos semanas salvo para lo indispensable.Sin embargo el tiempo pasó, tocó ir a trabajar y poco a poco retomar mi vida “normal”.

En realidad, ya nada es “normal” después de eso. Porque esta historia no terminó ahí. Puse una demanda legal en contra del tipo, pero él siguió escribiendo correos, acosándome bajo seudónimo por Facebook, en su página de Google+, en su cuenta de Youtube , buscándome en mi lugar de trabajo, en fin… todo hasta  que por fin la justicia logró dar con su paradero. Al ser llamado a declarar y enterarse seguramente por su abogado que no debía hacer esas cosas, cesó el acoso.

Pero desgraciadamente debo decir que en realidad el acoso nunca cesa.

Porque lo terrible del acoso no es solo lo que sucede en la inmediatez, al abrir el correo todos los días sin saber lo que va a haber, o leer los insultos llenos de alusiones a sangre, muerte y sexo.

Lo terrible del acoso es tener que andar protegida, siempre acompañada o con un gas pimienta en mano por si acaso se me acerque. El sentir miedo en mi lugar de trabajo o impotencia de no saber si estoy a salvo o no. La vergüenza de tener que mostrar a las personas lo que me escribe, en un intento de recibir apoyo y protección. La censura auto impuesta sobre acciones que ya no puedo hacer y palabras que ya no escribo para que él ya no tenga de dónde “agarrar más cuerda” para seguir acosándome.

Nadie sabe lo que es estar enfrentado a un sistema judicial que no entiende por lo que se está pasando. Desde la condescendencia del abogado penalista diciendo “perro que ladra no muerde” y que no hace los trámites a tiempo porque seguramente ha pasado por muchas peores causas, hasta los tipos de la UNASE preguntando si es verdad lo que pone en los correos, si le debo plata, si tuve una relación con él, si soy esa zorra pervertida que él dice, … Eso sin contar la tonelada de tiempo gastado en fiscalía y en trámites judiciales, el dinero invertido y la ausencia de privacidad que se instala en lugares y partes de mi historia que antes ingenuamente yo pensaba que eran míos.

Lo peor del acoso está en actitud de los que leen el contenido de lo que escribe  sobre mí. Que me preguntan si es verdad lo que dice; que me interrogan sobre el por qué el tipo tiene algo en contra mío; que de dónde saca tantos detalles sobre mi vida… Es terrible tener que sostener las miradas de las personas y tratar de convencerlas de que nunca pasó nada, que es un delirio, que nada de lo que dice ahí es real: la mirada fría e incrédula de uno de mis jefes, una mirada de hombre que cree a otro hombre; la mirada dolida de mi pareja que si bien me ha acompañado durante todo el proceso, comienza a dudar sobre las cosas que pone este hombre en sus escritos. La acusatoria de mi hermana, que dice que no hago nada para que esto acabe, que debería cerrar mi Facebook, mi blog, el twitter, en pocas, toda puerta virtual que él tiene sobre mi vida...

Lo peor es mirar con recelo mi teléfono cada vez que suena, porque el acoso no cesa, el ir entendiendo que esto no tiene fin, que si no es por una vía será por otra y que finalmente, como en todo, estoy sola. Sola con el miedo, con la rabia, con la vergüenza, con la tristeza. Con mi vida que ya no es mía, con mi versión de los hechos que nadie escucha en realidad. Sola detrás de la cortina de la sospecha que “algo habré hecho” para merecerme esto.


Pero lo que es peor que todo lo demás, en realidad, es saber que aunque algún día la justicia me dé la razón, el que gana es él, porque ya logró lo que quería.