martes, 14 de octubre de 2014

Casada con mi trabajo

El departamento de Salud Ocupacional nos hizo una encuesta en la que habían "rangos" de tiempo para evaluar el número de horas que pasamos en nuestro puesto de trabajo y adivinen qué... Me puse a calcular: lunes 9 horas y media (tengo pico y placa), martes a viernes 10 horas diarias mínimo (sin excusa de pico y placa) , sábado 4 horas cada dos semanas en promedio. Digamos en el mejor de los casos 49 y medio y en el peor más de 54.

Presenciales.

Más los trayectos en el auto pensando en cosas de trabajo, las noches preparando clase, los insomnios recurrentes en los que el promedio ya en sí bajo de horas de sueño (4 a 5 horas)  baja a 3 o menos.

¿Serán unas 60?

Siempre me he preguntado entre broma y broma si seré adicta al trabajo.

Es que me levanto en las mañanas pensando en el trabajo. Mientras hago las actividades cotidianas y le escucho con media oreja a mi hija contarme sus cosas, chequeo el celular o estoy en la compu respondiendo los primeros correos. A saltos y a brincos, la subo en el bus y me voy a vivir de corrido las 10 horas de estar presencialmente ahí. Mi nueva asistente, entre paréntesis, creó un formato de firmas en donde constaba "entrada de la mañana- salida de la mañana, entrada de la tarde - salida de la tarde" y tuve que pedirle que cambie porque rara es la vez en que vea el sol más allá de la ventana de mi oficina; almuerzo  en el trabajo, y tampoco es un momento de reposo absoluto, porque siempre me encuentro resolviendo, entre bocado y bocado de lechuga, cualquier problema que necesita asesoría,  visto bueno, consejo o solo ratificación.

La tarde transcurre de la misma manera, y en realidad no cambia nada que llegue la noche porque aunque regrese a casa y trate de desentenderme de lo que pasa allá... alguna parte de mi cerebro sigue pensando en el trabajo y me despierta a cualquier hora, tipo madrugada aún oscura, y  los problemas, dudas, proyectos, pendientes, saltan a mi mente a hacer su propia bulliciosa fiesta, sin importarles un bledo el clamor silencioso del resto de mi ser que quiere dormir.

Osea: me acuesto y me levanto con mi trabajo; me desvelo por él, trato de quitarlo de mi mente pero igual vuelve a mí en el momento menos pensado, paso más tiempo con él que con cualquier persona, me hace llorar, lo odio, quiero renunciar a él, renuncio, me reconcilio...

Formulado de este modo, suena más como un romance obsesivo y no como una adicción. Y sin embargo ... En la fase de romance, el novio nos parece magnífico, sin tachas. Además, nos trata super bien, nos divierte, nos llena de regalos y de flores. Nunca nos canta nuestras imperfecciones, ni nos exige nada. No no, lo mío no es así: ya nos conocemos los defectos recíprocos, pienso haberme acostumbrado y que no me molestan sus faltas de consideración, hasta que encuentro la pasta de dientes destapada, la basura no sacada, la ropa en el piso, pese a que le he pedido mil veces que eso no suceda; además, el susodicho es malgenio, no llega a tiempo, no aprecia la comida que me mato haciendo, ignora sin piedad mis señales de  depresión , me promete tiempos mejores y  se acuesta dándome la espalda indiferente a mi insomníaca angustia.

En pocas: se ha acostumbrado a que está ahí, siempre incondicional porque sabe que estoy comprometida con él,  que aún lo amo lo suficiente, que me preocupa tanto que no lo dejaré. Sabe que no puedo deslindar las cosas buenas de las malas, que aún me importan los buenos momentos que disfruto con él de vez en cuando, porque compartimos pequeños y grandes pesares y alegrías y que si alguien le critica, me acordaré solo de lo positivo y lo defenderé a capa y espada. ¡Ay de quién me diga  "bótalo"!, él sabe perfectamente que me darán  ganas de pegar al que sugiere tamaña tontería y me cogerá enseguida la nostalgia hasta de sus defectos.Sabe que seguiré dando lo mejor de mí, así tenga que hacer otros sacrificios y que iré a cuantas sesiones de terapia sean necesarias para arreglar las diferencias.

Tenaz tenaz.

Hoy al fin la verdad se ha hecho luz a través de mi cerebro embotado de fatiga. Creo que no soy adicta, ni estoy enamorada de mi trabajo: simplemente, estoy casada con él.

2 comentarios:

  1. A confesión de parte relevo de pruebas.
    Te declaro culpable¡ como somos tantas y tantas ... y esas tantas te absolvemos de por vida ... con la única condición de que seas absolutamente feliz¡

    ResponderEliminar
  2. Bueno, mi trabajo y yo estamos en terapia por el momento! esperemos no terminar en divorcio jajajaja. Me alegro Sandrita de no ser la única!

    ResponderEliminar