lunes, 27 de octubre de 2014

Dolores y placeres

Hay dolores y dolores en la vida. Dolores físicos ligeros o medianos como el que se siente al ir al dentista, al hacerse un tatuaje o un piercing en el cuerpo o al caerse de la bici. Dolores intensos que nos hacen pensar que vamos a morir, como el que sentí cuando dí a luz a mi hija y creí que era mi último día en esta tierra: las contracciones eran abrazos de la muerte, que me asfixiaban, me ardían en cada uno de los átomos que conforman las células de todo mi cuerpo. Aún sigo asombrada que la vida haya podido surgir de tanto dolor.

Hay dolores del alma livianos y cotidianos; algunos son curables como las peleas y otros crónicos como la soledad. Hay dolores  intensos como los de las pérdidas; yo no he vivido de cerca ningún duelo, así que lo más similar que tengo para poder hablar de ello es mi última ruptura. En realidad ni siquiera puedo escribir sobre ella sin estremecerme  pese a que hayan transcurrido varios meses, porque me vuelve esa terrible sensación que sentí aquella noche en la que después de haber llorado con una amiga todas las lágrimas de mi cuerpo, me quedé dormida en el diván de mi casa para despertarme unas horas más tarde con una impresión de vacío, como que me hubieran arrebatado el alma, sin ni siquiera recordar bien lo que había pasado. Cuando el evento invadió mi ser unos instantes después, fue como si un mar helado se me volcaba dentro. No me asombra que hasta la remembranza de este dolor lo único que genere  sea más vacío y más dolor.

Y hay placeres y placeres en la vida. Placeres intelectuales, como el leer un buen libro o ver una película y placeres mundanos, como el dormir más de 6 horas profundamente, o un platillo delicioso como el salmón de mi mamá; algunos son un poco dolorosos, como el que se deriva de una hora de intenso ejercicio que nos deja exhaustos pero con explosiones de endorfinas en el cerebro ; otros como el chocolate en todas sus formas y declinaciones son simplemente 100% placenteros en su esencia.  Los hay complicados y rebuscados, como esos viajes que planeamos a lugares que nos interpelan y que nos llenan de gusto pero nos dejan agotados; placeres planeados, como las cenas románticas, y sorpresivos, como cuando recibimos un ramo de rosas de nuestros amigos en un día agotador.

Los placeres que más aprecio yo, sin embargo, son los más simples: sacarme los zapatos apenas llego a la casa, dejarme envolver por el olor de la hierba cortada, acostarme en un rayo de sol, dormir acurrucada en los brazos amantes, acariciar el nacimiento del cabello en la zona del cuello, jugar con mi sobrino a que me arranque los aretes, espiar a mi hija cuando está concentradísima haciendo algo y descubrir que se muerde la lengua igual que yo…


Es simplemente maravilloso que surja tanta sensación de bienestar de placeres tan sencillos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario