martes, 21 de octubre de 2014

Quisiera tener 15


Quisiera tener 15 años de nuevo.

Definitivamente no por el acné, ni las peleas con mi hermana que se robaba mi ropa, ni por la música ochentera que no me gustaba del todo, ni por el look del copete que había que enredarse con la peinilla para que desafiara a por lo menos dos leyes fundamentales de la vida: la de la gravedad y la de la estética.

No, no, no extraño los 15 por eso. Lo que extraño era lo fácil que eran las relaciones de pareja en esa época.

Primero, cero estrés: nadie buscaba pareja para estar en serio, sino en un afán exploratorio de saber “cómo me va”. Las cosas eran tan sencillas como: me gustaba un chico, le decía a mi mejor amiga, ella le decía al mejor amigo de él, salíamos los cuatro, se me declaraba, y ya. La relación duraba lo que duraba, pero como no había amor profundo nadie salía abollado, ni herido, peor deprimido o hundido en el pozo de la desesperación.

En mi adolescencia, debo confesar, tenía el “corazón de alcachofa”. Nunca entendí muy bien la alegoría vegetal de la expresión, pero en francés se la usa para designar a una persona que es muy volátil en el amor.  A mí me pasaba eso a los 15:  una semana me gustaba un chico, a la otra otro, a la siguiente el de más allá.

En cambio la adultez me cogió seria- re seria en el asunto sentimental. Si fuera fútbol, el marcador sería Adolescencia: 12 - Adultez: 4. Es que con todas las personas con las que he estado en esta etapa me he vinculado sentimentalmente. Las dos primeras fueron relaciones super serias, en la una me casé, en la otra fui “la novia”. En las dos últimas la verdad… no sé si  mismo mismo clasificarlas en la categoría “relaciones” o dejarlas suspendidas en un limbo semántico porque aún no capto muy bien qué son.

La verdad es que ahora, divorciada y con 39 años, me doy cuenta de lo difícil que es volver a salir. Resulta que para algunas cosas me encuentro igual de estresada que a los 15, como en el asunto de las primeras citas: “¿Qué me pongo?” “¿le gustará?” “¿si voy de negro creerá que soy gótica?” “¿me aprieta demasiado el pantalón y se me ve gorda?”. Las mismas preguntas que me hacía hace 24 años, con el agravante que ya no estoy en el mismo estado físico que en esa época y que me toca decidir entre maquillar la realidad todo lo que se pueda o la postura “¡me vale!” en la que me pongo lo que peor me queda para que el susodicho de golpe vea a qué atenerse. Es que la ley  de la gravedad no sólo me ha bajado el copete, sino que cada año que pasa atrae  mi piel y mis músculos al centro de la tierra.

Y de ahí se entra en una especie de juego, una “relación” que en realidad es un-algo-inconstante mediado por chateo en el whatsapp, una llamada telefónica, alguna salida a comer y ya. Analizando lo sucedido, lo único que he percibido es mucho miedo y mucho egoísmo. Las personas con las que he salido salen a su vez de relaciones no muy gratas y su mecanismo de defensa ha sido construirse una armadura de hierro y un escudo narcisista. Tienen el “corazón acorazado”. “No buscan nada serio” y  proponen ese tipo de relación. Cómo dirían los adolescentes: ¿WTF? Si el banquero te dice que la inversión  que vas a hacer no es seria: ¿inviertes? O si el que te va a contratar no te da los términos del contrato claros y seguros: ¿te quedas en ese trabajo?.

Como dice James Blunt: “Everybody wants a flame, they don’t want to get burnt”. Y lo peor es que no hay amiga a quién decirle que le diga al amigo que dé averiguando qué está pasando… Todo queda a la elucubración, a la interpretación, a la espera de qué pasará, a pensar en construirse una armadura para no  vincularse…

Yo por mi parte soy  pésima en eso. ¿Será por mi sesgo profesional? Pase lo que pase, me involucro, intento entender, aceptar, ser paciente. Mi parte interna frommiana se preocupa por ese individuo con el que interactúo desde mi ser real (como dirían mis amigas: cojuda sin armadura). Una aparte de mí sabe que  detrás de su  disfraz y del egoísmo hay un alma que reclama cuidado, un ser tierno que he podido percibir a ratos y que de repente cual “transformer” se vuelve el adulto frío que pone distancia. Lo sé porque he percibido la conexión que se logró por un momento, por una noche, en una mirada, aunque ya parezca no estar disponible.

¿Qué hacer? Personalmente, ya no soy adolescente, ya no me interesa esa versión “alcachofa” de mí misma, que en la metáfora animal resulta ser masculina y llamarse “picaflor”. Mi sobrina (muy sabia en sus 15), tiene un estatus en el whatsapp que dice: “Si vas en serio, dímelo para no fallarte; si es un juego, dímelo para divertirme”. Quisiera poder hacer algo similar, ponerme un letrero que diga algo parecido, una frase sincera sobre lo que busco en la relación de pareja. Pero mis amigas me dicen que esa sinceridad bruta es lo que hace que el hombre con el que estaba saliendo no sólo se haya puesto la coraza,  la armadura y el escudo, sino que se haya retraído detrás de lo que parece ser un castillo amurallado.

La sinceridad entonces es percibida como un asedio ¿Qué triste no? Porque si yo me pusiera un letrero alrededor del cuello, lo único que escribiría es: “Solo propuestas serias para una espectacular historia de amor”.

Porque para andar pendejeando en relaciones vacías… necesito tener 15 de nuevo.

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