viernes, 14 de noviembre de 2014

La Tía Pepa


Cuando tenía trece años la Tía Pepa se enamoró.

Si la bendita vida hubiera evolucionado racionalmente, daría a los adolescentes unos años sabáticos antes de entrar en el juego relacional... La tía Pepa lo hubiera agradecido, porque no tuvo esa suerte. Tiene ahora la edad en que ya nadie la mira y su cara, llena de arrugas, ella tampoco quiere mirarla mucho en el espejo.

Pobre tía Pepa, se enamoró  de un chico de dieciséis, cabello rizado y ojos negros profundos, apasionado como solamente son los chicos a esa edad en la que el enamoramiento va de mano con el romance y con la biología. No nos asombra que los héroes de Shakespeare hayan tenido ese rango de edad…

Estuvieron juntos largo tiempo la verdad para la juventud que tenían ambos. El era un trovador moderno, le escribía cartas y poemas, en los que resabiaba frente a su juventud común, deseando poder ser mayor y estar junto a ella para siempre. Mi tía suspiraba y releía las cartas, añorando ese futuro que parecía que se ofertaba para ellos…

“El destino nefasto los separó sin que ellos quisieran.”-… así dicen los cuentos o simplemente se le echa la culpa al azar de las decisiones que se toman para no confesar que él ya tenía ansias de marcharse mientras mi tía comenzaba a anidar.

Y él se fue;  el reloj de la tía Pepa se detuvo, como en esa canción tan popular en la que alguien se robó la historia de la Tía Pepa y la llamó “Penélope”, y que aún se escucha en guitarreadas de personas del siglo anterior…

Según lo que cuentan mis otras tías, el maldito desgraciado se fue de viaje por “las Europas”, y la mantuvo ilusionada con “una carta de vez en cuando y una llamada semanal” , en las que le hablaba de los destinos exóticos en los que se hallaba, siempre con frases ambiguas, como cuando le dijo que en las playas de Grecia “las mujeres tenían cuerpos de tentación y cara de arrepentimiento”, o con sus frases de poeta, como cuando le describía la luna que según él había inspirado a su tío Pablo el escritor, y finiquitando le decía “hablando de luna, te amo”… y retomaba “hablando de amor…”.

¡Pobre tía Pepa! Quemó las cartas alguna vez en una de esas terapias en que aconsejan cerrar los círculos, pero le han quedado grabadas algunas frases de ese amor juvenil como con el mismo fuego con las que intentó borrarlas cuando él se fue a “estudiar” y, amparado en la excusa de la novedad de las gringas y de las hormonas de su juventud,  se revolcó con cualquier gaviota, mientras ella, simple gorrión, se consumió en la espera…


La memoria le flaquea últimamente, pero recuerda con claridad que en ese mismo arranque de “cerrar círculos” que le cogió como a los treinta y pico decidió escribirle una última carta al individuo en la que le dedicó un poema, aquel del que recién le entero yo a ella que no era de Neruda como siempre creyó, sino de José Ángel Buesa (no porque yo sea culta en el tema, sino porque ahora existe el internet) y que comienza:

“ Te digo adiós y acaso…te quiero todavía
tal vez no te haya olvidado, pero te digo adiós
no sé si me quisiste, no sé si te quería
o tal vez nos quisimos demasiado los dos…”

La tía Pepa es tan buena que es capaz de recitarte las cuatro estrofas sin rencor con dos copas de vino en la sangre en las reuniones familiares. Todos saben que se las dedica a aquel cobarde desgraciado que la ha dejado tan magullada (enamorada) que no logra deshacerse de su recuerdo. Pero la verdad…

A la pobre tía Pepa, nadie la conduele. Al contrario, se le burlan, porque lleva una vida “disoluta”: va de amante en amante, dejando que hagan de ella lo que ella quiere y lo que no. Ella cree que los hombres la buscan para satisfacer sus deseos, y con vergüenza confiesa que le han enseñado a hacer las cosas que se supone que sólo saben las mujeres “de vida alegre”, cosas para nada alegres que la Tía hace sólo porque no quiere dormir sola, aunque ella se da cuenta que en las noches en que “tiene su mes”, todos sus amantes están de juerga, no en vano los hombres son mejores en matemática, sobre todo en matemática lunar… Ninguno quiere manchar sus sábanas con las lágrimas del amor que el amante adolescente no supo derramar.

Tía Pepa llora esos días. Por más que haya quemado las cartas y los poemas, no logra borrar de su mente los recuerdos. El otro día, casi al quedarse dormida, cuenta que se vio a ella misma caminando por la cancha de básquet del colegio y lo vio a él, en uniforme azul con bordes blancos, rodeado de sus amigos, sonreír mientras avanzaba hacia delante, sin conciencia de que en su camino… estaba ella.

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