domingo, 21 de diciembre de 2014

De puño y letra



El otro día salió una noticia de que en uno de esos países nórdicos súper evolucionados ya no se iba a enseñar a escribir a los niños a mano sino directamente aprenderían a teclear… resultó un malentendido, parece que Finlandia lo que hará es introducir simultáneamente la caligrafía y el teclado. Me causó estupor sin embargo y  me alegro profundamente de que no sea verdad que se abandona la escritura a mano.

Es que hay un sinnúmero de cosas implicadas en el escribir a mano. No soy docta en el tema, pero estoy segura que en la manipulación del lápiz al dibujar las primeras letras la interacción cerebro-producción manual es tan intensa que estructura el pensamiento en sí. Aún recuerdo las planas que nos mandaba mi profe de “bolitas” y “palitos”, en esos cuadernos de cuatro líneas que luego nos permitieron dibujar letras complejas y hermosas… Estas debían llenar el espacio perfectamente y ser lo más bonitas para alcanzar el puntaje total. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta concentración demandaba eso! Yo no era tan buena en la tarea, mi amiga Marguerite era una genia a mi lado y por más que me esmeré, nunca logré hacerlo como ella.

Es que en esa época, cuando yo era pequeña, no habían computadoras… Antes de escribir, había que pensar y saber exactamente qué decir para no tener que tachar, porque si no la profesora (cuando no la propia mamá) nos arrancaba la hoja y nos mandaba a repetir todo. SIEMPRE, sin excepción, hacíamos borradores  de TODO lo que escribíamos y solo después de retrabajar un montón de veces el texto nos permitíamos escribir la « versión definitiva ». Había que pensar dos veces antes de escribir. Esto también se transducía al habla…

En mi adolescencia me enseñaron a mecanografiar. En las máquinas de escribir cada error equivalía también a algo grave, como poner tinta en la página, ya que  muchas veces los profesores no aceptaban eso, es decir que equivocarse equivalía a repetir la hoja entera. Admiré siempre a las personas de ese siglo que escribieron manuscritos enteros a máquina, porque no se pudieron dar el lujo del « recorte-pega ». En mecanografía los profes nos ponían pegatinas en las teclas para que no viéramos el teclado y nos obligaban a usar todos los dedos, lo que me enojaba sobremanera. Desgraciadamente, por ahí por mis 12 o 13 años, las computadoras invadieron las escuelas y se suprimió el curso de mecanografía. Resultado : no uso los diez dedos al teclear, sino solo 8 (extrañamente los cinco de la izquierda aunque no soy zurda) y también miro más el teclado que la pantalla al escribir. Creo que he perdido en ello.

Soy entonces un producto de la transición entre la era pre-compu y la actual. Ni una loca anti-tecnología ni una fanática pro-modernismo:  agradezco las facilidades de la computadora, porque creo que  ha permitido que hagamos las cosas más rápido y ha facilitado procesos…Pero de ahí a dejar la escritura a mano… NO.

Es que escribir a mano es otra cosa.

En la letra, reconocemos rasgos de personalidad. No en balde hay una ciencia, la grafología, que estudia esto. Nuestra letra evoluciona con la edad que tenemos, con lo que aprendemos, con las experiencias vividas. Conozco una persona que era ambidiestra y la obligaron a escribir con la derecha: tiene pésima letra pero salta con el pie izquierdo, abre la botella con la mano zurda y brinda con la derecha. Aunque ni ella se entiende cuando se relee, sabe hablar con poesía sobre las cosas más simples, como aquellas personas que usan su hemisferio derecho casi en su totalidad… Es una contradicción viviente y ella jura que, si la hubieran dejado usar ambas manos, podría ser el doble de eficaz en lo que hace. Créanme que cuando alguien intenta leer su mala letra, tiene que calarse su vida enterita, lo quiera o no…

Además, la letra es como la palabra de la persona: a veces viene con énfasis, otras es débil. No escribimos de igual forma cuando estamos apurados, cuando nos dedicamos, cuando estamos enfermos o cuando estamos enamorados. La letra que tenemos depende de nuestro carácter, de esa parte semi- estable de nuestra personalidad, que además se plasma con la emoción del momento: es, en suma, casi una foto de lo que somos en un instante de nuestras vidas.

Hace poco recibí una carta escrita a mano… Leyéndola me puse a reflexionar sobre este tema. Sobre el esfuerzo que uno pone cuando escribe “de puño y letra”. Esfuerzo físico, primeramente, porque estamos tan acostumbrados a teclear que hasta duelen algunos músculos al escribir mucho tiempo con esfero. Esfuerzo intelectual en segundo lugar, porque no se puede entregar una carta a mano con manchas de tinta blanca, no sería algo correcto, hay que estructurar muy bien lo que se piensa decir. Y finalmente, esfuerzo emocional, porque el que escribe a mano se compromete a ser reconocido  y se apropia de la autoría de lo hecho. Si escribo un papel en la computadora, una carta, un poema, y lo firmo así, con Arial Narrow tamaño 11, cualquiera puede haber escrito eso… La tecnología es tan perversa (o tan perfeccionada) que además nos da pensando y nos  corrige lo que queremos decir, dando lugar a situaciones cómicas a veces y hasta embarazosas; ¿pero cuántas veces no encubrimos lo que queríamos decir y le echamos la culpa al corrector ? Por el contrario, cuando cojo un esfero y escribo lo que pienso  a mano, me pertenece plenamente, soy el autor, me comprometo con lo que digo ahí, puedo hasta ser imputable penalmente si lo que estoy escribiendo es ilegal…

Así, me parece que nadie debería aceptar cartas de amor escritas en computadora, cartas de despedida adjuntas a correos, compromisos de ningún tipo que vengan en tipografías preestablecidas, formatos de whastapp o chat, o impresos en la última tecnología HP. Para comprometer el alma, se requiere regresar al papel y a la tinta. Es así de simple. Esta es sólo una de las lecciones que me ha dejado mi aprendizaje caligráfico, que en realidad me ha dejado varias otras…

Primero, me ha permitido apreciar la escritura a mano. Actualmente no se puede más que admirar la valentía del remitente que escribe de puño y letra y valorar plenamente el mensaje incluído, porque en esta época que vivimos, todo se plagia, todo se copia, y ya nadie se responsabiliza de nada.

En segundo lugar, me ha permitido estructurar un razonamiento. Cuando escribo, tengo siempre una estructura previa: el “hilo conductor” general, la introducción, el desarrollo y la conclusión. No se puede hablar como se piensa, peor escribir como se habla (en lo personal, sería mucho más feliz si mis estudiantes entendieran eso también).

En tercer lugar, me enseñó a ser perfeccionista… Vamos por la vida pensando que tendremos muchos chances de corregir lo que hacemos, de hacer un “copy-paste”, un “delete”.  NO ES ASÍ, la vida está construída de instantes únicos e irrepetibles, nada se borra, nada desaparece… El párrafo que no escribimos, la palabra precisa que no buscamos, no vamos a poder “insertarla” mágicamente y arreglar el texto. Incluso cuando hablo con las personas intento estructurar lo que digo: pienso en las palabras precisas para transmitir lo que quiero…  Y a veces, cuando no quiero decir algo, simplemente me callo, porque la palabra me compromete, más allá de si esté escrita en papel o en el recuerdo de alguien. Hay que hacer las cosas bien hechas de una buena vez, porque nada se presenta de nuevo para que podamos releerlo, editarlo, transponerlo, borrarlo.

Finalmente, las planas de caligrafía, aunque no me salían tan bien como a la Maggie, me permiten aún hacer unas lindas tarjetas navideñas, lo cual es perfecto en una época como esta.

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