El otro
día salió una noticia de que en uno de esos países nórdicos súper evolucionados ya no se iba a enseñar a escribir a los niños a mano sino directamente
aprenderían a teclear… resultó un malentendido, parece que Finlandia lo que hará
es introducir simultáneamente la caligrafía y el teclado. Me causó estupor sin
embargo y me alegro profundamente
de que no sea verdad que se abandona la escritura a mano.
Es que
hay un sinnúmero de cosas implicadas en el escribir a mano. No soy docta en el
tema, pero estoy segura que en la manipulación del lápiz al dibujar las
primeras letras la interacción cerebro-producción manual es tan intensa que
estructura el pensamiento en sí. Aún recuerdo las planas que nos mandaba mi
profe de “bolitas” y “palitos”, en esos cuadernos de cuatro líneas que luego
nos permitieron dibujar letras complejas y hermosas… Estas debían llenar el
espacio perfectamente y ser lo más bonitas para alcanzar el puntaje total. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta concentración demandaba eso! Yo
no era tan buena en la tarea, mi amiga Marguerite era una genia a mi lado y por más
que me esmeré, nunca logré hacerlo como ella.
Es que
en esa época, cuando yo era pequeña, no habían computadoras… Antes de escribir,
había que pensar y saber exactamente qué decir para no tener que tachar,
porque si no la profesora (cuando no la propia mamá) nos arrancaba la hoja y
nos mandaba a repetir todo. SIEMPRE, sin excepción, hacíamos borradores de TODO lo que escribíamos y solo
después de retrabajar un montón de veces el texto nos permitíamos escribir la
« versión definitiva ». Había que pensar dos veces antes de escribir.
Esto también se transducía al habla…
En mi
adolescencia me enseñaron a mecanografiar. En las máquinas de escribir cada error equivalía también a algo grave, como poner tinta en la página, ya que muchas
veces los profesores no aceptaban eso, es decir que equivocarse equivalía a
repetir la hoja entera. Admiré siempre a las personas de ese siglo que escribieron
manuscritos enteros a máquina, porque no se pudieron dar el lujo del
« recorte-pega ». En mecanografía los profes nos ponían pegatinas en
las teclas para que no viéramos el teclado y nos obligaban a usar todos los
dedos, lo que me enojaba sobremanera. Desgraciadamente, por ahí por mis 12 o 13
años, las computadoras invadieron las escuelas y se suprimió el curso de
mecanografía. Resultado : no uso los diez dedos al teclear, sino solo 8
(extrañamente los cinco de la izquierda aunque no soy zurda) y también miro más
el teclado que la pantalla al escribir. Creo que he perdido en ello.
Soy
entonces un producto de la transición entre la era pre-compu y la actual. Ni una loca anti-tecnología ni una fanática pro-modernismo: agradezco las facilidades de la computadora,
porque creo que ha permitido que
hagamos las cosas más rápido y ha facilitado procesos…Pero de ahí a dejar la
escritura a mano… NO.
Es que escribir
a mano es otra cosa.
En la
letra, reconocemos rasgos de personalidad. No en balde hay una ciencia, la
grafología, que estudia esto. Nuestra letra evoluciona con la edad que tenemos,
con lo que aprendemos, con las experiencias vividas. Conozco una persona que
era ambidiestra y la obligaron a escribir con la derecha: tiene pésima letra
pero salta con el pie izquierdo, abre la botella con la mano zurda y brinda con
la derecha. Aunque ni ella se entiende cuando se relee, sabe hablar con poesía
sobre las cosas más simples, como aquellas personas que usan su hemisferio
derecho casi en su totalidad… Es una contradicción viviente y ella jura que, si
la hubieran dejado usar ambas manos, podría ser el doble de eficaz en lo que hace. Créanme que cuando alguien intenta leer su mala
letra, tiene que calarse su vida enterita, lo quiera o no…
Además,
la letra es como la palabra de la persona: a veces viene con énfasis, otras es débil.
No escribimos de igual forma cuando estamos apurados, cuando nos dedicamos, cuando
estamos enfermos o cuando estamos enamorados. La letra que tenemos depende de
nuestro carácter, de esa parte semi- estable de nuestra personalidad, que además se
plasma con la emoción del momento: es, en suma, casi una foto de lo que somos
en un instante de nuestras vidas.
Hace
poco recibí una carta escrita a mano… Leyéndola me puse a reflexionar sobre
este tema. Sobre el esfuerzo que uno pone cuando escribe “de puño y letra”. Esfuerzo
físico, primeramente, porque estamos tan acostumbrados a teclear que hasta
duelen algunos músculos al escribir mucho tiempo con esfero. Esfuerzo
intelectual en segundo lugar, porque no se puede entregar una carta a mano con
manchas de tinta blanca, no sería algo correcto, hay que estructurar muy bien
lo que se piensa decir. Y finalmente, esfuerzo emocional, porque el que escribe
a mano se compromete a ser reconocido
y se apropia de la autoría de lo hecho. Si escribo un papel en la
computadora, una carta, un poema, y lo firmo así, con Arial Narrow tamaño 11,
cualquiera puede haber escrito eso… La tecnología es tan perversa (o tan
perfeccionada) que además nos da pensando y nos corrige lo que queremos decir, dando lugar a situaciones
cómicas a veces y hasta embarazosas; ¿pero cuántas veces no encubrimos lo que
queríamos decir y le echamos la culpa al corrector ? Por el contrario, cuando cojo un
esfero y escribo lo que pienso a mano, me pertenece plenamente, soy el autor, me comprometo
con lo que digo ahí, puedo hasta ser imputable penalmente si lo que estoy
escribiendo es ilegal…
Así, me
parece que nadie debería aceptar cartas de amor escritas en computadora, cartas
de despedida adjuntas a correos, compromisos de ningún tipo que vengan en tipografías
preestablecidas, formatos de whastapp o chat, o impresos en la última
tecnología HP. Para comprometer el alma, se requiere regresar al papel y a la
tinta. Es así de simple. Esta es sólo una de las lecciones que me ha dejado mi
aprendizaje caligráfico, que en realidad me ha dejado varias otras…
Primero,
me ha permitido apreciar la escritura a mano. Actualmente no se puede más que
admirar la valentía del remitente que escribe de puño y letra y valorar
plenamente el mensaje incluído, porque en esta época que vivimos, todo se
plagia, todo se copia, y ya nadie se responsabiliza de nada.
En
segundo lugar, me ha permitido estructurar un razonamiento. Cuando escribo,
tengo siempre una estructura previa: el “hilo conductor” general, la introducción, el desarrollo
y la conclusión. No se puede hablar como se piensa, peor escribir como se habla
(en lo personal, sería mucho más feliz si mis estudiantes entendieran eso
también).
En
tercer lugar, me enseñó a ser perfeccionista… Vamos por la vida pensando que tendremos
muchos chances de corregir lo que hacemos, de hacer un “copy-paste”, un
“delete”. NO ES ASÍ, la vida está
construída de instantes únicos e irrepetibles, nada se borra, nada desaparece… El
párrafo que no escribimos, la palabra precisa que no buscamos, no vamos a poder
“insertarla” mágicamente y arreglar el texto. Incluso cuando hablo con las
personas intento estructurar lo que digo: pienso en las palabras precisas para transmitir lo que quiero…
Y a veces, cuando no quiero decir algo, simplemente me callo, porque la
palabra me compromete, más allá de si esté escrita en papel o en el recuerdo de
alguien. Hay que hacer las cosas bien hechas de una buena vez, porque nada se
presenta de nuevo para que podamos releerlo, editarlo, transponerlo, borrarlo.
Finalmente,
las planas de caligrafía, aunque no me salían tan bien como a la Maggie, me
permiten aún hacer unas lindas tarjetas navideñas, lo cual es perfecto en una
época como esta.
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