Mis padres suelen decir que
cuando me veían desde bebé yo tenía la mirada de una “alma
vieja”.
Debo decir que aunque mi madre
sea profundamente católica y mi padre medio ateo, tienen algunas creencias en
común, entre ellas este asunto de la reencarnación de las almas para poder
acumular aprendizajes y algún día, acceder a otro estado, tal vez mi madre lo
llamaría vida eterna y mi padre el universo…
Un alma vieja es, según lo que he
podido colegir, un alma que ha acumulado ya algún saber y cuyas percepciones la
llevan a hacer elecciones diferentes; ya no se interesa por las mismas cosas
que los demás y su recorrido tiende a no ser convencional puesto que sus
preocupaciones son otras.
Mi percepción interna de esto que
dicen mis padres, hasta hace poco, era solamente que yo ando media “traspapelada”
en relación a los demás. En verdad, no me interesan varias cosas que les preocupan
a un montón de personas y hay cosas que son trascendentales para mí que no le
interesan a nadie. Siempre pensé que era yo sólo un “bicho raro” y que mis
padres me decían eso como consuelo. Para mí, no existían tales almas, puesto
que no había encontrado a nadie que encajara en esa descripción.
Sin embargo, ahora me he topado
con una persona que posee este tipo de alma y el poder contemplar desde fuera me
da la perspectiva de que tal vez es verdad
que hay un diferente nivel de “madurez” en cuanto al aspecto psíquico de
las personas. Aún no sé si esto venga de la reencarnación, porque yo soy
agnóstica en varios aspectos, pero en todo caso hoy puedo dar testimonio de que
conozco por lo menos un ser que posee este tipo de alma.
Esta persona tiene una manera de
ser muy peculiar. Su caminar tiene una elegancia particular, que no surge de la
ropa que usa ni de su aspecto interior, sino de un extraño desprendimiento
de la situación cotidiana; pareciera que no va a ningún lado, porque no se lo
ve con prisa y al mismo tiempo hay algo en sus ademanes que deja entrever que
allá a donde va hay cosas muy importantes que van a suceder.
Con este ser se puede hablar de
todo, y todo adquiere un tinte diferente. Ve la vida con ojos de luz, siempre
quiere saber más. Aquello que sucede frente a su mirada se transforma por lo
que sabe, lo que ha vivido, lo que ha investigado, lo que le han contado. Y a
la vez hay una sencillez en sus palabras, un afán sólo de compartir, de
distribuir aquello que sólo él ha sabido asimilar.
Él no juzga a las personas por lo
que ve, establece contactos alma-alma. Se va abriendo camino a través de las
máscaras que ponen los demás y enciende luces pequeñitas que van alimentándose en
el interior: es que estar a su lado es como apegarse a una hoguera que calienta e ilumina.
Tengo el privilegio de compartir el
camino con él en este momento. Nunca he sentido tanta paz, tanta ternura, tanto
vértigo y felicidad como ahora. El tiempo a su lado es excepcional; las horas
se pueblan de palabras, de calor, de belleza, de armonía. Cada actividad
adquiere un sentido diferente. Estamos pintando juntos un mural, pero hasta “pintar”
es una palabra que no puede englobar lo que se siente en ese momento: ahí donde
no había nada, van surgiendo formas, van cristalizándose figuras, las almas se
conectan y de repente todo se transforma y de esta mezcla surge una sensación
indescriptible, difícilmente plasmable en palabras. Es como volar con pinceles.
Si hay almas viejas en el mundo, creo que me he topado con una milenaria.
Agradezco por esta oportunidad a
la vida, porque ahora entiendo que sólo al lado de un alma así podré concretar ese famoso aprendizaje que mis padres creen que vienen a
hacer las almas en cada encarnación al mundo.
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