Como
nunca, has llenado las redes sociales. Nadie se acordaba de tí hasta que salió
tu obituario en el periódico.
Como
siempre, en vida ni siquiera te visitábamos. Pocos eran los que como hijos
devotos iban a oír crujir tus maderas y sentir la luz de los rayos quiteños
que a través de capas de nubes y de tu propio tragaluz iluminaban el interior
de tus entrañas fecundas.
¡Ay
Libri Mundi ! Yo he sido una de esas hijas pródigas, esas que gestaron en
tu vientre el amor a la lectura, los sábados en la mañana en su infancia. Mi padre
me llevaba donde ti, único lugar lleno de libros hace 30 años y mientras él
husmeaba las novedades yo aprendí a leer cosas prohibidas, esas cosas que mi
padre no me compraría nunca porque “no eran literatura” y que venían en formato
de tira cómica : calentada por tu matriz de intelectualidad, conocí a
Mafalda. Diecinueve años después compré en una feria en la plaza del Consejo
Provincial un libro pirata de Quino que recapitulaba la obra del autor y cuando
lo abrí, me sentí de nuevo en tus brazos.
En esa
época el dueño era un gringo medio pelirrojo. Taciturno, enjuto y reservado…
(tantas palabras que aprendí en los libros comprados allí y que sólo ahora puedo
usar). Nunca supe su nombre y aunque
mi padre era también extranjero, como buenos gringos casi nunca intercambiaron
palabras.
¡Ay
Libri Mundi! Soy una hija pródiga
que regresa cuando anuncian la agonía del padre que muere. En tus estanterías
mi padre me compró la colección de libros que aún guardo, en donde se encuentra
aquel que he leído más de 50 veces, “Vacaciones
en Saltkrakan” (de Astrid Lindgren), un libro que amo tanto que ya ha
tenido que pasar por varias cirugías de cinta-scotch para poder sobrevivir al
tiempo.
Fuí a
visitarte –a los años- hace unos tres meses. Fue como volver en el tiempo :
la misma luz, los estantes atiborrados de libros. El segundo/tercer piso -ese que más
me gustaba, el de la literatura infantil- estaba vacío… No para mí: me senté en
las gradas y cogí un libro de fotografía medio raro, de un/a artista ecuatoriano/a
que mezclaba emociones y escenarios y me quedé un rato ahí, hojeándolo y
reviviendo sensaciones…
Al
salir tomé un libro cuyo título me llamó la atención : « Los Patitos
Feos »( de Boris Cyrulnik). Te agradezco por este último regalo, pues es
un libro magnífico.
Discúlpame
porque aunque he sido asidua a la lectura, no fui fiel a mís raíces. Mi hermana
dice que cuando era pequeña – debía de tener cuatro o cinco años- ya fingía
leer : cogía los libros al revés y fruncía el ceño en plena parodia de una
total concentración. Ella me ayudó a comenzar a leer. Mi padre me regaló todos
los libros que siempre deseé, salvo los que no consideraba literatura. Y tú me
diste, en la luz filtrada por los ventanales del techo, la irreverencia de la
filosofía de una Latinoamérica crítica en la forma de una niña argentina de
pelo e ideas alborotadas.
Gracias
Libri- Mundi J
Muy bien Marie-France, que bien que ahora ya no fingas leer; y que ahora, no puedas fingir que no paras de leer!
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