martes, 14 de julio de 2015

¡Gracias Libri Mundi !


Como nunca, has llenado las redes sociales. Nadie se acordaba de tí hasta que salió tu obituario en el periódico.

Como siempre, en vida ni siquiera te visitábamos. Pocos eran los que como hijos devotos iban a oír crujir tus maderas y sentir la luz de los rayos quiteños que a través de capas de nubes y de tu propio tragaluz iluminaban el interior de tus entrañas fecundas.

¡Ay Libri Mundi ! Yo he sido una de esas hijas pródigas, esas que gestaron en tu vientre el amor a la lectura, los sábados en la mañana en su infancia. Mi padre me llevaba donde ti, único lugar lleno de libros hace 30 años y mientras él husmeaba las novedades yo aprendí a leer cosas prohibidas, esas cosas que mi padre no me compraría nunca porque “no eran literatura” y que venían en formato de tira cómica : calentada por tu matriz de intelectualidad, conocí a Mafalda. Diecinueve años después compré en una feria en la plaza del Consejo Provincial un libro pirata de Quino que recapitulaba la obra del autor y cuando lo abrí, me sentí de nuevo en tus brazos.

En esa época el dueño era un gringo medio pelirrojo. Taciturno, enjuto y reservado… (tantas palabras que aprendí en los libros comprados allí y que sólo ahora puedo usar). Nunca supe su  nombre y aunque mi padre era también extranjero, como buenos gringos casi nunca intercambiaron palabras.

¡Ay Libri Mundi!  Soy una hija pródiga que regresa cuando anuncian la agonía del padre que muere. En tus estanterías mi padre me compró la colección de libros que aún guardo, en donde se encuentra aquel que he leído más de 50 veces, “Vacaciones en Saltkrakan” (de Astrid Lindgren), un libro que amo tanto que ya ha tenido que pasar por varias cirugías de cinta-scotch para poder sobrevivir al tiempo.

Fuí a visitarte –a los años- hace unos tres meses. Fue como volver en el tiempo : la misma luz, los estantes atiborrados de libros. El segundo/tercer piso -ese que más me gustaba, el de la literatura infantil- estaba vacío… No para mí: me senté en las gradas y cogí un libro de fotografía medio raro, de un/a artista ecuatoriano/a que mezclaba emociones y escenarios y me quedé un rato ahí, hojeándolo y reviviendo sensaciones…

Al salir tomé un libro cuyo título me llamó la atención : « Los Patitos Feos »( de Boris Cyrulnik). Te agradezco por este último regalo, pues es un libro magnífico.

Discúlpame porque aunque he sido asidua a la lectura, no fui fiel a mís raíces. Mi hermana dice que cuando era pequeña – debía de tener cuatro o cinco años- ya fingía leer : cogía los libros al revés y fruncía el ceño en plena parodia de una total concentración. Ella me ayudó a comenzar a leer. Mi padre me regaló todos los libros que siempre deseé, salvo los que no consideraba literatura. Y tú me diste, en la luz filtrada por los ventanales del techo, la irreverencia de la filosofía de una Latinoamérica crítica en la forma de una niña argentina de pelo e ideas alborotadas.

Gracias Libri- Mundi J

1 comentario:

  1. Muy bien Marie-France, que bien que ahora ya no fingas leer; y que ahora, no puedas fingir que no paras de leer!

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