miércoles, 26 de agosto de 2015

Encuentros fugaces


Todos los lunes saliendo de terapia antes de despedirme de mi psicóloga volteo a ver en la sala de espera y saludo con la persona que se encuentra ahí. Lo que era un hábito de educación se ha vuelto un momento que esperar: un hombre atractivo finge leer una revista que es raramente renovada. Él levanta la vista, me sonríe y me devuelve el saludo. Un instante de bienestar que me ha permitido fantasear en un posible encuentro: tal vez algún lunes él pretenda equivocarse de cita y coincidamos en la sala de espera antes de mi turno;  podríamos cruzar un par de palabras y quién sabe, otro día, me propondrá tal vez un café.

Los otros días, en la parada de bus de mi hija, cruzo miradas con un señor que viene a recoger a sus hijos en mi condominio … Es un hombre muy serio que, sin embargo, mira disimuladamente  hacia donde estoy. Sus hijos son muy guapos _obviamente tienen a quién salir_ y además bien educados. A veces fantaseo que entablo la conversación con alguno de ellos y que “de fil-en-aiguille” conozco al padre.

Hasta hace unos domingos atrás, cuando cicleaba en el parque, me cruzaba con un hombre barbón que trotaba. Estoy segura que él hacía igual número de vueltas que yo sólo por el instante en el que nos quedábamos mirando. Varias veces pensé que sería interesante hablar con él, pero la única alternativa viable para conocerlo  era que  lo atropelle con la bicicleta… Perspectiva interesante pero peligrosa.

¿A qué vienen estas historias descosidas de encuentros fugaces y poco interesantes?

La introducción a todo esto:

Hace varios años, me enamoré locamente de un estafador. El me avisó desde el inicio que no era una buena persona y que no sabía exactamente qué hacía conmigo. Con el mismo afán que le pongo a todo en la vida, decidí que eso no era una aventura y que podía hacerle un “upgrade” a la relación. Obviamente, salí estafada. Era “guerra avisada” (como suelen decir) y sin embargo me dejé atrapar y salí herida: cuando rompimos, sentí que una parte de mí se había ido con él.

Intenté recuperarla volviendo a verlo, pero a su contacto me dí cuenta que él no poseía esa parte mía.

 Y que esa parte simplemente se murió.

Lo que se me murió es eso que nos hace anhelar el encuentro con el otro y negar su lado mediocre el suficiente tiempo como para que el amor tome la posta y ya no importe si los defectos están presentes o no. Es esa parte que nos inspira a escribir versos y canciones de amor que resisten al tiempo y entretejen una red que nos sostiene cuando el mundo se presenta en su versión más real. Es aquello que nos empuja a querer compartir con esa persona desde lo más profundo hasta lo más nimio, que nos hace creer en lo eterno, que nos lleva a prometer hasta lo imposible de realizar convencidos que lo lograremos.

Eso que describo, eso que se me murió, se llama ilusión.

¿Cómo lo sé? Pues… por los encuentros fugaces.

Apenas me ilusiono con el encuentro e inmediatamente me entra una fatiga enorme de que algo real suceda. Veo al paciente que espera el turno y estoy segura que el tipo es un psicópata que me mataría si pudiera; el papá de los niños es divorciado, sin lugar a dudas fue un pésimo marido (un maldito infiel o borracho),  por algo su mujer le dejó. El tipo de la pista del parque es a ciencia cierta un gay reprimido, ningún hombre de su edad que no lo sea cuida tanto su cuerpo… ¿Para qué quiero encontrarme con ellos? ¿Gastar mi energía en algo de está condenado al fracaso desde el principio?

La ilusión en el alma es como una llama que ilumina todo y se alimenta de cosas bellas: palabras, momentos, colores, sonidos, caricias. Se toma de la mano con el amor y juntos afrontan día a día a la realidad que trata de pintarlo todo de gris. A veces, cuando la tormenta es grande, el amor no sobrevive. Eso ya lo aprendí en otras relaciones. Pero siempre pensé que esa parte de mi alma, aquella que sobrevivió a mi infancia, estaría eternamente intacta: pese a todos los años que tengo encima, en mi alma había tanta ilusión que pensé que nunca se agotaría.

Cuando se fue y comencé a extrañarla, pensé que él se la había robado y que podría recuperarla. Pero en este momento he entendido que se extinguió. Hoy ya sé que no me quedan sino los residuos de ese pozo infinito que tenía.

Es que mi corazón es  ahora como una fosforera a la que se le acabó el gas:  aún enciende fugazmente una llama _ como en esos encuentros efímeros_ pero ni siquiera ilumina y ya se extingue  de inmediato…

Muy pronto tocará botar la fosforera.

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