Todos
los lunes saliendo de terapia antes de despedirme de mi psicóloga volteo a ver
en la sala de espera y saludo con la persona que se encuentra ahí. Lo que era
un hábito de educación se ha vuelto un momento que esperar: un hombre atractivo
finge leer una revista que es raramente renovada. Él levanta la vista, me
sonríe y me devuelve el saludo. Un instante de bienestar que me ha permitido
fantasear en un posible encuentro: tal vez algún lunes él pretenda equivocarse
de cita y coincidamos en la sala de espera antes de mi turno; podríamos cruzar un par de palabras y quién
sabe, otro día, me propondrá tal vez un café.
Los otros días, en la parada de bus de mi hija, cruzo miradas con un señor que
viene a recoger a sus hijos en mi condominio … Es un hombre muy serio que, sin
embargo, mira disimuladamente
hacia donde estoy. Sus hijos son muy guapos _obviamente tienen a quién
salir_ y además bien educados. A veces fantaseo que entablo la conversación con
alguno de ellos y que “de fil-en-aiguille”
conozco al padre.
Hasta
hace unos domingos atrás, cuando cicleaba en el parque, me cruzaba con un
hombre barbón que trotaba. Estoy segura que él hacía igual número de vueltas
que yo sólo por el instante en el que nos quedábamos mirando. Varias veces
pensé que sería interesante hablar con él, pero la única alternativa viable
para conocerlo era que lo atropelle con la bicicleta… Perspectiva
interesante pero peligrosa.
¿A qué
vienen estas historias descosidas de encuentros fugaces y poco interesantes?
La
introducción a todo esto:
Hace
varios años, me enamoré locamente de un estafador. El me avisó desde el inicio
que no era una buena persona y que no sabía exactamente qué hacía conmigo. Con el
mismo afán que le pongo a todo en la vida, decidí que eso no era una aventura y
que podía hacerle un “upgrade” a la relación. Obviamente, salí estafada. Era “guerra avisada” (como suelen decir) y
sin embargo me dejé atrapar y salí herida: cuando rompimos, sentí que una parte
de mí se había ido con él.
Intenté
recuperarla volviendo a verlo, pero a su contacto me dí cuenta que él no poseía
esa parte mía.
Y que esa parte simplemente se murió.
Lo que
se me murió es eso que nos hace anhelar el encuentro con el otro y negar su lado
mediocre el suficiente tiempo como para que el amor tome la posta y ya no
importe si los defectos están presentes o no. Es esa parte que nos inspira a
escribir versos y canciones de amor que resisten al tiempo y entretejen una red
que nos sostiene cuando el mundo se presenta en su versión más real. Es aquello
que nos empuja a querer compartir con esa persona desde lo más profundo hasta
lo más nimio, que nos hace creer en lo eterno, que nos lleva a prometer hasta
lo imposible de realizar convencidos que lo lograremos.
Eso que
describo, eso que se me murió, se llama ilusión.
¿Cómo
lo sé? Pues… por los encuentros fugaces.
Apenas
me ilusiono con el encuentro e inmediatamente me entra una fatiga enorme de que
algo real suceda. Veo al paciente que espera el turno y estoy segura que el
tipo es un psicópata que me mataría si pudiera; el papá de los niños es
divorciado, sin lugar a dudas fue un pésimo marido (un maldito infiel o borracho), por algo su mujer le dejó. El tipo de la
pista del parque es a ciencia cierta un gay reprimido, ningún hombre de su edad que
no lo sea cuida tanto su cuerpo… ¿Para qué quiero encontrarme con ellos?
¿Gastar mi energía en algo de está condenado al fracaso desde el principio?
La
ilusión en el alma es como una llama que ilumina todo y se alimenta de cosas
bellas: palabras, momentos, colores, sonidos, caricias. Se toma de la mano con
el amor y juntos afrontan día a día a la realidad que trata de pintarlo todo de
gris. A veces, cuando la tormenta es grande, el amor no sobrevive. Eso ya lo
aprendí en otras relaciones. Pero siempre pensé que esa parte de mi alma,
aquella que sobrevivió a mi infancia, estaría eternamente intacta: pese a todos
los años que tengo encima, en mi alma había tanta ilusión que pensé que nunca
se agotaría.
Cuando
se fue y comencé a extrañarla, pensé que él se la había robado y que podría
recuperarla. Pero en este momento he entendido que se extinguió. Hoy ya sé que
no me quedan sino los residuos de ese pozo infinito que tenía.
Es que mi
corazón es ahora como una
fosforera a la que se le acabó el gas: aún enciende fugazmente una llama _ como en esos encuentros efímeros_ pero ni siquiera ilumina y ya se extingue de
inmediato…
Muy
pronto tocará botar la fosforera.
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