jueves, 24 de septiembre de 2015

FÁBULA: La Luz y la Sombra



Les presento a la SOMBRA: Vagaba por el mundo tomando lo que encontraba para su supervivencia. Como esos microorganismos que se adaptan al huésped, aprendió la pillería con estafadores, la buena vestimenta con los sastres, la amabilidad con los políticos y la humildad forzada frente a los poderosos. Tuvo sexo con cuanta mujer pudo (“dos o doce”, según el discurso que aprendió a manejar) y no se enamoró de ninguna, porque en su alma egoísta nunca hubo espacio para el amor.

Les presento a LA LUZ: Políglota, polimusical, polifacética. Idealista y guerrera de las causas que no le interesan a nadie: salvar el planeta, ser generoso, amar a todos por igual.  Entregada a uno sólo, no por religión sino por convicción. Convencida además de que los valores prevalecen por encima de todo y que por sobre ellos está el bien de los desvalidos, de los que no tuvieron la suerte de ser como ELLA y que nacieron monolingües, monótonos y bidimensionales.

ÉL era un agujero negro.
ELLA era fulgor.

Sus caminos se cruzaron. Se enamoraron. Y este fue el resultado:


ÉL le robó su esencia: le sustrajo sus gustos, sus pasiones y  sus recuerdos. Se apoderó de los idiomas que ELLA hablaba, desde el lenguaje de la música hasta el de la poesía. Bebió sus palabras, sus experiencias e inclusive sus seudónimos. Ni siquiera le dio un status de musa. A lo sumo, le asignó el rango de un fruto más en el arbusto que cultivó (uno muy poco exótico, porque esta historia es latinoamericana: tuvo rango de ají).

Cada vez que le arrebataba algo, a ELLA se le desteñía el alma. Y ÉL cada día pretendía brillar más y volar  más alto.

ELLA no se dio cuenta que  le había arrebatado la luz hasta que casi fue demasiado tarde. Pero tuvo suerte, porque en un impulso del instinto de supervivencia, se alejó de ÉL.

Para ELLA, el asunto se volvió crítico: la pequeña llama interna amenazaba con morir. Preservarla fue una guerra en contra de los vientos externos (contrarios o favorables) y del mar interno que se derramaba noche tras noche en la almohada.

En este combate pudo más la preservación de su alma que la autodestrucción de regresar a él…poco a poco se regeneró, a punta de transformar el dolor en ganas de vivir.

Pero un día, percibió a un SER brillante que le propuso compartir su lumbre. Creyó por fin encontrar una persona similar a ella: desoyendo a su propio instinto, alimentada su lumbre por otros vientos, se sintió fuerte de nuevo para poder iluminar como antes.  Este nuevo SER la atrajo en su frenesí y, juntos, brillaron tanto que fue difícil distinguir lo que uno u otro aportaron a la lumbre. 

Este SER la consumió.

Y entonces… la LUZ… se extinguió.

MORALEJA:

Tal vez no deberíamos fijarnos en el tamaño de la luz sino en la fuente que la alimenta.

Hay luces grandes y es difícil saber si son buenas; nada más brillante e impresionante que la hoguera que consume kilómetros de bosques en las montañas: pero esa brillante hoguera busca  de dónde alimentarse - y por ende a quién matar. Al final, aniquilando la vida, sólo deja en su rastro vestigios de color negruzco y destrucción. Hay luces que brillan y no devastan, sino son fuente de vida. Como el sol en la tierra, que crea la vida  y la alimenta; pero a su vez, este sol en ciertas condiciones también es fuente de sequía, destrucción y devastación. Hay luces perennes y temblorosas,  como las de las velas y fogatas;  hay luces útiles, como las del neón y las del alumbrado público, más estables y necesarias. Y hay luces hermosas, como las de las estrellas. 

Tantas luces…

Yo me pregunto ¿qué tipo de luz era ELLA, que alimentó generosamente un agujero negro y que sobrevivió a esta lucha para luego dejarse cegar por el incendio despiadado?.

Tal vez no era una luz… tal vez su destino era ser combustible de las sombras del alma humana.

O simplemente debió  leer las letras pequeñas que acompañan a todo contrato en la vida, y que decían: “el tamaño de la oscuridad puede ser proporcional -o mayor- a la fuente de luz”.


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