miércoles, 28 de octubre de 2015

Mezclar peras con papas (O de "Hacer el amor" vs. "Tener sexo")



Ya nadie quiere hacer el amor:  todos quieren tener sexo.

A veces esto  se debe a la falta de conciencia de la diferencia entre ambos. "Hacer el amor" y "tener sexo" han sido en muchas ocasiones confundidos: se utilizan como sinónimos en el lenguaje coloquial y se cree que  hacerlo es sólo una cuestión de “minimizar” el lado emocional para verlo desde un plano más “objetivo”.

Hasta estoy segura que para muchas personas estas expresiones son equivalentes, pero también creo que hay una confusión muy grande al hacerlo. Asimilar el sexo al amor, o pensar que a través del uno se obtiene el otro, son maneras distorsionadas de mezclar cosas esencialmente distintas;  si buscáramos una metáfora sería, sin lugar a dudas: “mezclar peras con papas”.

Las papas: Tener sexo

-      Tener. El verbo tiene 25 definiciones según la RAE, siendo las primeras que aparecen: asir, poseer, mantener, dominar, guardar… Si uno las analiza, se refieren a un actuar que termina en la satisfacción de quien ejecuta la acción; tienen que ver en su mayoría con el poder ejercido, por ende ponen al sujeto en primer plano y a veces determinan hasta la anulación del predicado, en términos de una fusión o una sumisión al mismo.

-       Sexo: Tiene muy pocas definiciones, tan solo 4 según la RAE. La cuarta habla de la “actividad sexual”. Siendo un poco más generosa con la definición escolástica  y dándole una “yapa”, yo extendería la definición al placer sexual.

Si combinamos ambas palabras  (TENER + SEXO),  en el acto de  “tener sexo” está entonces la idea de poseer algo (actividad sexual o placer), que centra la actividad en la primera persona como sujeto y que desconoce al objeto (o sujeto al frente) y por ende su esencia. Así, si el asunto está en que el sujeto  obtenga placer, poco importa cómo ni con quién, porque todo se centra en el que busca el placer, en sus sensaciones, en su logro o desempeño, en la interpretación que hará posteriormente para su self… en fin: en , sin espacio para un otro.

Las peras: Hacer el amor.

-       Hacer: la RAE le da a este verbo 58 acepciones. El 80% de ellas tiene que ver con el actuar. Cuando se “hace”, se está ejecutando una acción que va a repercutir en alguien o en algo. Por ende, implica una conciencia de lo que se va a realizar, una planificación, una ideación del acto, una expectativa de resultados y una posterior evaluación de este. Implica también un predicado, un algo o un alguien en el que la acción se va a realizar, un conocer de estos o por lo menos una intención de conocer, una conciencia de un objeto o de un ser frente a nosotros que va a recibir las consecuencias de lo que realizaremos.

-       El amor: desde mi punto de vista, la mejor definición del amor proviene de Fromm, quien en su libro “El arte de amar” (1956) se toma múltiples páginas para definirlo. Trataré de hacer un resumen de su idea principal : el amor es un acto de fé que implica cuatro elementos:
·    El cuidado del otro: preocupación por la vida y el crecimiento del ser amado
·    La Responsabilidad: estar disponible para hacernos cargo del crecimiento de los demás
·    El Respeto: no imponer al otro nuestro deseo o visión del crecimiento
·  El Conocimiento: interés activo en saber quién está en frente de nosotros, no solo a nivel cognitivo, sino teniendo una conexión genuina con el otro ser.

Amar es una facultad que debemos desarrollar no solo en el encuentro de pareja, sino en todo encuentro con un ser humano (Fromm, 1956). Contextualizando sin embargo, si combinamos ambos (HACER + AMOR) nos encontramos con una realidad muy compleja. Para "hacer el amor" debemos tener en frente ya no un ALGO sino ALGUIEN. Y no un “alguien” cualquiera, sino un ser diferenciado, inconfundible, un alguien individualizado por quién  nos interesamos no sólo en este momento del encuentro casual (¿sexual?) sino con quién nos comprometemos.  Para ahondar- ¿o complejizar?-  la reflexión, se me viene a la mente la frase de este autor que dice que “El amor es un acto de voluntad”, dando a entender que NO ENTRAMOS EN EL AMOR SIN CONCIENCIA. Y, otra más, de San Ignacio de Loyola, que hace eco diciendo  que: “El amor se ha de poner más en obras que en palabras”.


 Concluyendo: “No se pueden mezclar peras con papas”.

En esta cotidianidad que vivimos,  nadie duda ante un encuentro sexual. Es como que los valores se enfocaran esencialmente en el aprovechar la oportunidad : “Si la chica se me lanza, ¿por qué decirle no? Mis amigos van a pensar que soy poco hombre.” “Si pasa algo con este chico, ya no lo volveré a ver… ¿por qué no ceder ante el deseo que siento?” El poseer encuentros, así como se posee un auto, o una casa o cualquier objeto, se ha vuelto un valor, un activo fijo que debe constar en la lista detrás de los demás: es fácil, llena el momento, no trae consecuencias…

O por lo menos eso creemos… 

Fundamentalmente creo que el desencuentro con el otro, el facilismo relacional, el hedonismo egoísta, nos está acabando; mata en nosotros lo único que substancialmente debería de hacernos una especie “evolucionada”: la humanidad

No “se hace el amor” “teniendo sexo”. No hay amor en el encuentro casual, en el revuelque que tenemos con un anónimo en una discoteca, en el que embrutecidos por el alcohol o las drogas no recordamos lo que hicimos, en el que fantaseamos con una situación imaginaria para excitarnos (la enfermera con el uniforme, el actor de cine que nos gusta, ¡¿qué se yo!?) o en el que "buscamos a UNO/A acostándonos con TODOS/AS".

No hay amor si al levantarnos retomamos conciencia en un lugar desconocido, neutro y sin significado para nosotros; si nos vestimos para fugarnos furtivamente en la noche con vergüenza o desapego, en una versión moderna e independiente de lo que nos ofertaban antaño (https://www.youtube.com/watch?v=bLoRPielarA&list=RDbLoRPielarA#t=0

No hay un "hacer el amor" si no anhelamos tener un “algo más” con esa persona; si no somos capaces de sostener más que un cuerpo en el encuentro sexual: una mirada, una emoción, un afecto, una conversación, un silencio, una mano, un deseo, una desilusión de la persona que está en frente nuestro, un yo diferente e interesante anhelando encontrarse con nuestro yo.


TENER SEXO Y HACER EL AMOR ESTÁN TAN DEFINITIVAMENTE LEJOS DE SER LO MISMO: ES COMO MEZCLAR...  PERAS CON PAPAS.

lunes, 19 de octubre de 2015

“Tu cuerpo es como un lienzo en el que escribes una historia”


“Tu cuerpo es como un lienzo en el que escribes una historia”

Un amigo me dijo esto en una cena el otro día, citando a algún filósofo que no recuerdo.

La frase tiene como muchas capas… La primera y más obvia tiene que ver con la salud. A los cuarenta años, mi cuerpo ya cuenta algunas historias. Historias de estrés, como se vé en las pequeñas cicatrices de la cirugía de  vesícula. Historias no tan buenas, como las  de mis  desmandes alimentarios y de bebida, porque no siempre me alimento como debería . Historias de la cuales me siento orgullosa, como las estrías del embarazo  y el tatuaje en la espalda. Internamente seguro que tendrá más historias que contar y tal vez es por eso que no voy tanto al médico, porque siempre me cuenta una nueva de la que no quiero oír hablar.

Conversando con una persona mayor, me dijo que desde los veinte ya se puede vislumbrar el carácter de las personas en su rostro. Hay quienes tienen la mirada transparente y acogedora, que te miran de frente y no te esconden su alma; sus ojos narran historias de alegría, de paz, de seguridad. Hay otras que son furtivas y que cuentan pasados de miedo o de mentira. Las hay oscuras, que no te dejan penetrar en su historia. ¡Ni hablar de la piel! Las primeras arrugas no son arrugas, son líneas de expresión. Se marcan por el exceso de uso de músculos específicos, esos que se emplean para expresar las emociones. Son como surcos que se labran en nuestra cara, difíciles de hacer desaparecer porque son aquellas partes que describen quienes somos. Como me dijo un dermatólogo alguna vez -cuando me cogió la crisis de la edad y fui para que me diga qué hacer con esa raya en la mitad del ceño y las que tengo alrededor de la boca-: “la única manera de quitárselas es dejando de usar el músculo”. La propuesta de él  no era que deje de sonreír o de fruncirme sino, obviamente, estética: ponerle botox a todo ese rollo. Se me hizo muy raro el pensar en sonreír sin que se me note que estoy feliz o estar enojada sin que pueda verse en mi cara. Yo no quiero borrar quien soy de mi rostro, al contrario deseo que los demás puedan leer mi historia en él, porque también reclamo el derecho de poder leer la suya en los de ellos.

Si el cuerpo es un lienzo en el que escribimos una historia, deberíamos también pensar en lo que sucede cuando un cuerpo entra en contacto con otro. Cuando le damos la mano a alguien, cuando lo ceñimos, estamos escribiendo algo en el contacto, algo que se imprime en las capas más profundas, esas que no logramos ver a ojo desnudo. En el abrazo, en la caricia, en el apretón, en las palmaditas, vamos fijando huellas en el alma de las personas. De haberlo concebido así seguro hubiésemos hecho las cosas diferentemente. ¿Qué huellas hemos impreso en los demás? ¿Son huellas de golpes, de tirones de cabello, de correazos? ¿Son huellas de indiferencia, de rechazo, de descontención? ¿Qué historias hemos escrito en las relaciones íntimas que hemos tenido? ¿Son historias de sexo , de juerga, de no recordar por qué amanecimos en esta cama y no en la propia, de sentirnos avergonzados, usados, humillados?

El cuerpo, lienzo en el que escribimos, es el embajador del alma, el traductor en imagen de nuestras emociones y vivencias. Lo que hagamos con él se irá imprimiendo en nosotros. Lo que dejemos de hacer, también. Me hubiera gustado que me dijeran la frase más temprano.

jueves, 8 de octubre de 2015

Realidad versus Virtualidad (Segunda parte: Del análisis del problema)


Vivimos tiempos muy extraños. Recuerdo cuando era adolescente y “no había tanta tecnología”… Estoy hablando de una realidad de hace 25 años nada más, en la cual existían televisores, teléfonos, computadoras. Pero en esa época  la evolución tecnológica respetaba un poco el tiempo y la capacidad de asimilación del ser humano. Por ejemplo, podíamos grabar las canciones que nos gustaban directamente de la radio. Pero tocaba esperar a que pasen la canción y tener listo un cassette; cuando nos gustaba mucho, para sacar la letra teníamos que  escucharla incansablemente; una de las posesiones más valiosas era el “cancionero”, cuaderno en el que se copiaba a mano las letras de las canciones tan laboriosamente conseguidas  para poder dárselas a nuestros amigos.

Ahora solo tenemos que dar un "clic" en el youtube, otro en google para los lyrics y ya. Lo que nos tomaba días enteros ahora no toma ni cinco minutos.

Al principio la evolución fue lenta: el Walkman, el CD, las computadoras personales, los teléfonos celulares, el internet.... Pero en pocos años pasamos de servirnos de la tecnología a un Ethos tecnológico que se transformó en un verdadero gigante invasivo de nuestras vidas, y que  terminó “pariendo" un hijo muy complicado, un mundo paralelo: el virtual.

Y también ahí se comenzó a gestar el problema del que hablaba en mi otra entrada.

Por un lado tenemos este mundo real, en el cual hay ciertas reglas para las interacciones y bajo las cuales se juzgan los actos que hacemos. Un mundo de consecuencias y de frustraciones, en el cual no puedo ser como se me antoja ni salirme con la mía. Tiene espacio y tiempo y tanto el uno como el otro tienen sendas obligaciones para mí:   portarme de cierta manera y ser paciente. Es el mundo en el que crecieron mis padres: el mundo del cual habla Galeano (https://lahistoriadeldia.wordpress.com/2013/03/16/eduardo-galeano-me-cai-del-mundo-y-no-se-como-se-entra/)
en el que no se botaban las cosas porque eran difíciles de obtener, el mundo en el que se requería hacer esfuerzo para lograr algo y por ende se lo apreciaba mucho más. Pero ojo, no ha desaparecido: Es el mundo real, que existe con algunas modificaciones y mucha más tecnología, pero sigue igual de frustrante, igual de exigente, igual de desigual para las personas. En ese mundo hay que trabajar para conseguir dinero, es el mundo en el que a la persona que me gusta yo no le gusto y en el que le gusto a la que no me gusta, el mundo en el que tengo kilos de más, acné y estrías… el mundo imperfecto y desgastante.


Frente a este mundo está el virtual,  en el que las reglas son diferentes. Es un mundo con un tiempo diferente, en el que la información viaja a alta velocidad y es reemplazada por nueva información inmediatamente. No maneja las leyes del espacio, porque se puede estar acá chateando con alguien “allá”; es un mundo sin caras, en el que se puede fingir ser alguien que no se es, en el que mostramos solo la faceta que nos gusta, en el que nos tomamos la selfie siempre desde el mejor ángulo. Un mundo en el que se puede decir lo que sea a gente que no conocemos, criticarla, interactuar con ella, ligarnos, borrarle, leer solo sobre lo que nos gusta y si algo no nos agrada simplemente dejar de verlo. En ese mundo tenemos que mostrar lo importante que somos como individuo y TODO importa: lo que comemos, lo que compramos, cómo nos vestimos, lo que pensamos. Y al mismo tiempo lo que escribimos se evapora en el espacio-tiempo de lo virtual. Nuestra palabra pierde valor porque se diluye en bits que se borrarán alguna vez de estas redes virtuales; esto a su vez permite que se digan cosas sin sentido, atacar al otro por algo que escribió o publicó, incluso insultarlo, o acosarlo. Nada importa. Tampoco importa haber plasmado con tipografía nuestra intención de amar para toda vida a alguien públicamente. Eso, también, se borrará. Es un mundo con otras reglas. Es el mundo virtual.

Cuando se tiene clara la diferencia entre ambos el problema es mínimo. Sin embargo, creo que las personas, justamente, derivamos mucho malestar de la confusión entre ambos. Del tratar de manejar las reglas del mundo virtual en el real, o de juzgar al virtual con las reglas del real.

Muchas veces quisiéramos que la vida fuera como en la virtualidad. Desearíamos que alguien de carne y hueso nos hiciera la pregunta que nos hace siempre el Facebook: “¿Qué estás pensando?”. O que a alguien realmente le interesara lo que comimos hoy. El mundo real, sin embargo, las cosas no  funcionan así. Nadie nos pregunta nada y nuestra individualidad pasa fundida en un marasmo de ocupaciones, problemas y cansancio. Las otras reglas de la virtualidad tampoco están presentes: mis deseos no se cumplen y no puedo “saltarme” una actividad, ni “cerrarla” simplemente si no me gusta.  Para las generaciones que crecimos sin tanta virtualidad, esto es manejable. Pero el fenómeno que observamos en las generaciones de los jóvenes es clarísimo: no están motivados por nada, apenas algo requiere de esfuerzo se desenganchan y se meten en otra cosa, no toleran la frustración, buscan estar divertidos y felices todo el tiempo, como que la única regla válida fuera la del hedonismo absoluto.

A veces, la frontera entre lo virtual y lo real parece desdibujarse de manera aún más grave: si puedo escribir lo que sea cuando sea sobre quien sea en el mundo virtual, también puedo transgredir con mayor facilidad el universo del otro en el frente a frente. Si puedo pegar en un vídeo juego… ¿porqué no en la vida real ? ¿Cómo sé que mi burla puede doler, o mi golpe herir, si en la virtualidad nada se siente ? Entre el fantaseo y el acto la frontera se ha vuelto difusa. Mi actuar en el mundo virtual no es un actuar real, y mi actuar en el mundo real tampoco es tan real. No importa ser coherente, los actos no deben ser consecuentes a los pensamientos. Fantasía y realidad son mundos que se entremezclan o no a mi antojo. 

También trasladamos al mundo real lo efímero del virtual: la palabra se ha vuelto más etérea ; el compromiso menos comprometedor ; buscamos la felicidad en los objetos que se transforman constantemente y así, nada es para siempre, es sólo hasta que salga la próxima versión. Lo mismo sucede con las relaciones, cortoplacistas y hedónico-egoístas. Pretendemos querer amar, pero nos ahogamos en relaciones fugaces que han confundido el placer inmediato con el verdadero amor; importa más el orgasmo obtenido  con el primero que se asoma que la relación cultivada y cuidada.

Aunque intuimos la falsedad del mundo virtual, es demasiado atractivo para deshacernos de él. Al contrario, al ser el que más placer nos otorga, nos vemos atraídos irremediablemente a regresar a él una y otra vez, como las mariposas frente a la luz artificial de los focos. Lastimosamente, quedarnos en ese mundo implicaría lo que implica acercarse demasiado al foco para el insecto. No podemos vivir en lo virtual. Así, regresamos siempre al mundo real, que cada vez nos satisface menos y nos deja con un gran sentimiento de vacío. Y paradójicamente el mundo virtual tampoco nos llena , porque sabemos que lo que sucede ahí, pues... no es real.

Nuestro problema para resumir, es que si bien poseemos dos mundos, no sabemos existir a cabalidad en ninguno de ellos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Cansada de lo virtual


Ayer me desperté cansada de lo virtual. De las fotos de flores. De los emoticones de caritas felices arreboladas o con besos de corazones. Cansada de los mensajes halagadores, de las conversaciones mediadas por pantalla en la cual no hay una mirada que transparente  la intención. Cansada de los « nos vemos » en los que no nos vemos. De los posts en facebook que no son para nadie o son para tí, pero siguen sin ser tuyos porque aunque tengan dedicatoria nunca lo serán del todo porque todos los ven. Cansada de que me dediquen canciones a través de links de you tube. Cansada de poder mentir que estoy bien sin estarlo, porque de todas maneras nadie me ve. Cansada de sacar fotos de mi vida. Cansada de tener esas dos vidas.

Así que me fui a comprar flores para mi madre,  rosas blancas y turquesas y ni siquiera les saqué una foto ;  cuando las puse en el florero hasta el agua se volvió azul. Luego fuimos a sembrar en el jardín de mi papá un ajo que germinó en la refrigeradora. Buscábamos un lugar húmedo para poder hacerlo y constatamos que el verano había chamuscado tanto el jardín que la tierra parecía cemento. Entonces mi madre, mi hija y yo nos pusimos a regar todas las plantas, casi enteramente a punta de regadera porque la manguera era muy pequeña. En la tarde, en lugar de no hacer nada o tirarnos a ver tele, salimos a jugar badminton con mis sobrinos.

Ayer me desperté cansada de lo virtual, y me dí un día de vida real. Y tomé la siguiente decisión:

De ahora en adelante, no prestaré atención a ninguna palabra escrita con tipografía de por medio. Si alguien quiere decirme algo, que me busque y me lo diga de frente, mirándome a los ojos. Si me quieren regalar algo, debe tener tres dimensiones. Las canciones las escucharé con la persona que me quiera hacer oírlas y los poemas los aceptaré únicamente declamados. Por mi parte, multiplicaré mis momentos de ver a la cara a las personas y decirles lo que quiero, dejando los mensajes para lo meramente urgente e informativo.

De ahora en adelante, pienso existir más en el mundo real y dejar en el virtual lo que debe estar ahí : lo menos importante.