Vivimos
tiempos muy extraños. Recuerdo cuando era adolescente y “no había tanta
tecnología”… Estoy hablando de una realidad de hace 25
años nada más, en la cual existían televisores, teléfonos, computadoras. Pero en esa época la
evolución tecnológica respetaba un poco el tiempo y la capacidad de asimilación
del ser humano. Por ejemplo, podíamos grabar las canciones que nos gustaban
directamente de la radio. Pero tocaba esperar a que pasen la canción y
tener listo un cassette; cuando nos gustaba mucho, para sacar la letra teníamos que escucharla incansablemente; una de las posesiones más valiosas era el “cancionero”, cuaderno en
el que se copiaba a mano las letras de las canciones tan laboriosamente conseguidas para poder dárselas a nuestros amigos.
Ahora solo tenemos que dar un "clic" en el youtube, otro en google para los lyrics y ya. Lo que nos tomaba días enteros ahora no toma ni cinco minutos.
Ahora solo tenemos que dar un "clic" en el youtube, otro en google para los lyrics y ya. Lo que nos tomaba días enteros ahora no toma ni cinco minutos.
Y también
ahí se comenzó a gestar el problema del que hablaba en mi otra entrada.
Por un
lado tenemos este mundo real, en el
cual hay ciertas reglas para las interacciones y bajo las cuales se juzgan los
actos que hacemos. Un mundo de consecuencias y de frustraciones, en el cual no
puedo ser como se me antoja ni salirme con la mía. Tiene espacio y tiempo y tanto el
uno como el otro tienen sendas obligaciones para mí: portarme de
cierta manera y ser paciente. Es el mundo en el que crecieron mis padres: el
mundo del cual habla Galeano (https://lahistoriadeldia.wordpress.com/2013/03/16/eduardo-galeano-me-cai-del-mundo-y-no-se-como-se-entra/)
en el
que no se botaban las cosas porque eran difíciles de obtener, el mundo en el
que se requería hacer esfuerzo para lograr algo y por ende se lo apreciaba
mucho más. Pero ojo, no ha desaparecido: Es el mundo real, que existe con
algunas modificaciones y mucha más tecnología, pero sigue igual de frustrante,
igual de exigente, igual de desigual para las personas. En ese mundo hay que
trabajar para conseguir dinero, es el mundo en el que a la persona que me gusta
yo no le gusto y en el que le gusto a la que no me gusta, el mundo en el que
tengo kilos de más, acné y estrías… el mundo imperfecto y desgastante.
Frente
a este mundo está el virtual, en el que las reglas
son diferentes. Es un mundo con un tiempo diferente, en el que la información
viaja a alta velocidad y es reemplazada por nueva información inmediatamente.
No maneja las leyes del espacio, porque se puede estar acá chateando con
alguien “allá”; es un mundo sin caras, en el que se puede fingir ser alguien
que no se es, en el que mostramos solo la faceta que nos gusta, en el que nos
tomamos la selfie siempre desde el mejor ángulo. Un mundo en el que se puede
decir lo que sea a gente que no conocemos, criticarla, interactuar con ella, ligarnos,
borrarle, leer solo sobre lo que nos gusta y si algo no nos agrada simplemente
dejar de verlo. En ese mundo tenemos que mostrar lo importante que somos como
individuo y TODO importa: lo que comemos, lo que compramos, cómo nos vestimos,
lo que pensamos. Y al mismo tiempo lo que escribimos se evapora en el
espacio-tiempo de lo virtual. Nuestra palabra pierde valor porque se diluye en
bits que se borrarán alguna vez de estas redes virtuales; esto a su vez permite
que se digan cosas sin sentido, atacar al otro por algo que escribió o publicó,
incluso insultarlo, o acosarlo. Nada importa. Tampoco importa haber plasmado
con tipografía nuestra intención de amar para toda vida a alguien públicamente.
Eso, también, se borrará. Es un mundo con otras reglas. Es el mundo virtual.
Cuando
se tiene clara la diferencia entre ambos el problema es mínimo. Sin embargo,
creo que las personas, justamente, derivamos mucho malestar de la confusión
entre ambos. Del tratar de manejar las reglas del mundo virtual en el real, o de juzgar al virtual con las reglas del real.
Muchas
veces quisiéramos que la vida fuera como en la virtualidad. Desearíamos que
alguien de carne y hueso nos hiciera la pregunta que nos hace siempre el Facebook: “¿Qué estás pensando?”. O que a alguien
realmente le interesara lo que comimos hoy. El mundo real, sin embargo, las cosas no funcionan así. Nadie nos pregunta nada y nuestra individualidad pasa fundida
en un marasmo de ocupaciones, problemas y cansancio. Las otras reglas de la
virtualidad tampoco están presentes: mis deseos no se cumplen y no puedo “saltarme”
una actividad, ni “cerrarla” simplemente si no me gusta. Para las generaciones que crecimos sin
tanta virtualidad, esto es manejable. Pero el fenómeno que observamos en las
generaciones de los jóvenes es clarísimo: no están motivados por nada, apenas
algo requiere de esfuerzo se desenganchan y se meten en otra cosa, no toleran
la frustración, buscan estar divertidos y felices todo el tiempo, como que la
única regla válida fuera la del hedonismo absoluto.
A veces, la frontera entre
lo virtual y lo real parece desdibujarse de manera aún más grave: si puedo
escribir lo que sea cuando sea sobre quien sea en el mundo virtual, también
puedo transgredir con mayor facilidad el universo del otro en el frente a
frente. Si puedo pegar en un vídeo juego… ¿porqué no en la vida real ? ¿Cómo
sé que mi burla puede doler, o mi golpe herir, si en la virtualidad nada se
siente ? Entre el fantaseo y el acto la frontera se ha vuelto difusa. Mi actuar en el mundo virtual no es un actuar real, y mi actuar en el mundo real tampoco es tan real. No importa ser coherente, los actos no deben ser consecuentes a los pensamientos. Fantasía y realidad son mundos que se entremezclan o no a mi antojo.
También
trasladamos al mundo real lo efímero del virtual: la palabra se ha vuelto más
etérea ; el compromiso menos comprometedor ; buscamos la felicidad en
los objetos que se transforman constantemente y así, nada es para siempre, es
sólo hasta que salga la próxima versión. Lo mismo sucede con las relaciones, cortoplacistas
y hedónico-egoístas. Pretendemos querer amar, pero nos ahogamos en relaciones
fugaces que han confundido el placer inmediato con el verdadero amor; importa
más el orgasmo obtenido con el
primero que se asoma que la relación cultivada y cuidada.
Estamos
en pleno mundo líquido, como decía Bauman (https://books.google.com.ec/books?id=fHeeBwAAQBAJ&pg=PA7&redir_esc=y#v=onepage&q&f=false).
Aunque intuimos la falsedad del mundo virtual, es demasiado atractivo para deshacernos de él. Al contrario, al ser el que más placer nos otorga, nos vemos atraídos irremediablemente a regresar a él una y otra vez, como las mariposas frente a la luz artificial de los focos. Lastimosamente, quedarnos en ese mundo implicaría lo que implica acercarse demasiado al foco para el insecto. No podemos vivir en lo virtual. Así, regresamos siempre al mundo real, que cada vez nos satisface menos y nos deja con un gran sentimiento de vacío. Y paradójicamente el mundo virtual tampoco nos llena , porque sabemos que lo que sucede ahí, pues... no es real.
Nuestro problema para resumir, es que si bien poseemos dos mundos, no sabemos existir a cabalidad en ninguno de ellos.
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