Nadie
se casa para divorciarse. Por el contrario, toda persona que se atreve a firmar
un papel en el que une su destino al de otra persona o a jurar frente a una
deidad que “es para siempre” es un ser valiente y optimista que genuinamente
desea que “Así sea”.
Y
luego… la vida da un giro violento; nos encontramos firmando de nuevo una pila
de papeles para disolver algo que muchas veces no se puede disolver. Pasamos de
tener un destino trazado a vivir una película sin guión.
En esta
época de fiestas he reflexionado mucho sobre lo que es ser una madre
divorciada. Las fiestas de Navidad y de fin de año no son tan festivas para los
divorciados. Porque una vez que uno se divorcia se pasa ipso facto a una
división del tiempo: tiempo que compartimos
con los hijos y tiempo que nos perdemos cuando se van con su padre. El de la
semana y el del fin de semana; el de las vacaciones y el de los feriados; el de
la Nochebuena y el del Año Nuevo. Tiempo para madre y tiempo para padre. Desde mi perspectiva: tiempo con ella y tiempo sin ella.
En
realidad pasamos a vivir una doble vida.
Una es
la vida que llevamos cuando los hijos no están. Parecería que tiene beneficios
inmediatos, como el poder descansar a cabalidad o dedicar el tiempo libre a
hacer lo que nos gusta, viajar, pasearse, leer, ir la cine. La verdad es que
todos los buenos momentos que vivimos alejados de ellos tienen un tinte
agridulce… si me voy de paseo, me
pregunto qué diría mi hija si estuviera allí, si me estoy divirtiendo pienso en
lo mucho que se divertiría en esa situación. Cuando voy a reuniones con otras
familias y hay niños siento que la traiciono en parte cuando interactúo con
ellos, como ayer por ejemplo cuando quemamos el año viejo con mis sobrinos y me
sentí como rota en dos partes porque ella no estaba ahí.
Luego tenemos
la otra vida en presencia de nuestros hijos, esa que en cambio está tan llena
de responsabilidades que no dan espacio para este compartir idílico de buenos
momentos. En el divorcio toda la cotidianidad se vuelve pesada y recae sobre una
única espalda: perseguir en la mañana a los hijos a que se laven los dientes,
asegurarse de que se vistan adecuadamente según el clima; si se despiertan en
la noche, solo hay una persona que se puede levantar; si se enferma, una la que
se desvela. No hay relevo, no hay descanso: se está de turno las 24 horas. Así
yo, como madre divorciada, poco a poco he adoptado un estilo de vida en el que he
perdido todo derecho a ser vulnerable cuando mi hija está conmigo: no me
enfermo, nada me duele, no tengo sueño, no puedo tomarme una copa tranquila,
nada puede afectarme, no puedo llorar… simplemente porque si algo me pasa sé
que no hay plan de apoyo.
No sé
qué hacen las otras madres, pero al no tener a nadie para alivianar el peso acumulativo de las pequeñas
cosas, he tenido que poner en los hombros de mi hija responsabilidades que los niños de su
edad no tienen normalmente: desde los siete años se prepara su bol de cereales
en la mañana, se viste sola y también hace su lonchera. Debo decir que ella es magnífica en
esto, no se queja y parece entender que simplemente es lo que debe hacer. Yo
por mi parte siento que le he robado parte de su infancia: la de los desayunos alrededor de la mesa, los almuerzos y
meriendas compartidas contándonos el día, la de los deberes hechos en la mesa
del comedor y no en un rincón de la oficina. Pero no sólo le robo su cotidianidad:
le robo recuerdos con su padre para que tenga algunos conmigo, le robo momentos
de disfrute porque estoy demasiado cansada para todo lo que demanda energía
extra; además, la estafo a ratos con promesas de cosas futuras, como cuando le digo
que le compraré un perro el día en
que vivamos en una casa, a sabiendas que es una promesa que no podré sostener…
A veces
cierro los ojos y sueño con otra vida, la que quería tener cuando firmé el papel cuando me casé, en la que regreso a casa y alguien me
pregunta si estoy cansada y si quiero que me prepare una tasa de té, una en la
que mi hija tiene hermanos con quienes jugar y un perro que es de ella. Una
vida que no fue y que con el paso del tiempo ya no podrá ser nunca.
Cuando
me pongo a pensar en estas cosas me entran unas terribles ganas de llorar. Pero
no les hago caso. Me digo que hay cosas peores en la vida, que no soy la única
que pasa o pasó por estos sentimientos; me hago acuerdo a mí misma que esta es
la vida que tengo que vivir y que es el resultado de mis elecciones. Es que no se puede llorar sobre el
camino escogido, y eso es algo que he tenido bien claro en estos 5 años de
divorcio. Pero habiéndome sentido poco festiva últimamente, me pregunto si así
va a ser mi vida para siempre, si ya nunca podré sentirme plenamente feliz en
un momento porque esa vida doble me va a dejar siempre el sentimiento de que “algo
anda mal”.
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