miércoles, 15 de julio de 2020

María Paula


María Paula es mi vecina. Si le calculo bien la edad debe tener unos 9 años ahora, o tal vez 10. Nos conocimos hace cuatro,  cuando me mudé a este barrio al cual se accede después de subir tantas cuestas que uno cree que va a llegar a la cima del Pichincha.

Cuando la conocí era una niña vivaz, muy amiguera, que se pasaba las tardes en el jardín de su casa cargada una muñeca a la que le cambiaba la ropa todo el tiempo y hablando con quien se le cruzaba. En esa época mi sobrina y su bebé vivían acá, lo cual volvía la conversación muy interesante y la casa muy atractiva. Hasta el punto que la María Paula, que no había sido inscrita aún el orden de las prohibiciones sociales, venía a timbrar a la puerta cada vez que se le antojaba para “ver a la bebé”.

Supongo que no hacía eso solo con mi casa, sino que tenía otros pretextos para ir a otras casas en el barrio, y que alguien un día se quejó, porque súbitamente dejó de venir. A mí en lo personal no me molestaba su charla infantil y su curiosidad sin freno, me hacía sentir acogida en un lugar que sentía aún extraño para mí. Mi único otro contacto era la vecina de al lado, cuya hija adolescente salía siempre a gritar “Luuuunaaaa, Luuuuunaaaaa”, buscando a una perra pekinesa que varias veces asomó en mi sala, hasta que un día desapareció también. Luego nos enteramos que la había atropellado un taxi.

Ya casi no había visto a la María Paula hasta esta cuarentena. Cuando desapareció comenzamos a elucubrar las cosas más extrañas al respecto: sus padres la habían encerrado en un cuarto oscuro, la mandaron a un internado, la asesinaron y la enterraron en el jardín…

En estos años progresivamente reapareció, siempre en versiones más grandes y lejanas, y sobre todo, hurañas, lo que la transformó en maléfica para nosotras. Comenzamos un nuevo juego con mi hija: que no nos vea la María Paula. Cuando llegábamos del trabajo, nos agachábamos en el auto y salíamos hagazapadas luego hasta la puerta como en un juego de espías; la sospechábamos de fumar marihuana o quemar cosas en su casa cuando flotaban olores extraños afuera, y cuando la veíamos sentada en el jardín imaginábamos que seguramente se encontraba ocultando los huesos de algún pobre animalito que desolló.

El encierro cambió muchas cosas para muchas personas, incluida la María Paula. La hemos visto salir a lavar el auto con su hermano, acostada en shorts tomado el sol en la hierba con su mamá, caminando afuera haciendo quién sabe qué mientras su papá da interminables vueltas en el parqueadero en traje de deporte. Hemos vuelto a saludar, de lejos por la ventana y a veces en persona cuando salgo. Está grande y se la ve feliz, feliz en esta cuarentena con sus dos nuevos regalos.

El más reciente es una bici rosada enorme en la cual da interminables vueltas en círculo en el parqueadero, a veces persiguiendo a su hermano, a veces sola, pero siempre con una sonrisa inmensa y las mejillas coloradas por el esfuerzo. El otro, más antiguo porque llegó a inicios del aislamiento, es también el más extraño. Vino en forma de casi perro: es un chihuahua al que trata como a las muñecas de antaño, paseándolo en la bici y poniéndole vestidos. Para mí era solo un perro más, hasta que un día oí la voz chillona de la María Paula en el patio llamándolo incesantemente “Luuuunaaa, Luuuuunaaaa”.

Todos recuperamos algo en esta cuarentena.
La María Paula, su sonrisa.
El barrio, la Luna.
Y yo... a la María Paula.

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