En su sueño, la guerrera no pelea. Transita sin su armadura
y se entrega totalmente a experimentar cosas con el guerrero a su lado.
El guerrero quiere compartir manjares que le gustan con
ella, a los que ella nunca les ha visto mucha afición. Sin embargo prueba y se
da cuenta que algunos pueden ser también de su gusto. Acepta a veces
compartirlos aunque no le plazcan del todo, porque eso hace feliz al guerrero. A
ratos, él gruñe, si ella expresa que algo no le gusta. Y ella no
quiere eso. Entonces aprende a no decir en voz alta lo que piensa, y esquiva el
gruñido.
La guerrera está tan feliz con su nueva relación que no para
de hacer fotos y mostrarlas. Ingenuamente piensa que el guerrero también está
feliz. Pero él le dice que eso es vano y presumido. La guerrera le da
la razón, y guarda las fotos para mirarlas solo ella.
El guerrero presenta a su familia a la guerrera. Ella es un poco tímida, pero se siente tan bien acogida y eso es tan importante para el guerrero que multiplica los contactos, los cultiva y se integra. El guerrero está feliz. La guerrera quiere entonces también compartir su mundo con él, con su familia de la vida, las amigas de combates anteriores. Le presenta a las otras guerreras. Pero el guerrero no quiere estar en esos espacios, y le dice que no irá más porque no se divierte. La guerrera no quiere obligarle, quiere que sea feliz. Irá sola de ahora en adelante.
A la guerrera le gustaría que él le abra un poco
más de su mundo. Le gustaría, por ejemplo, conocer a la hija del guerrero, que
de lo que él le ha contado, es también otra guerrera. Se lo sugiere al
guerrero, y él le dice que a la hija no le interesa. La guerrera piensa que
esto se arreglará con el tiempo, que tal vez es muy temprano. Pasan los años, y
todo sigue igual. La guerrera le dice al guerrero que esta situación es
dolorosa para ella. Al guerrero no le importa. Él es feliz así, con dos vidas
paralelas. La guerrera acepta. Porque él es feliz.
La guerrera quisiera que el guerrero comparta más con ella
la vida diaria. Los espacios en los que están juntos son pocos y a ella le
gusta la compañía del guerrero. Tiene miedo de pedírselo, porque cuando se ha
rozado el tema una vez antes, el guerrero le ha dicho que es muy temprano, que
deben esperar, que está buscando la seguridad que ella no tiene. Se lo pide de
todas maneras, cuando ya ha pasado más tiempo. Entonces él le dice que no,
porque ella es inestable, toma decisiones impulsivas, como cuando acogió en su
casa a una niña embaraza que no tenía a quien acudir. Ella le da la razón, esa
historia terminó mal, con mucho dolor. Entonces espera un poco más, para que el
guerrero se dé cuenta de que no es impulsiva. Y se lo vuelve a pedir. Ahora el
guerrero le dice que no es momento porque la hija de la guerrera es joven,
porque las cosas no se han estabilizado. La guerrera entiende que es él quien
no está listo. Y deja de insistir. Y él es feliz.
La guerrera sigue entonces caminando al lado del guerrero.
Feliz porque él es feliz.
La guerrera no se ha dado cuenta de que el cielo antes despejado se ha venido poco a poco cubriendo. Ahora, gruesos nubarrones negros es todo lo que hay y comienza a llover despacito. A ratos un rayo de sol sale,
pero parece escaparse cuando ella trata de alcanzarlo. La lluvia se vuelve más
fuerte, el piso se enloda, la guerrera está empapada. Comienza a sentir frío y
busca sin éxito un lugar donde guarecerse. Mientras tanto sigue caminando, regresando a
ver al guerrero. Extrañamente donde está él no llueve, y le regresa a ver sonreído, como que no pasara anda. Pero
ella se va empantanando más y más, no logra avanzar y agotada decide sentarse.
Comienza a sollozar de impotencia. La guerrera es una mujer fuerte. Ha vivido batallas
dolorosas, y en la última le nacieron un par de alas mágicas en la espalda; con
ellas escapó lejos de un campo de batalla en el que casi pierde la vida. Durante
todo el sueño, las alas mágicas no estaban;
en su lugar apenas había un tatuaje y la guerrera se había olvidado de ellas. En este momento por primera vez puede
sentirlas; quisiera desplegarlas pero están empapadas y son muy pesadas. No lo
logra. Mientras, su cuerpo se va hundiendo más y más en el lodo, el agua la va
cubriendo; todo se acelera, el fango está llegando peligrosamente a su cuello,
luego a su mentón...
Desesperada, tiende una mano al guerrero pidiéndole ayuda. Él
la mira extrañado, y le increpa porque
no está pasando nada, no está lloviendo, el sol brilla. Ella le suplica diciendo que sin
su mano se va a ahogar. Pero el agua ha llegado ya a su boca y él no agarra su mano.
La guerrera no logra entender por qué no la ayuda, si ella lo ha hecho feliz
todo el tiempo. Finalmente, el fango entra por su nariz y sus oídos, sabe que
va a morir, y en un último atisbo de su conciencia…
… se despierta.
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