viernes, 18 de febrero de 2022

Mario es machista

 


Mario es machista. No nos confundamos, él nunca hablaría de sí mismo en estos términos. Sabe que el machismo está mal, sobre todo en los tiempos que corren, con todo eso del #metoo y todos los escándalos en las plazas públicas de las mujeres feministas cantando a voz de cuello “el violador eres tú”.

Lo sabe, de hecho, él no está en contra del feminismo. Pero de un feminismo diferente, un feminismo como el de su madre, que le ha plantado cara a su padre varias veces y que, incluso, cuando él era un adolescente, se atrevió a meterle un trompón delante de todos para que dejara de decirle cosas hirientes. Pero en un extremo está su madre… y en el otro esas mujeres enojadas y en pelotas, que acusan a los hombres de ser violadores, señalando a personas como él, que no han violado a nadie. Si le preguntan a  Mario, él les dirá que hay una gran diferencia entre su madre y esas "radicales", típicas mujeres mal tiradas, que no han conseguido un hombre que las satisfaga, y por eso están tan enojadas.

Ante sus propios ojos, Mario no es machista. A él solo le parece que hay demasiada alharaca últimamente sobre temas que no son graves, y que las feministas sobrevaluan. Como el asunto de los piropos en la calle. ¿De cuándo aquí decirle a una chica que es “rica” está mal, sobre todo si ella misma se expone a caminar con falditas en la calle? De hecho, todos saben que las mujeres que usan cierto tipo de ropa lo hacen para provocar. Recuerda, por ejemplo, esa vez que su novia de turno se puso un escote provocativo para la cena de Navidad, y el cuñado pasó toda la velada tratando de ver si en algún ángulo se lograba ver algo más. Al final de la cena, se lo reclamó a ella. Total, el cuñado no tenía la culpa.

En realidad, ¡qué complicada se ha vuelto la vida ahora con esas notas feministas! Antes solo era cuestión de un poco de galanteo, flores, llevarlas a comer y luego bueno, hacer lo que había que hacer. Ahora las mujeres se hacen las que no quieren, y se ofenden ante cualquier comentario. Mario, sin embargo, sabe que en el fondo no es así, las mujeres siguen siendo iguales, solo se hacen “las duras” “las arrogantes”. Pero igual les encanta que se les mire el escote, o se les roce las nalgas. Solo fingen, porque bueno, ahora eso está de moda.

En efecto, Mario no entiende la polémica de lo que ha pasado con su tocayo Canessa,  que dijo delante de las cámaras a la periodista Nadia Manosalvas que “qué hace para estar tan  buena”. Primero, es verdad que está buena. Segundo, que si a ella le hubiera disgustado de veras, no se hubiera defendido tan tibiamente diciendo “buena… buena gente”. Tercero, que cuando Canessa se ha disculpado, ella mismo ha admitido que “era en son de broma”.  Mario sabe que a ella le gustó. Sabe que el escándalo está demás, que es generado por esa facción de “locas feminazis” que arman alboroto por todo en las redes, y que, en el fondo, la chica estaba encantada.

Pero Mario no lo dice en voz alta. No, porque ahora los tiempos han cambiado y Mario prefiere quedarse calladito. Es un mecanismo de supervivencia para no entrar en polémicas, y también una estrategia que le permite, de vez en cuando, que las mujeres crean que él es su aliado y por ahí, que caiga alguna incauta.

Entonces Mario nunca se reconoce como machista, aunque, a veces, algo le dice que lo es un poco. No quiere sin embargo pensar en ello. Es que en el fondo, le parece que la vida era más simple cuando nadie les decía a los hombres lo que tenían que hacer o no hacer, y sobre todo, cuando nadie les señalaba a cada rato diciendo “machistas”.

 

domingo, 13 de febrero de 2022

A propósito del día del amor

Es casi mediodía y hace un calor insoportable en el parque. Cansada de dar vueltas, me dejo tentar por un tronco que hace las veces de banco. En un extremo están ya sentadas dos mujeres, la una de unos treinta años, la otra de unos 60 por lo menos. Decido que deben ser madre e hija. Mi intención es descansar un rato y seguir caminando, pero poco a poco me dejo atrapar por la conversación de esa pareja. La “madre” cuenta con muchos detalles a la “hija” la historia de una prima lejana que se casó con un señor mayor a ella pero muy guapo, educado, de hecho, con un currículum envidiable: médico prestigioso, ha sido invitado a dar charlas en muchas universidades de otros países, y por último ha conseguido un puesto en un hospital de renombre en París. Le pinta la vida de la prima de una manera idílica y en una exhalación concluye: “tu prima hizo un excelente negocio casándose con el médico”. La hija, que hasta entonces seguía interesada el relato, sin intervenir mucho, parece despertarse y exclama indignada “ay mamá, qué comentario tan machista! si talvez el que hizo buen negocio fue él, casándose con ella!”. La mamá frunce el ceño, y enfurruñadas ambas se levantan y se van.

Recuerdo a una de mis parejas que solía hablar de nuestra relación también en términos financieros. Solía decirme cosas como “he invertido en esta relación” “tú me aportas mucho”. Como si la relación se cifrara en ganancias y pérdidas, y mientras el balance fuera bueno entonces se podía mantener la inversión. Huelga decirles que seguramente en algún punto el negocio ya no le pareció bueno, y hasta ahí llegó el amor.

El otro día, en un momento de total aburrimiento, me inscribí en Facebook Parejas. Por pura curiosidad, para saber cómo es conocer personas en el mundo virtual. Apenas terminé de realizar mi perfil, Facebook me mandó un desfile de fotos de hombres para escoger. Me sentí como cuando las señoras de Avon me venían a dejar las revistas en la oficina para comprar maquillaje. Una sensación incómoda tratándose de seres humanos. Medio asustada de participar en este consumismo humano, busqué desesperadamente cómo salirme. ¿Han notado lo fácil que es inscribirse en cualquier vaina en internet pero lo difícil que es cerrar esas cuentas? Pues me tomó 15 minutos encontrar cómo hacerlo. En ese tiempo recibí 7 solicitudes de contacto. Todas en términos más o menos similares: “hola bella, quiero conocerte” “hola guapa, me gustas”. Te toma menos de 15 segundos juzgar a alguien por una foto; otros 15 para decidir que te gusta y mandarle un mensaje. Increíble como en 30 segundos estás dispuesto a salir con una extraña que te parece bonita y de la cual no conoces nada. Bienvenidos a las app de citas.

Pero no nos confundamos: la superficialidad no es exclusiva del mundo virtual. También recuerdo una pareja que tuve hace algún tiempo y que era incapaz de decirme “te amo” cuando hacíamos el amor. No se cansaba de repetirme sin embargo cuánto le gustaba o cuánto me deseaba. Por más que estuve con él varios años creo que nunca logramos intimar de verdad. Al él le gustaba la de la foto del catálogo, por así decir, y cuando ya dejé de parecerme a esa imagen, pues, obvio, ya no le gusté. Me deslizó a la izquierda en el mundo real.

Y así, resulta que para algunos el amor es un negocio, y para otros una degustación. Solo para que pongan esta información en el otro lado de la balanza este San Valentín.