Mario es machista. No nos confundamos, él nunca hablaría de sí mismo en estos términos. Sabe que el machismo está mal, sobre todo en los tiempos que corren, con todo eso del #metoo y todos los escándalos en las plazas públicas de las mujeres feministas cantando a voz de cuello “el violador eres tú”.
Lo sabe, de hecho, él no está en contra del feminismo. Pero
de un feminismo diferente, un feminismo como el de su madre, que le ha plantado
cara a su padre varias veces y que, incluso, cuando él era un adolescente, se atrevió a meterle un trompón delante de todos para que dejara de decirle cosas hirientes.
Pero en un extremo está su madre… y en el otro esas mujeres enojadas y en
pelotas, que acusan a los hombres de ser violadores, señalando a personas como
él, que no han violado a nadie. Si le preguntan a Mario, él les dirá que hay una gran diferencia entre su madre y esas "radicales", típicas
mujeres mal tiradas, que no han conseguido un hombre que las satisfaga, y por
eso están tan enojadas.
Ante sus propios ojos, Mario no es machista. A él solo le parece que hay demasiada alharaca
últimamente sobre temas que no son graves, y que las feministas sobrevaluan.
Como el asunto de los piropos en la calle. ¿De cuándo aquí decirle a una chica
que es “rica” está mal, sobre todo si ella misma se expone a caminar con falditas en la calle? De hecho, todos saben que las mujeres que usan cierto tipo
de ropa lo hacen para provocar. Recuerda, por ejemplo, esa vez que su novia de
turno se puso un escote provocativo para la cena de Navidad, y el cuñado pasó toda
la velada tratando de ver si en algún ángulo se lograba ver algo más. Al
final de la cena, se lo reclamó a ella. Total, el cuñado no tenía la culpa.
En realidad, ¡qué complicada se ha vuelto la vida ahora con
esas notas feministas! Antes solo era cuestión de un poco de galanteo, flores,
llevarlas a comer y luego bueno, hacer lo que había que hacer. Ahora las
mujeres se hacen las que no quieren, y se ofenden ante cualquier comentario.
Mario, sin embargo, sabe que en el fondo no es así, las mujeres siguen siendo
iguales, solo se hacen “las duras” “las arrogantes”. Pero igual les encanta que
se les mire el escote, o se les roce las nalgas. Solo fingen, porque bueno, ahora
eso está de moda.
En efecto, Mario no entiende la polémica de lo que ha pasado
con su tocayo Canessa, que dijo delante de las cámaras a la periodista Nadia Manosalvas que “qué hace para estar tan buena”.
Primero, es verdad que está buena. Segundo, que si a ella le hubiera disgustado
de veras, no se hubiera defendido tan tibiamente diciendo “buena… buena gente”.
Tercero, que cuando Canessa se ha disculpado, ella mismo ha admitido que
“era en son de broma”. Mario sabe que a
ella le gustó. Sabe que el escándalo está demás, que es generado por esa
facción de “locas feminazis” que arman alboroto por todo en las redes, y que,
en el fondo, la chica estaba encantada.
Pero Mario no lo dice en voz alta. No, porque ahora los
tiempos han cambiado y Mario prefiere quedarse calladito. Es un mecanismo de
supervivencia para no entrar en polémicas, y también una estrategia que le
permite, de vez en cuando, que las mujeres crean que él es su aliado y por ahí, que caiga alguna incauta.
Entonces Mario nunca se reconoce como machista, aunque, a veces, algo le dice que lo es un poco. No quiere sin embargo pensar en ello. Es
que en el fondo, le parece que la vida era más simple cuando nadie les decía a
los hombres lo que tenían que hacer o no hacer, y sobre todo, cuando nadie les
señalaba a cada rato diciendo “machistas”.