La conocí hace ya algunos años. No voy a decir hace muchos, primero porque no recuerdo cuántos y segundo, porque decir “muchos” no me parece tan lejos. Era estudiante de Psicología, en la época loca en la que fui decana de la Facultad y no tenía el control de nada aunque pensaba estar al tanto de todo.
La verdad que eso era como estar metida en un huracán, en
el que revoloteaban muchas cosas a mi alrededor. Al igual que en una catástrofe,
había muchas cosas urgentes que resolver, fuegos que apagar, y de vez en
cuando, en los momentos de calma, de repente surgía algo hermoso, que ameritaba
detenerse, aunque sea un instante, para admirar, para disfrutar. Como cuando
llueve mucho y sale el sol de repente.
El sol era ellos. Abigail y Josué. Dos estudiantes de la
Facultad que tocaban maravillosamente en dúo. Ella en el teclado, él en el
violín. No los descubrí yo. Los descubrió Sonnita, la Secretaria-Abogada, una
mujer que amaba las cosas buenas, y siempre daba espacio para el disfrute en
esa cotidianidad burocrática y a veces ardua del trabajo académico. De repente
estaban ellos dos en los eventos: premiaciones, homenajes, lanzamientos de
libros. Tocando en los interludios. Música clásica. Música ecuatoriana. Tangos.
Pasillos. Infundiéndome a mí (y estoy segura de que a los demás), esa inyección
de belleza que a veces necesitamos para poder seguir con la bruma de la
cotidianidad.
Abigail decidió interrumpir sus estudios de Psicología. Un
día me contó que iba a seguir su verdadera vocación, la música, y que se iba a
Ucrania porque veía que ese país le abría las puertas para hacerlo. Le deseé un
buen viaje. Estoy segura de que muchos la extrañaron, sobre todo su compañero
de partituras, Josué. Facebook tiene muchas cosas malas, pero algunas buenas
también. Mantuvimos el contacto por estas vías, y por otras que se fueron
abriendo como el Instagram. Gracias a ello la escuché cantar estos años. Pasó
de ser Abigail, a ser Abi Gail. Una persona más compleja, más auto afirmada.
Llena de vida y de convicciones.
Luego, hace unas semanas, estalló el conflicto en Ucrania.
Algo que nos parece ajeno, sobre todo a los ecuatorianos que nunca hemos vivido
de cerca los horrores de la Guerra. Sin muchas noticias en un inicio, Abi Gail
comenzó a postear no lo que era la guerra para los rusos o los ucranianos, ni
reflexiones intelectuales sobre el tema. Narró en su Facebook desde su vivencia
lo que estaba pasando en Kiev (https://www.facebook.com/nadie.mas.186), los
bombardeos, la gente huyendo en trenes y durmiendo en los metros, la falta de
gestión del gobierno ecuatoriano. Luego el silencio. Unos días después, en
Instagram, leí que había tenido que caminar hasta la frontera con Polonia,
conjuntamente con madres que cargaban a sus bebés, niños, y personas de varias
nacionalidades. Llegados a la frontera, no la dejaron pasar por ser
ecuatoriana, dado a que se había establecido la prioridad para los ucranianos. Leí
cómo los soldados ucranianos dejaban fuera de los albergues a los que se quejaban,
en pleno invierno con temperaturas espantosamente frías. Me entró la
indignación: ¿dónde estaba nuestro rasgo de humanidad? ¿acaso había clases o
categorías de seres humanos?
Le escribí un mensaje por el Instagram deseándole fuerza.
Esperaba que logre cruzar…
Casi una semana después del inicio de todo esto, me enteré de
que estaba en Polonia. ¡Qué alegría! Ojalá pronto pudiera abordar uno de esos
vuelos humanitarios y regresara al Ecuador…
Y hoy, que me he metido a Facebook de nuevo, me he topado
con esto: https://www.facebook.com/watch/?v=1167829970620870
¡Me emocioné tanto! Creí reconocerla en el piano y le
escribí. Me contestó en seguida que era ella, y me alegré de verla iluminando
corazones como solía hacerlo en mis épocas grises del decanato. Me contó que
esto sucedió en el aeropuerto de Varsovia, antes de intentar abordar el primer
vuelo humanitario, en el que no la dejaron entrar porque iba con su perrito.
Entonces decidió, por razones políticas y por amor a ese país que la acogió, no
alejarse demasiado.
Sus palabras al explicar su situación actual me han
conmovido demasiado al leerlas; prefiero que ustedes las lean directamente:
“Ha sido muy difícil… empacar 6 años en una
maleta. Pero esto continúa, y está pasando en este momento. Y tengo muchos
amigos, profesores, allegados allí… y eso me duele, no poder ayudar. La
impotencia. Ayer bombardearon un hospital de niños…
Cuando leo sus palabras no tengo suficientes para
consolarla. Nada puede, creo yo, apaciguar lo que ella siente. Ya no es
Abigail. Ukrania ha entrado en su corazón, tal vez por eso ella ahora no es la
Abigail que yo conocí, sino Abi Gail.
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