El amor
es lo que nos ata a la vida.
Durante
nueve meses, un cordón nos permite formarnos, unidos al cuerpo de una madre que
nos nutre, nos hace respirar y nos mantiene cómodos. Pero una vez que nacemos,
el cordón se corta y es el amor el que nos mantiene vivos. Buen amor, mal amor:
esa madre nos cuida como puede. Después, atamos otros cordones invisibles con varias
personas, comenzando con aquellas que nos rodean. Amores fáciles o amores
complicados: papá, hermanos, familia… Con suerte, estos cordones son lo
suficientemente fuertes para sostenernos durante nuestro crecimiento. Con
suerte, hacen que cuando las cosas se ponen difíciles recurramos a los lazos
que nos unen. Con suerte, son cordones que sostienen y no nos manipulan como
marionetas.
Crecemos
más y queremos ampliar nuestros horizontes. Conocemos a personas y por ahí,
desprevenidamente, nos enamoramos. Muy jóvenes, muy entusiastas, muy
vulnerables. A muchos, esos cordones que tejemos tan rápido nos los arranchan
con pedazos de corazón.
Y luego
andamos con miedo. Con miedo a ligarnos con alguien, con miedo a que nos hagan
sangrar. Entramos en las relaciones siguientes con todos los escudos que se
puedan. Nos vendemos a nosotros mismos esas ideas que “el amor no existe”, “el
amor no vale nada”, "no debemos entregarnos tanto", “hay que escoger con el cerebro y no con el corazón”. Nos
comemos el cuento de que es mejor tener relaciones en donde prime el interés,
la inteligencia, el dinero, el origen, el sexo, la amistad, el trabajo en equipo…
Todo menos el amor.
Pero
nos mentimos al hacerlo, porque a la larga si no hay amor, el vacío se vuelve
más y más grande, más y más hondo… y entonces muchas personas sienten que nada
les ata a la vida y acaban con ella, de miles de formas diferentes: saltando al
vacío, bebiendo, farreando hasta la inconciencia, teniendo parejas casuales, no
sintiendo placer con nada. Acabar con la vida no es solo matarse, es dejar de
disfrutarla, aceptar que lo importante es lo externo y no lo que sentimos,
desconectarse del corazón.
Amar
nos da miedo incluso cuando amamos. Cuando tenemos la suerte de estar con
alguien y sentir lo maravilloso que es existir con esa persona, nos llenamos de
miedos: ¿qué pasará mañana si ya no está? ¿Y si me duele cuando se vaya? ¿Y si
me pide algo que no puedo darle? ¿Y si en 10, 15, 20 años ya no sentimos lo
mismo?
Y está
el miedo extremo: el miedo a perder la libertad. Miedo a que dejemos de ser
nosotros mismos, que perdamos oportunidades de hacer cosas, o que abandonemos
objetivos por estar con esa persona. El miedo provoca reacciones extrañas, que
pretenden cortar los cordones de alguna u otra forma: se descuida la relación,
nos alejamos de la persona, pensamos en singular… Provocamos lo que tememos
para así ratificar que el amor no sirve, no está bien.
No
entendemos que mientras más sólido esté el cordón, más sentido tendrá la vida.
Los
humanos somos seres extraños: hemos evolucionado de tal forma que levantamos toneladas
de acero para atravesar los aires como los pájaros, pero sentimos que el amor
nos restringe. Podemos construir rascacielos enormes pero somos incapaces de
construir relaciones sólidas. No nos da miedo abrir los cuerpos de las personas
para repararlos, o poner nuestra vida en manos de un médico para que lo haga,
pero tenemos miedo a poner nuestro corazón en las manos de otro ser para que lo
cuide.
Y sin
embargo, solo hay una verdad en todo esto: estar vivo sin amor es estar muerto.
Los menos afortunados lo entendemos por las malas, el día que se rompe el
cordón, como cuando muere alguien y nos damos cuenta del dolor que nos causa su
partida o cuando alguien nos deja porque se cansó de que
desgastemos el cordón con nuestros miedos.
Los más
afortunados lo sentimos en nuestra escencia, cuando enfrentados a los miles de problemas
cotidianos percibimos el sostén que nos brindan esos cordones, indicándonos que lo esencial no está afuera,
sino en nuestro corazón.
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