miércoles, 17 de septiembre de 2014

Queda la música...


Mi amiga Andrea posteó el otro día en Facebook que la música la transportaba a ciertos momentos y vivencias específicas en su vida…Creo que todos asociamos músicas a momentos. Música que nos acompañó en épocas de nuestra vida, música con la que nos reímos tanto que aún nos arranca sonrisas al escucharla, música que nos coge desprevenidos a veces y nos hace llorar al desenterrar un recuerdo u otro.

La música es extremadamente importante en la vida del ser humano. No sé si para todos esté al nivel de la alimentación, el sueño o la reproducción, pero por lo menos para mí por ahí va. Creo que deberíamos pensar mucho sobre qué canción vamos a escoger para los momentos trascendentales que nos toca vivir: la graduación, el matrimonio, el nacimiento, nuestro velorio, la canción de cuna que cantaremos a nuestros hijos…

Conozco personas que se han quedado “estancadas” en un género musical (los años 60, el ballenato, las baladas, ABBA…) porque se sintieron tan bien acompañados que escuchar repetitivamente y sin tregua estas tonalidades es casi como tomarse un ansiolítico sin receta frente a la vida real.

Personalmente, la música de los 80 me regresa sin remedio a esa época adolescente en que iba a fiestas, la música me destrozaba los tímpanos y tocaba bailar con una serie de chicos torpes y tímidos (seguramente tan torpes y tímidos como yo), que terminaban declarándose sin ninguna esperanza porque yo –como cualquier otra adolescente que se respetaba- estaba enamorada del imposible-tres-años-mayor que ni me regresaba a ver… Y aunque todos suspiramos en esa época con las primeras canciones de Arjona, ahora que tenemos el "amor sofisticado" le lanzamos tomates al pobre hombre (osea: le hacemos bullying por el facebook con los memes del momento).

Hay cantantes, por ejemplo, que están ya "vetados" en nuestro repertorio personal porque,  asociados a personas específicas, no podemos evitar evocarlas cuando suenan en la radio: José José, Red Hot Chili Peppers, Alejandro Sanz, Joaquín Sabina, Gun's and Roses… los zapereamos irremediablemente por asociación.

Pero no solo importan las canciones que hemos asociado a alguien: en un pop-quiz en mi Face pregunté a mis amigas qué canción les hubiera gustado que alguien importante se las dedique... Y descubrí lo que ya sabía: tapiada en el fondo de nuestro corazón, tenemos todas una magnífica canción que nos cantamos a nosotras mismas sabiendo que aunque nadie nos la dedique, es aquella que nos merecemos.

Existe música que está diseñada para llorar, como los pasillos, y música que fue diseñada para no llorar. Para las rupturas, por ejemplo, puedo aconsejar a ojo cerrado la música electrónica: desafío a todos a que encuentren una sola canción de este género con letra morelia o notas deprimentes; ¡NO HAY! Es más: si tuviera consulta, recetaría ALFA RADIO (98,5 F.M.) a todo el que viniera con mal de amores. ¡Nadie se deprime con ese tipo de música!.

Siempre me he preguntado qué pasaría si unos extraterrestres llegaran a la tierra y se toparan con un grupo de personas  bailando frenéticamente en una discoteca o cantando a grito pelado en una guitarreada… ¿entenderían realmente lo que está detrás? ¿o fríamente juzgarían estas conductas como “poco adaptativas” y nos lanzarían el rayo-de-la-muerte que nos aniquilaría?

En lo que a mí respecta, la música es tan importante que cuando me muera, estoy segura que en lugar de las imágenes que dicen las personas que ven desfilar en los últimos momentos voy a tener un soundtrack interminable:  de lo que me gusta escuchar y de lo que no me gusta... que me transportará- citando a Buzz Lightyear- "Al infinito... ¡Y más allá!". Porque cuando todo acaba, cuando se apagan las luces y se cierra el telón, cuando las personas se van,  como dice Aute, solamente "queda la música".

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