No
quiero deprimirle más a Carlita hoy que salimos a tomar por fin ese café que
nos prometemos cada vez que el azar nos junta en un lugar público y atestado de
gente. Esta tarde que
logramos darnos el tiempo de frenar la vorágine de la vida adulta sabemos que
no vale la pena gastar el tiempo
en banalidades, por eso ella me habla, de golpe y sopetón, de su vida
sentimental. Carlita sabe que me divorcié hace unos años y apela a “mi
experiencia” para entender lo que le pasa a ella, que lleva “solo un año”
viviendo sola e intentando rehacer su vida después de una relación que, si se
suma todo con todo, duró casi 20 años: desde que se conocieron al inicio de la U, hasta hace poco cuando se enteró que su esposo, padre de
los tres hijos adolescentes que tienen juntos, tiene una nueva relación que,
obviamente, él negó.
Sueños
destrozados, ilusiones rotas, desconfianza… En fin, nada que no sea lo normal
en muchas rupturas. Carlita
recibió el 100% de apoyo en su separación. Finalmente, el que tenía la culpa era
el otro, así que la familia tuvo un “chivo expiatorio” a quién culpar
claramente y sin sospechas y todo se acabó manteniendo intacta la moral de
Carlita. Paz para ella. Socialmente
hablando, por que en lo personal….
Pasado el caos del divorcio, Carlita perdió unas 20 libras, yo creo que a punta de
llorar y llorar, por pura deshidratación vía lágrimas, aunque amigas en común dicen que ella
pensaba que su marido la traicionó por estar pasada de kilos y se mató de hambre
para que regresara. Los hijos, adolescentes, chicos sensatos y bien educados, nunca reclamaron nada, pero sí anduvieron un buen rato con mirada de
“ciervo herido”, mirada que fue inmediatamente reemplazada por la de “rayo
láser” cuando se enteraron que Carlita comenzó a salir con otros hombres. Como
que en el divorcio ella hubiera
tenido la obligación moral de abandonarlo todo, inclusive la posibilidad de
relacionarse.
Carlita
me cuenta que no quería salir con nadie, pero que la Rosy prácticamente le
obligó a socializar de nuevo y que sin querer se encontró metida de cabeza en
una relación, muy rara la verdad y hasta le da vergüenza hablar de ello, una
relación en la que, en resumidas cuentas, se sintió utilizada, casi como una
“muñeca inflable” para usar sus términos. Como somos mujeres de otras épocas,
no ahondo mucho en lo que pasó, pero sí noto en su mirar que algo muy malo
sucedió en ese plano, algo que la ha dejado desconfiada, arisca, como esos
cachorros que muestran los dientes aunque saben que no sirve de nada porque el
depredador, de todas formas, tiene las de ganar.
Carlita se abre conmigo hoy y me cuenta su historia, dolida e ilusionada a
la vez, esperando que le cuente otra versión, la versión de “no te preocupes, todo va a salir bien”.
Y estoy
ahí, frente a ella, en la encrucijada… Tenemos
sólo el espacio de un café, casi nunca logramos vernos. En poco ella volverá a
su realidad, a sus tres hijos adolescentes, a su divorcio en plena digestión…..
¿Debo
decirle la verdad?
¿Debo
decirle que en realidad no hay nada que esperar, que a su edad (nuestra edad)
no debe proyectarse a nada bueno,
porque estamos en la peor franja para las relaciones de pareja? ¿Decirle que si
escoge a parejas más jóvenes o sin hijos estas saldrán huyendo apenas sepan que
tiene tres porque una mujer-con-guaguas es considerada por ellos como “mercancía abollada”? ¿Qué nunca les mencionarán y ni siquiera se aprenderán sus
nombres, que a duras penas le preguntarán por “los enanos” y eso como que le hicieran un favor? ¿Decirle que los
hombres machistas van a pensar que
está buscando quién las mantenga a ella y a los chicos y que la sospecharán
siempre de “querer chantarles otro niño”? ¿Qué los que ya se divorciaron solo
andan en busca de recuperar el tiempo perdido? ¿Qué los divorciados que tienen hijos ni siquiera le preguntarán por los de ella y sólo querrán verla
en los horarios en que esté “libre”, porque consideran que con los de ellos ya tienen suficiente? ¿Qué,
por si todo lo demás fuera poco, los
hombres casados verán en ella la "divorciada-desesperada-que-necesita-satisfacción” y se acercarán como buitres frente a la carne?
¿Que,
hoy por hoy, ninguno se va a molestar en conocerla, a ella, Carlita, en su
individualidad?
¿Cómo
le digo eso? ¿Cómo rompo su esperanza? !Pero tampoco quiero mentir! Y no quiero deprimirle más a Carlita...
Entonces tomo su mano a través de la mesa y le cuento una historia, la de
mi sobrina Isabela, cuyo corazón estaba tan dolido como el de ella y el mío
hace pocos meses, y le relato cómo pasó de tener en su estatus de Whatsapp “Si vas
en serio, dímelo para no fallarte; si es un juego, dímelo para divertirme” a “there is this boy and he kinda have my heart” , para finalmente poner “Apareció
y se detuvo el tiempo” …
Carlita
forma parte de una especie en vía de
extinción, de esa que no cree en las redes sociales, peor lee los blogs
y en su whatsapp dice siempre algo así como “Hi there.! I am using whatsapp” . Ni siquiera estoy segura de que sabe qué es el estatus y de lo que implica el cambiarlo, o dejarlo estático... Pero
dentro de todo, Carlita capta lo que le quiero decir con toda mi
historia, me sonríe y me dice: “En
serio?¿Lo logró?” Y yo de sonreírle en respuesta y solo asentir. Y contarle que
este chico que con el que sale mi sobrina la llevó a cenar en la noche de luna llena al restaurante,
que le contrató fuegos artificiales en el parque, que ví brillar estrellas en
los ojos de él cuando la miraba el otro día, en la fiesta de cumpleaños de mi cuñado…
Hinchada las velas del corazón al relatar este amor juvenil, hasta me animo a decirle que aunque no me ha sucedido aún, tengo la esperanza yo también de que hay alguien así en este mundo para mí, un hombre dulce, sensible, inteligente y divertido que se enamorará tanto de mí que lo único que le importará es estar conmigo por encima de cualquier coyuntura.
Carlita
sonríe y en este momento me doy cuenta que, haya pasado lo que sea que haya
pasado en su vida este año, le he devuelto la ilusión… Nos despedimos con un abrazo de esos que estrujan el cuerpo y calientan el alma y ella regresa a su cotidianidad con la esperanza renovada, mientras yo permanezco con una sensación agridulce de toda esta conversación: no le mentí a Carlita, pero hay muchas cosas que no le dije...
No le dije que, con la misma Isabela, llegamos a la conclusión de que su novio es así porque es un “UNBROKEN”: nadie ha roto sus ilusiones, nadie
lo ha engañado, nadie le ha abollado tanto como para detener su evolución sentimental.
No le
dije que creo que cada mujer se
reconstruye en las rupturas y emerge mejor y que por el contrario creo que
los hombres se estancan en alguna mala experiencia y hacen que las otras
mujeres “paguen” por su mala vivencia.
No le
dije que debe acostumbrarse a que cada día se va a despertar sola y se preguntará “¿Qué hice mal?” y “¿Cómo así el idiota
de mi marido que me juró amor por siempre frente a DIOS hoy anda revolcándose
con una chica 20 años más joven sin que nadie diga nada?”.
No le
dije que abandone ya las citas arregladas y que haga como yo, que mejor se compre “Elsa y Fred” y mire la película un sábado tarde, para que vaya proyectando descubrir al amor de su vida en treinta años más, cuando esté al borde de la muerte, que ahí es en dónde hay más chances de encontrar un hombre que
se conectará por fin en su misma sintonía, sintiéndo la libertad de amar sin
prejucios, ni post-juicios, ni planes que interfieran, ni antecedentes que
pesen…
No le
dije que si espera encontrar ese tipo de amor que se da incondicionalmente, sin que la razón se interponga, antes de los setenta… deberá esperar la próxima vida, ya que aún no han inventado la máquina del tiempo para regresar a los quince, porque si hay otra especie en vía de extinción son los adultos que no están definitivamente “broken” sino “just bendt” (como diría Pink).
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