miércoles, 21 de enero de 2015

Unbroken


No quiero deprimirle más a Carlita hoy que salimos a tomar por fin ese café que nos prometemos cada vez que el azar nos junta en un lugar público y atestado de gente. Esta tarde que logramos darnos el tiempo de frenar la vorágine de la vida adulta sabemos que no vale la pena gastar el tiempo  en banalidades, por eso ella me habla, de golpe y sopetón, de su vida sentimental. Carlita sabe que me divorcié hace unos años y apela a “mi experiencia” para entender lo que le pasa a ella, que lleva “solo un año” viviendo sola e intentando rehacer su vida después de una relación que, si se suma todo con todo, duró casi 20 años: desde que se conocieron al inicio de la U, hasta hace poco cuando se enteró que su esposo, padre de los tres hijos adolescentes que tienen juntos, tiene una nueva relación que, obviamente, él negó.

Sueños destrozados, ilusiones rotas, desconfianza… En fin, nada que no sea lo normal en muchas rupturas. Carlita recibió el 100% de apoyo en su separación. Finalmente, el que tenía la culpa era el otro, así que la familia tuvo un “chivo expiatorio” a quién culpar claramente y sin sospechas y todo se acabó manteniendo intacta la moral de Carlita. Paz para ella. Socialmente hablando, por que en lo personal….

Pasado el caos del divorcio, Carlita perdió unas 20 libras, yo creo que a punta de llorar y llorar, por pura deshidratación vía lágrimas,  aunque amigas en común dicen que ella pensaba que su marido la traicionó por estar pasada de kilos y se mató de hambre para que regresara. Los hijos, adolescentes,  chicos sensatos y bien educados,  nunca reclamaron nada, pero sí anduvieron un buen rato con mirada de “ciervo herido”, mirada que fue inmediatamente reemplazada por la de “rayo láser” cuando se enteraron que Carlita comenzó a salir con otros hombres. Como que en el divorcio ella  hubiera tenido la obligación moral de abandonarlo todo, inclusive la posibilidad de relacionarse.

Carlita me cuenta que no quería salir con nadie, pero que la Rosy prácticamente le obligó a socializar de nuevo y que sin querer se encontró metida de cabeza en una relación, muy rara la verdad y hasta le da vergüenza hablar de ello, una relación en la que, en resumidas cuentas, se sintió utilizada, casi como una “muñeca inflable” para usar sus términos. Como somos mujeres de otras épocas, no ahondo mucho en lo que pasó, pero sí noto en su mirar que algo muy malo sucedió en ese plano, algo que la ha dejado desconfiada, arisca, como esos cachorros que muestran los dientes aunque saben que no sirve de nada porque el depredador, de todas formas, tiene las de ganar.

Carlita se abre conmigo hoy y me cuenta su historia, dolida  e ilusionada a la vez, esperando que le cuente otra versión, la versión de “no te preocupes, todo va a salir bien”.

Y estoy ahí, frente a ella, en la encrucijada… Tenemos sólo el espacio de un café, casi nunca logramos vernos. En poco ella volverá a su realidad, a sus tres hijos adolescentes, a su divorcio en plena digestión…..

¿Debo decirle la verdad?

¿Debo decirle que en realidad no hay nada que esperar, que a su edad (nuestra edad) no debe proyectarse a  nada bueno, porque estamos en la peor franja para las relaciones de pareja? ¿Decirle que si escoge a parejas más jóvenes o sin hijos estas saldrán huyendo apenas sepan que tiene tres porque una mujer-con-guaguas es considerada por ellos como “mercancía abollada”? ¿Qué nunca les mencionarán y ni siquiera se aprenderán sus nombres, que a duras penas le preguntarán por “los enanos” y eso como que le hicieran un favor? ¿Decirle que los hombres  machistas van a pensar que está buscando quién las mantenga a ella y a los chicos y que la sospecharán siempre de “querer chantarles otro niño”? ¿Qué los que ya se divorciaron solo andan en busca de recuperar el tiempo perdido? ¿Qué los divorciados que tienen hijos ni siquiera le preguntarán por los de ella y sólo querrán verla en los horarios en que esté  “libre”, porque consideran que con los de ellos ya tienen suficiente? ¿Qué, por si todo lo demás fuera poco,  los hombres casados verán en ella la "divorciada-desesperada-que-necesita-satisfacción” y se acercarán como buitres frente a la carne?

¿Que, hoy por hoy, ninguno se va a molestar en conocerla, a ella, Carlita, en su individualidad?

¿Cómo le digo eso? ¿Cómo rompo su esperanza? !Pero tampoco quiero mentir! Y no quiero deprimirle más a Carlita...

Entonces tomo su mano a través de la mesa y le cuento una historia, la de mi sobrina Isabela, cuyo corazón estaba tan dolido como el de ella y el mío hace pocos meses, y le relato cómo pasó de tener en su estatus de Whatsapp “Si vas en serio, dímelo para no fallarte; si es un juego, dímelo para divertirme” a “there is this boy and he kinda have my heart , para finalmente poner “Apareció y se detuvo el tiempo” …

Carlita forma parte de una especie en vía de extinción, de esa que no cree en las redes sociales, peor lee los blogs y en su whatsapp dice siempre algo así como “Hi there.! I am using whatsapp” . Ni siquiera estoy segura de que sabe qué es el estatus y de lo que implica el cambiarlo, o dejarlo estático... Pero dentro de todo, Carlita capta lo que le quiero decir  con toda  mi historia,  me sonríe y me dice: “En serio?¿Lo logró?” Y yo de sonreírle en respuesta y solo asentir. Y contarle que este chico que con el que sale mi sobrina  la llevó a cenar en la noche de luna llena al restaurante, que le contrató fuegos artificiales en el parque, que ví brillar estrellas en los ojos de él cuando la miraba el otro día, en la fiesta de cumpleaños de mi cuñado…

Hinchada las velas del corazón al relatar este amor juvenil, hasta me animo a decirle que aunque no me ha sucedido aún, tengo la esperanza yo también de que hay alguien así en este mundo para mí, un hombre dulce, sensible, inteligente y divertido que se enamorará tanto de mí que lo único que le importará es estar conmigo por encima de cualquier coyuntura.

Carlita sonríe y en este momento me doy cuenta que, haya pasado lo que sea que haya pasado en su vida este año, le he devuelto la ilusión… Nos despedimos con un abrazo de esos que estrujan el cuerpo y calientan el alma  y ella regresa a su cotidianidad con la esperanza renovada, mientras yo permanezco con una sensación agridulce de toda esta conversación: no le mentí a Carlita, pero hay muchas cosas que no le dije...

No le dije que, con la misma Isabela, llegamos a la conclusión de que su novio es así porque es un  “UNBROKEN”: nadie ha roto sus ilusiones, nadie lo ha engañado, nadie le ha abollado tanto como para detener su evolución sentimental.

No le dije que  creo que cada mujer se reconstruye en las rupturas y emerge mejor y que por el contrario creo que los hombres se estancan en alguna mala experiencia y hacen que las otras mujeres “paguen” por su mala vivencia.

No le dije que  debe acostumbrarse a que cada día se va a despertar sola y se preguntará  ¿Qué hice mal?” y “¿Cómo así el idiota de mi marido que me juró amor por siempre frente a DIOS hoy anda revolcándose con una chica 20 años más joven sin que nadie diga nada?”.

No le dije que abandone ya las citas arregladas y que haga como yo, que mejor se compre “Elsa y Fred” y mire la película un sábado tarde, para que vaya proyectando descubrir al amor de su vida en treinta años más, cuando esté al borde de la muerte, que ahí es en dónde hay más chances de encontrar un hombre que se conectará por fin en su misma sintonía, sintiéndo la libertad de amar sin prejucios, ni post-juicios, ni planes que interfieran, ni antecedentes que pesen…

No le dije que si espera encontrar ese tipo de amor que se da incondicionalmente,  sin que la razón se interponga, antes de los setenta… deberá esperar la próxima vida, ya que aún no han inventado  la máquina del tiempo para regresar a los quince,  porque si hay otra especie en vía de extinción son los adultos que no están definitivamente “broken” sino “just bendt” (como diría Pink).

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