miércoles, 11 de febrero de 2015

Amor platónico

La Mayri tiene un admirador, Don Mario,  cliente que viene frecuentemente a su negocio, y que, como ella, está casado. Ella le vende los tereques de su tienda y le sonríe como a todos los que “le hacen el gasto”; mientras él le compra el pan, intercambian comentarios sobre el tiempo, el barrio, las noticias de la comunidad. A través de los años, poco a poco Don Mario se ha atrevido a hacerle comentarios sobre su cabello, lo joven que se la ve y lo dichoso que debe ser su marido. La Mayri se sonríe y se ruboriza un poco al escucharle. A veces, Don Mario hasta se atreve a despedirse besándole la mano. En esos momentos, y aunque la Mayri es muy católica y cien por ciento fiel a su esposo, siente su corazón palpitar un poco más rápido… A ratos hasta se sorprende a ella misma esperando su llegada, porque conoce sus rutinas: los lunes y miércoles viene por el pan, y a veces también el viernes cuando su esposa no ha hecho la compra en el súper y necesitan además de pan, cualquier cosita que les haga falta en la refri.

Don Mario también espera con ansia estos encuentros en la semana, que anticipa con dedicación: esos días escoge siempre la más bonita de sus corbatas, cuidando de no repetirse muy seguido el terno, no vaya ella a pensar que es un muerto de hambre poco elegante. El ama a su esposa pero a veces suspira pensando por qué el destino hizo que conociera a Doña Mayri cuando ambos tenían ya la vida trazada…

Hace más de diez años que los conozco y cuando me los topo en la tienda de la Mayri, no puedo evitar sonreír y sentirme conmovida por la ilusión que veo en ellos. Siempre espero a que hayan terminado su ritual, en parte porque quiero observarles y entender su dinámica, y en parte porque no quiero interrumpir ese momento que a cualquiera le parecería trivial pero que está lleno de simbolismo para ambos. Si se pudiera graficar un encuentro así, debería dibujar el reflejo del uno en la mirada del otro, y viceversa…

Son amores platónicos. Ella nunca dejará su hogar ni él el suyo. Decirles que en el fondo están enamorados sería como pinchar con una agujeta gigante esa burbuja brillante que se creó entre ellos durante estos años. Ninguno dará el paso: ni ella le preguntará nunca por sus intenciones ni él cruzará la línea invisible que traza la frontera entre la mano que besa a veces y el territorio desconocido más allá.

No puedo evitar encontrar esto enternecedor. El amor platónico está cargado de ilusión y espera, de conquista y emoción: recuerda mucho a la fase de enamoramiento, fase en la que cada uno se esfuerza en mostrarse de la mejor manera, en la que la distancia se mide en unidades absurdas, como los centímetros que separan mis manos de las del amado, respirar el mismo aire, o tenerlo al alcance de la vista.

Con la ventaja de que este sentimiento nunca acaba en el amor platónico, porque nunca se da el paso siguiente. En el caso de la Mayri y Don Mario, este sería tétrico: dos hogares destruidos, mucha gente infeliz… Y súbitamente, el amor platónico degradado a simple romance sórdido entre casados y chisme en el barrio.

El amor platónico tiene también la ventaja de un desequilibrio increíble en la balanza ilusión-decepción. La ilusión se alimenta en los espacios de separación, en las ensoñaciones recíprocas, en la preparación del encuentro. No tiene que luchar con la cotidianidad, los malos genios del despertar en las madrugadas, la realidad de los dolores físicos y enfermedades, de lo difícil que es encontrar dinero para pagar los préstamos, las pensiones de los chicos, las hipotecas. Es un amor que no desviste y no ve las imperfecciones, ni las del cuerpo, ni las del alma. No hay decepción, salvo aquella que viene del encuentro frustado.

Por si fuera poco, Doña Mayri y Don Mario tienen el “plus” romántico de no poder  estar juntos porque las circunstancias externas los separan… una versión siglo veintiuno de las tragedias antiguas. Así, ninguno está ni siquiera tentado de plasmar la fantasía en acto: no hay el estrés de dar el paso de arriesgarse, ni el lamentar el no haberlo hecho. El amor platónico puede perdurar intacto.

Es que toda la satisfacción está en la posibilidad, más que en la realidad, en ese “le gusto pero no sé a ciencia cierta cuánto”me emociono pero tal vez no es tan real, pero si no le gusto no pasa nada” “le coqueteo pero no me arriesgo”. Es que el amor platónico no necesita certezas y  se alimenta de poco, de una mirada, de un roce, de una palabra interpretada en un contexto de intimidad momentánea… o sea, de nada “o casi nada, que no es lo mismo pero es igual” (como diría Silvio).

Para los fanáticos del amor consumado, esto puede ser insuficiente. Algunos incluso pensarán que hay algo de “borderline psicótico” en la descripción que hago, en este vivir en la fantasía e interpretar la realidad en función de ella. Tal vez haya algo de cierto en eso… pero en el reverso de la medalla está todo aquello que ya he descrito y algo más: la libertad.

Es que no hay posesión en estas relaciones: se sabe que el otro no es mío. No hay acuerdos, ni compromisos, ni expectativas, ni celos, ni exigencias de lo que el otro supuestamente debe dar y lo que supuestamente debemos recibir…

Esta reflexión la hago en las vísperas de San Valentín, fecha en la que aquellos que no tienen pareja tradicional se deprimen irremediablemente frente a los que son –aparentemente- felices. Sólo con el afán de decirles que siempre es bueno salirse del pensamiento tradicional y considerar nuevas opciones … como la Mayri y Don Mario, que han encontrado la manera de perpetuar el amor indefinidamente.

¡Feliz San Valentín!

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