miércoles, 4 de febrero de 2015

Nirvana ¡ahora!


Empecé a trabajar en el año 1999, año en el que nadie preveía que se vendría la peor crisis económica en el Ecuador. Recién llegada de Lovaina, con el diploma de la maestría fresquito bajo el brazo, pensé que venía a comerme el mundo y que las puertas no sólo se me abrirían de par en par, sino que la sociedad quiteña caería rendida ante mi saber  y me extenderían un tapiz rojo en las instituciones públicas y privadas  para poder beneficiarse de mi ciencia. No fue tan fácil, ni tan así como me lo imaginaba, pero en realidad poco tiempo después conseguí un trabajo en una ONG co-financiada por el estado, en el que me pagaban un sueldo muy respetable: 4 millones de sucres por hacer lo que me encantaba, terapia con niños maltratados y abusados sexualmente. Estaba, literalmente, en las nubes….

Si no creen en la magia, es que no vivieron esta crisis económica. Porque a mí me quedó claro que todo puede pasar cuando ví que mis "millones"  se transformaban en pocas semanas en... 250 dólares. Mi caso no es desde lejos el peor que hubo en ese momento. Vimos todos en la televisión el drama que vivieron miles de hogares de ecuatorianos, cuyas deudas en dólares se volvieron impagables, cuyos ahorros se esfumaron en los bancos como el conejo en el sombrero, cuyas pensiones jubilares se parecían a mi sueldo sin el cero detrás… Después de todo, mi situación fué de las mejores:  tenía 25 años, buena salud, título universitario y no debía mantener a nadie. Ni siquiera me quejé. Es que entendí enseguida que no era la actitud frente a este hecho dramático.

Sorprendentemente, y concordante con este sentir personal, 1999 es un año en que la gente decidió no dejarse ganar por el pesimismo: en este año se registró una baja de suicidios en el Ecuador. Los sociólogos se  lo explican con dificultad, y si bien todo fenómeno es multifactorial,  yo creo que una de las explicaciones va en la línea de mi experiencia particular.

Cuando era pequeña, mis padres no tenían dinero como para darnos todos los lujos, juguetes y demás cosas que deseábamos. Creo que no me puedo quejar porque tuve un techo, comida suficiente, educación, vestimenta y algo que definitivamente era un lujo: cada dos años viajábamos a Europa por el trabajo de mi papá. En ese momento, nunca percibí que por todo esto yo ya era una privilegiada. Mis padres no nos dieron demás, y lo que nos daban estaba ligado al esfuerzo, no sólo al existir y ser lindos, sino a aquello extra que podíamos dar de nosotros mismos. ¿A qué me refiero? Pues a dar más de la norma: si las notas de toda la libreta estaban por encima de 18, había un premio; si no llorábamos durante la inyección, recibíamos un peluche. No había premios por hacer las cosas normalmente, ni siquiera por hacerlas bien, peor por hacer lo que era nuestro "deber"…había que hacer algo por encima de lo "normal" para recibir algo "extra".

¿Frustante? ¡No lo voy  a negar! ¿Que se sufría? Sí, claro… Pero obtener algo excepcional demandaba un esfuerzo adicional.

¿Por qué hablo de esto hoy? Porque creo justamente que en el 99 la realidad nos dio tal cachetada a todos que nos aterrizó al mundo real, al mundo en el que si no se hacía algo más, la deuda no se pagaba, el almuerzo no llegaba, la operación no era posible, el abuelo se moría sin su medicamento, el bebé no tenía pañales. Todos nos pusimos a trabajar como locos, de lo que fuera, sin hacer remilgos; de la noche a la mañana, yo tenía cuatro trabajos:  el de la ONG, profesora universitaria, la consulta y también…guía turística en el Centro de Quito. Ese año, no sólo yo, sino cientos de miles de ecuatorianos dejamos de “moreliar porque no recibíamos lo que merecíamos” y luchamos por obtener lo que necesitábamos.

Ahora, 15 años después de este asunto, con una situación económica estable y buena por más que no nos guste el estilo del gobierno, estamos de nuevo en la versión "morelia". A diario, los adultos que me rodean no paran de quejarse y de exigir más de lo que se merecen: apenas se los contrata, quieren salario tope por su "genialidad" (no comprobada), una oficina equipada con máxima tecnología, muebles de alto diseño, iluminación natural y si es posible, vista al mar. Mientras obtienen lo que en muchos casos no merecen, se quejan sobre lo mal que estamos, lo mal que va el país, el gobierno, su trabajo, sus subalternos, blablabla. 

En la gente jóven esto es peor: como eran muy pequeños en la época de la crisis, no palparon la realidad del sobrevivir; además, crecieron en una época de "derechos de los niños" y de culpabilidad parental compensada con regalos. Resultado: una juventud mayoritariamente conformada por chicos y chicas que creen que el mundo debe adaptarse a sus necesidades: pupitres ergonómicos, temperatura constante en el aula, novios complacientes, relaciones sin esfuerzo ni compromiso. Nadie quiere luchar por nada. Si el título profesional viniera en las cajitas de Cornflakes creo que ni se inscribirían en la universidad; todos quieren ganar dinero lo más pronto posible como único objetivo y ser felices sin tener que moverse un milímetro de su burbuja de confort. El Nirvana ¡ahora!,  como decía Maslow hace ya algunos años.

Ya no se tolera la frustración ni se valora el esfuerzo: el que se adapta a la realidad es un "conformista" y el que se esfuerza, un "tonto". La profesión no se escoge por vocación sino por dinero y éxito, nadie se involucra en relaciones sentimentales sin poder una dosis extrema de análisis sobre la "inversión" (en términos de tiempo, dinero, ganancias y beneficios); todo es un objeto intercambiable en el trueque de la vida para obtener más placer: la pareja puede ser cambiada mañana por otra "mejor", el trabajo es solo un medio para hacer lo que realmente "vale la pena" (viajar, tener ropa cara, un auto, casa), los amigos no son amigos sino relaciones...

Ya ni siquiera quiero cuestionar la autenticidad de este plan de vida de mucha gente en la actualidad; únicamente quiero reflexionar sobre la falta de introspección que hay en el momento que algo sale mal : ahí, irremediablemente se echa la culpa al que se puede. A los padres, por su educación, al gobernante por sus malas decisiones, a los profesores por su mediocridad al enseñar, a la pareja por el fracaso, a los amigos por su falsedad.

Nadie se mira en el espejo ni cuestiona su actuar en el proceso. Nadie se pregunta: ¿no seré yo el que contribuyó a esta situación, por "acción, obra u omisión"?

Es que para hacerlo, hay que haber ido a la "otra escuela". Esa en la que se enseñaba que había que hacer lo mejor siempre, así fuera difícil y doliera,  cuestionándonos si no se podrían hacer las cosas aún mejor, aceptando las oportunidades que se presentaban sin que importara el dinero, sólo por el aprendizaje,   escogiendo poco a poco un camino que nos llevaría no necesariamente a dónde nos imaginábamos sino a un futuro que se construía a punta de voluntad... Una escuela en la que no se nos enseñó a creer que nos merecíamos lo que obteníamos, sino a agradecer en silencio que la vida fuera tan generosa con nosotros. Una escuela en la que el seguir trabajando duro para que la realidad mejorara era el único lema y no se aceptaba el esperar que alguien más lo hiciera ni se asumía que la queja contemplativa sería suficiente para cambiar nada.

Una escuela en la que se nos enseñó que el Nirvana vendría (tal vez y dependiendo de lo que hubiésemos construido)...  no ahora, sino después.

Cuando hubiéramos hecho algo tan excepcional que mereciéramos obtenerlo.

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