martes, 28 de julio de 2015

Eternamente a dieta


Me reúno con mi amigo Jean-Paul a que me pague el café que me debe por la apuesta del otro día. Mientras yo ordeno lo-más-light-en-la-cafetería-de-la-universidad (que se nota no es administrada por un nutricionista), él se pide el mega-sánduche mixto y se lo come sin ningún reparo. Yo no puedo darme ese lujo: con preocupación trato de recordar si estoy en mi día de dieta baja en carbohidratos o en el que me toca la dieta  baja en todo incluído proteínas

¿Les he contado que odio ir al doctor? Basta que te metan una aguja en el cuerpo o te escaneen con rayos X para que encuentren algo que no funciona bien . El año pasado me hicieron unas radiografías de la columna en los exámenes ocupacionales, de las cuales nunca retiré el resultado. Este año, con los exámenes de sangre, la enfermera del Centro Médico amenazó con no volver a atenderme nunca más si no venía a recibir todo el feedback en combo. Resultado: tengo una “ligera escoliosis” para la cual no hay nada que hacer y obviamente un montón de indicadores en rojo  que demandan que cambie mi vida: que el HDL, que el LDL, que el colesterol en total, que los triglicéridos… La médica ocupacional -una chica despampanante y con los 30 apenas cumplidos- me dijo que "aunque estaba bien  de peso para mi edad (¡!!!!) debía ponerme a dieta".

(Debo confesar que en ese momento una punzada de odio-envidia atravesó mi corazón y pensé mezquinamente: “espérate diez años y ya veremos lo que te dice el médico a ti”)

Volviendo al punto, sin embargo, bastó que fuera al médico y de repente mi vida tuvo que cambiar:  alimento que llega a mis ojos se trasforma en una lista de números y de porcentajes. Medio aguacate 180 calorías, una taza de fresas 39 calorías, porcentaje de sodio en la Güitig: 35 mg/l…  Carbohidratos en la pasta: 75 por cada 100 gramos…

Se acabaron las salidas impunes al restaurante: ¡imposible calcular  cuántas calorías tiene una “corvina asada a la vasca acompañada de papas salteadas con espárragos en salsa bechamel”!. Para conocer la cifra exacta de calorías (y si sobrepasa lo permitido “para mi edad”) debería asaltar al chef en la cocina y hacerle confesar el gramaje exacto de todos los ingredientes… Imagínense la escena…

Pero la peor parte no es esa (contar las calorías puede volverse algo medio didáctico en el plano aritmético); no no no: la peor parte es  que me hayan dicho que tengo que ponerme a dieta. ¡Qué ironía! ¡Si yo vivo a dieta!

Tuve dieta a partir de los 10 años, impuesta por mi madre cuando mi hermano comenzó a llamarme “panza loca” y ella decidió que, efectivamente, estaba pasada de kilos: mientras mis hermanos comían tostadas con mantequilla, yo recibía las integrales resecas. A partir de los 12 hasta los 25, estuve en dieta autoimpuesta por una pubertad prolongada acompañada de rechazo a la comida, que se transformó con los años en hábito (pero nada más fácil que ser delgada en esas edades porque hay algo que se “come la grasa” que se llama hormona del crecimiento). A los 28 comencé a pensar en embarazarme y me puse a dieta de  todo lo nocivo: tabaco, café, alcohol… Dieta que mantuve todo el tiempo que duró el lograr embarazarme, estar embarazada y dar de lactar… Casi  4 años después , tuve que ponerme a dieta para perder los 20 kilos que engordé en el embarazo. Luego estuve a dieta de todo por una operación de la vesícula y una vez recuperada de esta,  seguí otra dieta porque en un seguimiento me diagnosticaron erróneamente hígado graso, que resultó en realidad ser colon irritable, lo que determinó, de nuevo, un cambio de dieta.

En fin… He cumplido cuarenta años y creo que me he pasado  los ¾ de mi vida haciendo dieta; créanme que lo que más lamento es no recordar los 10 primeros en los cuales comí todo lo que podía -según yo-. En realidad creo que esos diez años son sólo  una libre aspiración de una infancia sin dieta porque  estoy convencida que he olvidado lo que realmente pasó en un rechazo inconsciente al recuerdo de mi madre persiguiéndome con la cuchara para que consumiera el famoso aceite de hígado de bacalao, o toneladas de brócoli y sopas y cosas así.

Y ahora que por fin no tengo nadie que me persiga – llámese madre, adolescencia llena de estándares absurdos o juventud competitiva- ahora que por fin me sentía liberada de toda traba… llega esta médica-barbie y me “receta” ¡dieta!

Para tratar de ayudarme en este asunto  me bajé una aplicación en el celular…  Se llama “My Fitness Pal”: es un programa complejo en el que debo buscar las calorías de cada alimento, introducir las porciones, calcular los gramos de todo lo que consumo, ingresar el tiempo de ejercicio, los vasos de agua que tomo, etc. Terrible. Lo que más me impacta es el nombre… ¿Fitness Pal? En español, se traduciría algo así como “Mi Amigo para estar en forma”. ¡Esta es la peor mentira que he escuchado! : ¡él no es mi “Pal”! Si lo fuera, no me anunciaría fríamente al final del día que si sigo comiendo así bajaré sólo 100 gramos en 5 semanas L. Me diría que no lo he hecho tan mal y que lo siga intentando; me daría consejos en-tiempo-real como “ no comas” apenas me invitan el pastel del cumpleaños, y les diría a mis colegas que no es por "ningunearles" la fiesta sino porque mis triglicéridos siguen por encima de lo “normal para mi edad”; también  le diría a mi mamá que deje de cocinar tanta comida el domingo y que no se ofenda si la rechazo y le haría entender a mi hija  que si me voy a hacer bici sola no es porque soy una maldita egoísta sino porque mis arterias lo necesitan… Además, un verdadero “Pal” le  explicaría a mi jefe que es más beneficioso para mí si  salgo una hora antes para ir a los aeróbicos en lugar de quedarme atendiendo las quejas de los clientes y a la gente que me tiene en reuniones inútiles que todo el café que consumo para sobrevivir a las  discusiones abona a mi gastritis y no ayuda en nada.

No, este “Fitness Pal” con sus mensajes anti-autoestima definitivamente no es mi amigo.

Sospecho, por el contrario, que es amigo de la Doctorabarbie de Salud Ocupacional; es más: estoy segura que los dos tienen una alianza secreta en mi contra para hacer que me culpabilice desde el desayuno hasta la cena. Ya sé que parece que estoy en pleno delirio paranoico. Pero escuchen esto: el efecto maléfico de los exámenes ocupacionales no para ahí: ¿se acuerdan  que les mencioné de la escoliosis de la radiografía del año pasado? Pues durante el año que ignoraba el asunto salté, brinqué, bailé, cargué peso, hice bici, escalé… Pero bastó que la Doctorita pronunciara la palabra maldita (ella llamó a eso “diagnóstico”)  y no ha habido un solo día en que no me duela la columna; hasta sueño con sillas ergonómicas y colchones ortopédicos. De ahí a concluir lo siguiente no hay más que un paso: si me siento perfecta hasta que voy al médico y me inyecta agujas y me atraviesa con rayos X, ¿no será que durante los exámenes me ponen algo para luego poder “diagnosticarme” y recetarme una nueva vida?

En este momento  de mi reflexión, estoy segura que algún psiquiatra que me está leyendo se frota ya las manos y se dice: “dismorfismo corporal + hipocondría + personalización de la app + delirio sobre el tratamiento médico = cliente potencial”.

Entonces mejor paro de escribir y me resigno a hacer lo que siempre he hecho: seguir con la eterna dieta ;-)

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