Me
reúno con mi amigo Jean-Paul a que me pague el café que me debe por la apuesta
del otro día. Mientras yo ordeno lo-más-light-en-la-cafetería-de-la-universidad
(que se nota no es administrada por un nutricionista), él se pide el mega-sánduche
mixto y se lo come sin ningún reparo. Yo no puedo darme ese lujo: con
preocupación trato de recordar si estoy en mi día de dieta baja en carbohidratos o en el que me toca la dieta baja en todo incluído proteínas…
¿Les he
contado que odio ir al doctor? Basta que te metan una aguja en el cuerpo o te escaneen
con rayos X para que encuentren algo que no funciona bien . El año pasado me
hicieron unas radiografías de la columna en los exámenes ocupacionales, de las
cuales nunca retiré el resultado. Este año, con los exámenes de sangre, la
enfermera del Centro Médico amenazó con no volver a atenderme nunca más si no venía
a recibir todo el feedback en combo. Resultado: tengo una “ligera escoliosis”
para la cual no hay nada que hacer y obviamente un montón de indicadores en
rojo que demandan que cambie mi
vida: que el HDL, que el LDL, que el colesterol en total, que los
triglicéridos… La médica ocupacional -una chica despampanante y con los 30
apenas cumplidos- me dijo que "aunque estaba bien de peso para mi edad (¡!!!!) debía ponerme a dieta".
(Debo
confesar que en ese momento una punzada de odio-envidia atravesó mi corazón y pensé
mezquinamente: “espérate diez años y ya
veremos lo que te dice el médico a ti”)
Volviendo
al punto, sin embargo, bastó que fuera al médico y de repente mi vida tuvo que
cambiar: alimento que llega a mis
ojos se trasforma en una lista de números y de porcentajes. Medio aguacate 180
calorías, una taza de fresas 39 calorías, porcentaje de sodio en la Güitig: 35
mg/l… Carbohidratos en la pasta: 75
por cada 100 gramos…
Se
acabaron las salidas impunes al restaurante: ¡imposible calcular cuántas calorías tiene una “corvina asada a la vasca acompañada de papas
salteadas con espárragos en salsa bechamel”!. Para conocer la cifra exacta
de calorías (y si sobrepasa lo permitido “para mi edad”) debería asaltar al
chef en la cocina y hacerle confesar el gramaje exacto de todos los
ingredientes… Imagínense la escena…
Pero la
peor parte no es esa (contar las calorías puede volverse algo medio didáctico
en el plano aritmético); no no no: la peor parte es que me hayan dicho que tengo que ponerme a dieta. ¡Qué
ironía! ¡Si yo vivo a dieta!
Tuve dieta a partir de los 10 años, impuesta
por mi madre cuando mi hermano comenzó a llamarme “panza loca” y ella decidió
que, efectivamente, estaba pasada de kilos: mientras mis hermanos comían
tostadas con mantequilla, yo recibía las integrales resecas. A partir de los 12 hasta los 25, estuve en dieta
autoimpuesta por una pubertad prolongada acompañada de rechazo a la comida, que
se transformó con los años en hábito (pero nada más fácil que ser delgada
en esas edades porque hay algo que se “come la grasa” que se llama hormona del crecimiento). A los 28 comencé
a pensar en embarazarme y me puse a dieta
de todo lo nocivo: tabaco, café,
alcohol… Dieta que mantuve todo el
tiempo que duró el lograr embarazarme, estar embarazada y dar de lactar… Casi 4 años después , tuve que ponerme a dieta para perder los 20 kilos que
engordé en el embarazo. Luego estuve a dieta
de todo por una operación de la vesícula y una vez recuperada de esta, seguí otra dieta porque en un seguimiento me diagnosticaron erróneamente hígado
graso, que resultó en realidad ser colon irritable, lo que determinó, de nuevo, un cambio de dieta.
En fin… He cumplido
cuarenta años y creo que me he pasado
los ¾ de mi vida haciendo dieta; créanme que lo que más lamento es no
recordar los 10 primeros en los cuales comí todo lo que podía -según yo-. En
realidad creo que esos diez años son sólo una libre aspiración de una infancia sin dieta porque estoy convencida que he olvidado lo que realmente pasó en un rechazo inconsciente al recuerdo de mi madre persiguiéndome con la cuchara para que consumiera el famoso aceite de hígado de bacalao, o toneladas de brócoli y sopas y cosas así.
Y ahora
que por fin no tengo nadie que me persiga – llámese madre, adolescencia llena de estándares absurdos
o juventud competitiva- ahora que por fin me sentía liberada de toda traba…
llega esta médica-barbie y me “receta” ¡dieta!
Para
tratar de ayudarme en este asunto
me bajé una aplicación en el celular… Se llama “My Fitness
Pal”: es un programa complejo en el que debo buscar las calorías de cada
alimento, introducir las porciones, calcular los gramos de todo lo que consumo,
ingresar el tiempo de ejercicio, los vasos de agua que tomo, etc. Terrible. Lo
que más me impacta es el nombre… ¿Fitness Pal? En español, se traduciría algo
así como “Mi Amigo para estar en forma”.
¡Esta es la peor mentira que he escuchado! : ¡él no es mi “Pal”! Si lo fuera,
no me anunciaría fríamente al final del día que si sigo comiendo así bajaré sólo 100 gramos en 5 semanas L. Me diría que no lo he hecho
tan mal y que lo siga intentando; me daría consejos en-tiempo-real como “ no comas” apenas me invitan el pastel
del cumpleaños, y les diría a mis colegas que no es por "ningunearles" la fiesta
sino porque mis triglicéridos siguen por encima de lo “normal para mi edad”;
también le diría a mi mamá que
deje de cocinar tanta comida el domingo y que no se ofenda si la rechazo y le haría
entender a mi hija que si me voy a
hacer bici sola no es porque soy una maldita egoísta sino porque mis arterias
lo necesitan… Además, un verdadero “Pal” le explicaría a mi jefe que es más beneficioso para mí si salgo una hora antes para ir a los
aeróbicos en lugar de quedarme atendiendo las quejas de los clientes y a la
gente que me tiene en reuniones inútiles que todo el café que consumo para sobrevivir
a las discusiones abona a mi
gastritis y no ayuda en nada.
No,
este “Fitness Pal” con sus mensajes anti-autoestima definitivamente no es mi
amigo.
Sospecho,
por el contrario, que es amigo de la Doctorabarbie de Salud Ocupacional; es
más: estoy segura que los dos tienen una alianza secreta en mi contra para
hacer que me culpabilice desde el desayuno hasta la cena. Ya sé que parece que
estoy en pleno delirio paranoico. Pero escuchen esto: el efecto maléfico de los
exámenes ocupacionales no para ahí: ¿se acuerdan que les mencioné de la escoliosis de la radiografía del año
pasado? Pues durante el año que ignoraba el asunto salté, brinqué, bailé,
cargué peso, hice bici, escalé… Pero bastó que la Doctorita pronunciara la palabra maldita (ella llamó a eso
“diagnóstico”) y no ha habido un
solo día en que no me duela la columna; hasta sueño con sillas ergonómicas y colchones ortopédicos. De ahí a concluir lo siguiente no hay
más que un paso: si me siento perfecta hasta que voy al médico y me inyecta
agujas y me atraviesa con rayos X, ¿no será que durante los exámenes me ponen algo para luego
poder “diagnosticarme” y recetarme una nueva vida?
En este momento de mi reflexión, estoy
segura que algún psiquiatra que me está leyendo se frota ya las manos y se
dice: “dismorfismo corporal + hipocondría + personalización de la app + delirio
sobre el tratamiento médico = cliente potencial”.
Entonces
mejor paro de escribir y me resigno a hacer lo que siempre he hecho: seguir con la eterna dieta
;-)
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