Cuando
mi hija era bebé se despertaba todos los días con una sonrisa resplandeciente.
Tanto tanto era el hechizo que emanaba de ella que se me olvidaba ipso facto la pésima noche que me había
hecho pasar -noches en las que me quedaba dormida en la silla dándole de lactar
y me despertaba horrorizada pensando que se me había caído de los brazos cuando
en realidad una parte mía (media zombie)
la había depositado en la cuna antes de dormirse irremediablemente en la silla
porque la cama de mi cuarto era un horizonte inalcanzable.
Ahora,
cuando la levanto en las mañanas, la zombie es ella. En un estado alterado de
conciencia me gruñe antes de levantarse al enésimo pedido y sospecho que su
cerebro no se levanta hasta bien pasado el mediodía porque ejecuta todas las
acciones cotidianas en una versión de “cámara lenta” que dispara mi ansiedad
cada cinco minutos. Mientras yo me he
duchado, vestido, maquillado, peinado, puesto la ropa a lavar y arreglado la
vajilla, ella aún no atina a cambiarse el pijama por ropa y ni hablar de
desayunar o peinarse. Tengo que ponerme en mi peor versión de monitoreo-seguimiento para – mientras
ejecuto lo antes citado- enumerarle las acciones y mantener un check-list
mental sobre la ejecución de las tareas mientras veo las manecillas del reloj
avanzar sin remedio.
Pero
ella, vive en Lentilandia… A su
propio ritmo se acuerda al último minuto de las cosas importantes: “ma, hazme una colita” “ma, no firmaste mis evaluaciones” “ma, la profe dijo que traigamos tal-o-cual
material si no me va a poner mala nota”. Yo he optado por resolver todo lo solucionable
en la parada del bus: preferible estar firmando cosas a última hora en media
calle que dejar que el bus pase, no nos
vea y se vaya sin esperarnos. Para lo del material suelo decirle “qué pena, vas a tener mala nota” e
inmediatamente sentirme como una mamá-nazi frente a ella.
Hablando
con otras madres me doy cuenta que el fenómeno es global. Una de mis más
queridas amigas me contó que también levanta mil veces a su hijo en las mañanas y
que este zombi de 14 años suele dormir sentado en la ducha hasta que ella lo
saca usando lo que los psicólogos llamamos “condicionamiento aversivo”; con
ello, sin embargo sólo logra encontrarlo acostado en la cama envuelto en su
toalla, entre la vigilia y el sueño, alegando que “se está secando”…
Maldita
pubertad: se roba las sonrisas alegres de los niños al despertarse; les niega
el derecho a dormirse temprano (la melatonina se segrega más tarde en el cerebro
de los púberes, es un hecho científico); les altera el humor; les roba la
ilusión de que sus padres son lo máximo y los reemplaza por ídolos que no saben
ni vestirse. Además, instala en sus cuerpos un reloj propio, incompatible con
la hora mundial que manejamos los adultos.
Para
sobrevivir al asunto, cuando levanto las mañanas a mi hija me focalizo en esos
recuerdos de cuando ella era pequeña y que su sonrisa iluminaba mi día; la
nostalgia ha llegado a tal punto que in
memoriam le compré un letrero que dice “you
are the sunshine of my life”. Pero la realidad es que cada mañana me topo
con esa niña-en-transición que me gruñe como en las películas de terror y hago
acopio de todos mis recursos emocionales (que a las 5:50 de la mañana no son
muchos) para no perder la paciencia y evitar utilizar los métodos a los cuales
los padres de antaño han recurrido desde que se inventó la adolescencia.
Y
aunque suelo salir airosa de esta batalla interna, “deep inside” algo en mí me dice que soy solo
una víctima de un hechizo malévolo. Ese que hace que los bebés sean tan lindos
de pequeños que uno se enamora tanto de
ellos que no nos atrevemos a botarlos a la quebrada cuando crecen y les llega la maldita pubertad.
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