martes, 2 de febrero de 2016

Maldita pubertad


Cuando mi hija era bebé se despertaba todos los días con una sonrisa resplandeciente. Tanto tanto era el hechizo que emanaba de ella que se me olvidaba ipso facto la pésima noche que me había hecho pasar -noches en las que me quedaba dormida en la silla dándole de lactar y me despertaba horrorizada pensando que se me había caído de los brazos cuando en realidad  una parte mía (media zombie) la había depositado en la cuna antes de dormirse irremediablemente en la silla porque la cama de mi cuarto era un horizonte inalcanzable.

Ahora, cuando la levanto en las mañanas, la zombie es ella. En un estado alterado de conciencia me gruñe antes de levantarse al enésimo pedido y sospecho que su cerebro no se levanta hasta bien pasado el mediodía porque ejecuta todas las acciones cotidianas en una versión de “cámara lenta” que dispara mi ansiedad cada cinco minutos. Mientras yo  me he duchado, vestido, maquillado, peinado, puesto la ropa a lavar y arreglado la vajilla, ella aún no atina a cambiarse el pijama por ropa y ni hablar de desayunar o peinarse. Tengo que ponerme en mi peor versión de monitoreo-seguimiento para – mientras ejecuto lo antes citado- enumerarle las acciones y mantener un check-list mental sobre la ejecución de las tareas mientras veo las manecillas del reloj avanzar sin remedio.

Pero ella, vive en Lentilandia… A su propio ritmo se acuerda al último minuto de las cosas importantes: “ma, hazme una colita” “ma, no firmaste mis evaluaciones” “ma, la profe dijo que traigamos tal-o-cual material si no me va a poner mala nota”. Yo he optado por resolver todo lo solucionable en la parada del bus: preferible estar firmando cosas a última hora en media calle que dejar que el bus pase,  no nos vea y se vaya sin esperarnos. Para lo del material suelo decirle “qué pena, vas a tener mala nota”  e inmediatamente sentirme como una mamá-nazi frente a ella.

Hablando con otras madres me doy cuenta que el fenómeno es global. Una de mis más queridas amigas me contó que también  levanta mil veces a su hijo en las mañanas y que este zombi de 14 años suele dormir sentado en la ducha hasta que ella lo saca usando lo que los psicólogos llamamos “condicionamiento aversivo”; con ello, sin embargo sólo logra encontrarlo acostado en la cama envuelto en su toalla, entre la vigilia y el sueño, alegando que “se está secando”…

Maldita pubertad: se roba las sonrisas alegres de los niños al despertarse; les niega el derecho a dormirse temprano (la melatonina se segrega más tarde en el cerebro de los púberes, es un hecho científico); les altera el humor; les roba la ilusión de que sus padres son lo máximo y los reemplaza por ídolos que no saben ni vestirse. Además, instala en sus cuerpos un reloj propio, incompatible con la hora mundial que manejamos los adultos.

Para sobrevivir al asunto, cuando levanto las mañanas a mi hija me focalizo en esos recuerdos de cuando ella era pequeña y que su sonrisa iluminaba mi día; la nostalgia ha llegado a tal punto que in memoriam le compré un letrero que dice “you are the sunshine of my life”. Pero la realidad es que cada mañana me topo con esa niña-en-transición que me gruñe como en las películas de terror y hago acopio de todos mis recursos emocionales (que a las 5:50 de la mañana no son muchos) para no perder la paciencia y evitar utilizar los métodos a los cuales los padres de antaño han recurrido desde que se inventó la adolescencia.


Y aunque suelo salir airosa de esta batalla interna,  “deep inside” algo en mí me dice que soy solo una víctima de un hechizo malévolo. Ese que hace que los bebés sean tan lindos de pequeños que uno se enamora  tanto de ellos que no nos atrevemos a botarlos a la quebrada cuando  crecen y les llega la maldita pubertad.

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