viernes, 11 de marzo de 2022

Abigail en Ucrania… Ukrania en Abi Gail

La conocí hace ya algunos años. No voy a decir hace muchos, primero porque no recuerdo cuántos y segundo, porque decir “muchos” no me parece tan lejos. Era estudiante de Psicología, en la época loca en la que fui decana de la Facultad y no tenía el control de nada aunque pensaba estar al tanto de todo.

La verdad que eso era como estar metida en un huracán, en el que revoloteaban muchas cosas a mi alrededor. Al igual que en una catástrofe, había muchas cosas urgentes que resolver, fuegos que apagar, y de vez en cuando, en los momentos de calma, de repente surgía algo hermoso, que ameritaba detenerse, aunque sea un instante, para admirar, para disfrutar. Como cuando llueve mucho y sale el sol de repente.

El sol era ellos. Abigail y Josué. Dos estudiantes de la Facultad que tocaban maravillosamente en dúo. Ella en el teclado, él en el violín. No los descubrí yo. Los descubrió Sonnita, la Secretaria-Abogada, una mujer que amaba las cosas buenas, y siempre daba espacio para el disfrute en esa cotidianidad burocrática y a veces ardua del trabajo académico. De repente estaban ellos dos en los eventos: premiaciones, homenajes, lanzamientos de libros. Tocando en los interludios. Música clásica. Música ecuatoriana. Tangos. Pasillos. Infundiéndome a mí (y estoy segura de que a los demás), esa inyección de belleza que a veces necesitamos para poder seguir con la bruma de la cotidianidad.

Abigail decidió interrumpir sus estudios de Psicología. Un día me contó que iba a seguir su verdadera vocación, la música, y que se iba a Ucrania porque veía que ese país le abría las puertas para hacerlo. Le deseé un buen viaje. Estoy segura de que muchos la extrañaron, sobre todo su compañero de partituras, Josué. Facebook tiene muchas cosas malas, pero algunas buenas también. Mantuvimos el contacto por estas vías, y por otras que se fueron abriendo como el Instagram. Gracias a ello la escuché cantar estos años. Pasó de ser Abigail, a ser Abi Gail. Una persona más compleja, más auto afirmada. Llena de vida y de convicciones.

Luego, hace unas semanas, estalló el conflicto en Ucrania. Algo que nos parece ajeno, sobre todo a los ecuatorianos que nunca hemos vivido de cerca los horrores de la Guerra. Sin muchas noticias en un inicio, Abi Gail comenzó a postear no lo que era la guerra para los rusos o los ucranianos, ni reflexiones intelectuales sobre el tema. Narró en su Facebook desde su vivencia lo que estaba pasando en Kiev (https://www.facebook.com/nadie.mas.186), los bombardeos, la gente huyendo en trenes y durmiendo en los metros, la falta de gestión del gobierno ecuatoriano. Luego el silencio. Unos días después, en Instagram, leí que había tenido que caminar hasta la frontera con Polonia, conjuntamente con madres que cargaban a sus bebés, niños, y personas de varias nacionalidades. Llegados a la frontera, no la dejaron pasar por ser ecuatoriana, dado a que se había establecido la prioridad para los ucranianos. Leí cómo los soldados ucranianos dejaban fuera de los albergues a los que se quejaban, en pleno invierno con temperaturas espantosamente frías. Me entró la indignación: ¿dónde estaba nuestro rasgo de humanidad? ¿acaso había clases o categorías de seres humanos?

Le escribí un mensaje por el Instagram deseándole fuerza. Esperaba que logre cruzar…

Casi una semana después del inicio de todo esto, me enteré de que estaba en Polonia. ¡Qué alegría! Ojalá pronto pudiera abordar uno de esos vuelos humanitarios y regresara al Ecuador…

Y hoy, que me he metido a Facebook de nuevo, me he topado con esto: https://www.facebook.com/watch/?v=1167829970620870

¡Me emocioné tanto! Creí reconocerla en el piano y le escribí. Me contestó en seguida que era ella, y me alegré de verla iluminando corazones como solía hacerlo en mis épocas grises del decanato. Me contó que esto sucedió en el aeropuerto de Varsovia, antes de intentar abordar el primer vuelo humanitario, en el que no la dejaron entrar porque iba con su perrito. Entonces decidió, por razones políticas y por amor a ese país que la acogió, no alejarse demasiado.

Sus palabras al explicar su situación actual me han conmovido demasiado al leerlas; prefiero que ustedes las lean directamente:

“Ha sido muy difícil… empacar 6 años en una maleta. Pero esto continúa, y está pasando en este momento. Y tengo muchos amigos, profesores, allegados allí… y eso me duele, no poder ayudar. La impotencia. Ayer bombardearon un hospital de niños…

No fui a Ecuador, aunque quise… estoy muy decepcionada e indignada con la gestión que tuvo Cancillería… cómo politizaron todo y se atribuyeron méritos que no les pertenecían. En fin.
Ahora estoy en Alemania... pero debo decidir a dónde ir. Solo quisiera volver a casa. Y es como confuso. Porque ni siquiera sé si mi casa sigue en pie…”

Cuando leo sus palabras no tengo suficientes para consolarla. Nada puede, creo yo, apaciguar lo que ella siente. Ya no es Abigail. Ukrania ha entrado en su corazón, tal vez por eso ella ahora no es la Abigail que yo conocí, sino Abi Gail.

 

 

 

viernes, 18 de febrero de 2022

Mario es machista

 


Mario es machista. No nos confundamos, él nunca hablaría de sí mismo en estos términos. Sabe que el machismo está mal, sobre todo en los tiempos que corren, con todo eso del #metoo y todos los escándalos en las plazas públicas de las mujeres feministas cantando a voz de cuello “el violador eres tú”.

Lo sabe, de hecho, él no está en contra del feminismo. Pero de un feminismo diferente, un feminismo como el de su madre, que le ha plantado cara a su padre varias veces y que, incluso, cuando él era un adolescente, se atrevió a meterle un trompón delante de todos para que dejara de decirle cosas hirientes. Pero en un extremo está su madre… y en el otro esas mujeres enojadas y en pelotas, que acusan a los hombres de ser violadores, señalando a personas como él, que no han violado a nadie. Si le preguntan a  Mario, él les dirá que hay una gran diferencia entre su madre y esas "radicales", típicas mujeres mal tiradas, que no han conseguido un hombre que las satisfaga, y por eso están tan enojadas.

Ante sus propios ojos, Mario no es machista. A él solo le parece que hay demasiada alharaca últimamente sobre temas que no son graves, y que las feministas sobrevaluan. Como el asunto de los piropos en la calle. ¿De cuándo aquí decirle a una chica que es “rica” está mal, sobre todo si ella misma se expone a caminar con falditas en la calle? De hecho, todos saben que las mujeres que usan cierto tipo de ropa lo hacen para provocar. Recuerda, por ejemplo, esa vez que su novia de turno se puso un escote provocativo para la cena de Navidad, y el cuñado pasó toda la velada tratando de ver si en algún ángulo se lograba ver algo más. Al final de la cena, se lo reclamó a ella. Total, el cuñado no tenía la culpa.

En realidad, ¡qué complicada se ha vuelto la vida ahora con esas notas feministas! Antes solo era cuestión de un poco de galanteo, flores, llevarlas a comer y luego bueno, hacer lo que había que hacer. Ahora las mujeres se hacen las que no quieren, y se ofenden ante cualquier comentario. Mario, sin embargo, sabe que en el fondo no es así, las mujeres siguen siendo iguales, solo se hacen “las duras” “las arrogantes”. Pero igual les encanta que se les mire el escote, o se les roce las nalgas. Solo fingen, porque bueno, ahora eso está de moda.

En efecto, Mario no entiende la polémica de lo que ha pasado con su tocayo Canessa,  que dijo delante de las cámaras a la periodista Nadia Manosalvas que “qué hace para estar tan  buena”. Primero, es verdad que está buena. Segundo, que si a ella le hubiera disgustado de veras, no se hubiera defendido tan tibiamente diciendo “buena… buena gente”. Tercero, que cuando Canessa se ha disculpado, ella mismo ha admitido que “era en son de broma”.  Mario sabe que a ella le gustó. Sabe que el escándalo está demás, que es generado por esa facción de “locas feminazis” que arman alboroto por todo en las redes, y que, en el fondo, la chica estaba encantada.

Pero Mario no lo dice en voz alta. No, porque ahora los tiempos han cambiado y Mario prefiere quedarse calladito. Es un mecanismo de supervivencia para no entrar en polémicas, y también una estrategia que le permite, de vez en cuando, que las mujeres crean que él es su aliado y por ahí, que caiga alguna incauta.

Entonces Mario nunca se reconoce como machista, aunque, a veces, algo le dice que lo es un poco. No quiere sin embargo pensar en ello. Es que en el fondo, le parece que la vida era más simple cuando nadie les decía a los hombres lo que tenían que hacer o no hacer, y sobre todo, cuando nadie les señalaba a cada rato diciendo “machistas”.

 

domingo, 13 de febrero de 2022

A propósito del día del amor

Es casi mediodía y hace un calor insoportable en el parque. Cansada de dar vueltas, me dejo tentar por un tronco que hace las veces de banco. En un extremo están ya sentadas dos mujeres, la una de unos treinta años, la otra de unos 60 por lo menos. Decido que deben ser madre e hija. Mi intención es descansar un rato y seguir caminando, pero poco a poco me dejo atrapar por la conversación de esa pareja. La “madre” cuenta con muchos detalles a la “hija” la historia de una prima lejana que se casó con un señor mayor a ella pero muy guapo, educado, de hecho, con un currículum envidiable: médico prestigioso, ha sido invitado a dar charlas en muchas universidades de otros países, y por último ha conseguido un puesto en un hospital de renombre en París. Le pinta la vida de la prima de una manera idílica y en una exhalación concluye: “tu prima hizo un excelente negocio casándose con el médico”. La hija, que hasta entonces seguía interesada el relato, sin intervenir mucho, parece despertarse y exclama indignada “ay mamá, qué comentario tan machista! si talvez el que hizo buen negocio fue él, casándose con ella!”. La mamá frunce el ceño, y enfurruñadas ambas se levantan y se van.

Recuerdo a una de mis parejas que solía hablar de nuestra relación también en términos financieros. Solía decirme cosas como “he invertido en esta relación” “tú me aportas mucho”. Como si la relación se cifrara en ganancias y pérdidas, y mientras el balance fuera bueno entonces se podía mantener la inversión. Huelga decirles que seguramente en algún punto el negocio ya no le pareció bueno, y hasta ahí llegó el amor.

El otro día, en un momento de total aburrimiento, me inscribí en Facebook Parejas. Por pura curiosidad, para saber cómo es conocer personas en el mundo virtual. Apenas terminé de realizar mi perfil, Facebook me mandó un desfile de fotos de hombres para escoger. Me sentí como cuando las señoras de Avon me venían a dejar las revistas en la oficina para comprar maquillaje. Una sensación incómoda tratándose de seres humanos. Medio asustada de participar en este consumismo humano, busqué desesperadamente cómo salirme. ¿Han notado lo fácil que es inscribirse en cualquier vaina en internet pero lo difícil que es cerrar esas cuentas? Pues me tomó 15 minutos encontrar cómo hacerlo. En ese tiempo recibí 7 solicitudes de contacto. Todas en términos más o menos similares: “hola bella, quiero conocerte” “hola guapa, me gustas”. Te toma menos de 15 segundos juzgar a alguien por una foto; otros 15 para decidir que te gusta y mandarle un mensaje. Increíble como en 30 segundos estás dispuesto a salir con una extraña que te parece bonita y de la cual no conoces nada. Bienvenidos a las app de citas.

Pero no nos confundamos: la superficialidad no es exclusiva del mundo virtual. También recuerdo una pareja que tuve hace algún tiempo y que era incapaz de decirme “te amo” cuando hacíamos el amor. No se cansaba de repetirme sin embargo cuánto le gustaba o cuánto me deseaba. Por más que estuve con él varios años creo que nunca logramos intimar de verdad. Al él le gustaba la de la foto del catálogo, por así decir, y cuando ya dejé de parecerme a esa imagen, pues, obvio, ya no le gusté. Me deslizó a la izquierda en el mundo real.

Y así, resulta que para algunos el amor es un negocio, y para otros una degustación. Solo para que pongan esta información en el otro lado de la balanza este San Valentín.