Hace casi diez años me divorcié . Entre enamorada/ novia/
casada estuve con el mismo hombre 17 años de mi vida. La verdad, cuando pienso
en esos años, nunca me parecen tan … DIECISIETE, ¿ saben? Pasaron rápido, en
términos de vivencia. Psicológicamente hablando, fueron como unos diez a lo
sumo. Trucos que nos juega la mente con el tiempo.
Porque los siguientes diez han sido otra cosa. Me divorcié a
los 35, quizá 36, no lo tengo muy claro. Me divorcié porque varios años atrás
había comenzado un proceso de desapego de mi exmarido muy sutil, suave e
insidioso. Nunca hubo malos tiempos. Solo… nos fuimos alejando y un día… yo me fui.
Me fui buscando algo que me hacía falta en la relación, que en un principio
pensé que era amor, de ese super pasional, el de los quince, que te sacude con
la fuerza de las hormonas y que hace que te enamores de... ALGUIEN, no siempre
idóneo. El amor de los cuentos.
Me pasó: me enamoré de un hombre 11 años menor a mí. Fue un
amor tormentoso, de esos que darían mucho material para telenovela: de
escondernos, del rechazo social, del desafío, del pensar que lo íbamos a lograr
pese a todo, muy a lo “Macron”, del apoyarlo a ser mejor, para poder tener algo
duradero. Resultado: él obtuvo una maestría en la Sorbona, se tiró a media
Europa durante el viaje, escribió unos libros malísimos sobre el tema (que vende
en Amazon a 5 dólares aunque realmente no valen ni eso) y yo… bueno, me di contra el
planeta por idealista y boba.
Luego entré en fase de revancha. Si él se tiraba a media Europa,
yo iba a hacer lo mismo acá… ¡Já! Claro que no lo hice: yo era madre, respetable
profesional, con un puesto directivo en una universidad… Mi revancha se limitó
a unos pocos vaciles y luego, bueno… decidí estar sola.
Pero nunca me ha gustado el estatus de “estar sin pareja”. Resulta
que yo sí he sido amamantada con el amor romántico y además tengo una voz
interna (que se parece mucho a la de mi madre) que me dice que uno no debe
estar sola porque la vida es mejor compartida. Estando en esas conocí a otro
hombre, un ser muy decente y en la “edad apropiada” , del que me enamoré y… ahí
fui a por mi segundo round.
Este round duró casi 5 años. Es que yo soy bien “dura de
cachar”. De cachar las indirectas (o las directas según lo veamos), estilo: yo
no me cruzo la ciudad por nadie a menos que haya “alguito” que ofrecer; o las
de “me rogarás”; u otras como “para qué vamos a cambiar lo que tenemos por otra
cosa, si esto está muy bien”. Ustedes me entienden. Y resulta que después de
casi 5 años, tuve que arrancarme la venda de los ojos para darme cuenta que me
se me habían pasado de nuevo varios años persiguiendo la segunda quimera: tener un compañero.
Y el “inventario” que puedo hacer de esta última relación tiene
muchas cosas adentro, pero sobre todo tiene una sobredosis de fatiga emocional.
Estoy agotada. Agotada de ligarme emocionalmente. Yo soy
bien burra. En mi última relación no solo me metí con “el novio”, sino con toda
su familia. Y le metí a la mía. Y le metí a mi hija. (Él, por supuesto, ya
debía tener más recorrido en esto o era más inteligente, porque en 5 años nunca
conocí a la suya). Y ahora no solo debo
lidiar con el duelo de nuestra relación, sino con el extrañar a su familia, a
sus sobrinas, a sus padres, o que los míos lo extrañen a él y mantengan
esperanzas tontas sobre nuestro “retorno”. O con mi hija, con la que hemos decidido
no nombrarlo, pero que me preguntó en su enfermedad por qué el “innombrable” no
le había escrito ni siquiera un mensaje.
O de lidiar con situaciones como la que sucede en media cena navideña con mi sobrina-nieta, que desde su cosmovisión de 4 años me dice: “tía Fita, ya no estás casada con el XXXX”?. Y yo, semipasmada, pretendiendo explicarle que nunca estuvimos casados, y que solo atino a responder “él y yo ya no estamos juntos”. Y ahí va la réplica: “¿Y dondé está el XXXX ahora?”. Ya totalmente desarmada le hago “la del psicólogo” y respondo con la misma pregunta: “sí, y dónde estará el XXXX?”. Y ella, para quien esto es un juego, de decirme: “pues en la selva, o en el espacio, o en otro planeta…”
Debo decir que en esta ruptura he guardado la entereza muchas
veces, pero dos momentos me han destrozado el alma. El primero, al día
siguiente de la cena, cuando mi sobrina-nieta, al despedirse y no recordar nada
de lo que le dije la noche anterior me dijo: “mándale besos al XXXX” y
cuando escuché el mensaje en el que se le quebró la voz a la madre de XXXX un día después, deseándonos a mi hija
y a mí feliz navidad.
Yo no me apunté a nada de esto… Y sin embargo, es lo que
obtengo por haberme pasado cazando quimeras..
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