jueves, 31 de diciembre de 2020

Cazando quimeras

 

Hace casi diez años me divorcié . Entre enamorada/ novia/ casada estuve con el mismo hombre 17 años de mi vida. La verdad, cuando pienso en esos años, nunca me parecen tan … DIECISIETE, ¿ saben? Pasaron rápido, en términos de vivencia. Psicológicamente hablando, fueron como unos diez a lo sumo. Trucos que nos juega la mente con el tiempo.

Porque los siguientes diez han sido otra cosa. Me divorcié a los 35, quizá 36, no lo tengo muy claro. Me divorcié porque varios años atrás había comenzado un proceso de desapego de mi exmarido muy sutil, suave e insidioso. Nunca hubo malos tiempos. Solo… nos fuimos alejando y un día… yo me fui. Me fui buscando algo que me hacía falta en la relación, que en un principio pensé que era amor, de ese super pasional, el de los quince, que te sacude con la fuerza de las hormonas y que hace que te enamores de... ALGUIEN, no siempre idóneo.  El amor de los cuentos.

Me pasó: me enamoré de un hombre 11 años menor a mí. Fue un amor tormentoso, de esos que darían mucho material para telenovela: de escondernos, del rechazo social, del desafío, del pensar que lo íbamos a lograr pese a todo, muy a lo “Macron”, del apoyarlo a ser mejor, para poder tener algo duradero. Resultado: él obtuvo una maestría en la Sorbona, se tiró a media Europa durante el viaje, escribió unos libros malísimos sobre el tema (que vende en  Amazon a 5 dólares  aunque realmente no valen ni eso)  y yo… bueno, me di contra el planeta por idealista y boba.

Luego entré en fase de revancha. Si él se tiraba a media Europa, yo iba a hacer lo mismo acá… ¡Já! Claro que no lo hice: yo era madre, respetable profesional, con un puesto directivo en una universidad… Mi revancha se limitó a unos pocos vaciles y luego, bueno… decidí estar sola.

Pero nunca me ha gustado el estatus de “estar sin pareja”. Resulta que yo sí he sido amamantada con el amor romántico y además tengo una voz interna (que se parece mucho a la de mi madre) que me dice que uno no debe estar sola porque la vida es mejor compartida. Estando en esas conocí a otro hombre, un ser muy decente y en la “edad apropiada” , del que me enamoré y… ahí fui a por mi segundo round.

Este round duró casi 5 años. Es que yo soy bien “dura de cachar”. De cachar las indirectas (o las directas según lo veamos), estilo: yo no me cruzo la ciudad por nadie a menos que haya “alguito” que ofrecer; o las de “me rogarás”; u otras como “para qué vamos a cambiar lo que tenemos por otra cosa, si esto está muy bien”. Ustedes me entienden. Y resulta que después de casi 5 años, tuve que arrancarme la venda de los ojos para darme cuenta que me se me habían pasado de nuevo varios años persiguiendo la segunda quimera: tener un compañero.

Y el “inventario” que puedo hacer de esta última relación tiene muchas cosas adentro, pero sobre todo tiene una sobredosis de fatiga emocional.

Estoy agotada. Agotada de ligarme emocionalmente. Yo soy bien burra. En mi última relación no solo me metí con “el novio”, sino con toda su familia. Y le metí a la mía. Y le metí a mi hija. (Él, por supuesto, ya debía tener más recorrido en esto o era más inteligente, porque en 5 años nunca conocí a la suya).  Y ahora no solo debo lidiar con el duelo de nuestra relación, sino con el extrañar a su familia, a sus sobrinas, a sus padres, o que los míos lo extrañen a él y mantengan esperanzas tontas sobre nuestro “retorno”. O con mi hija, con la que hemos decidido no nombrarlo, pero que me preguntó en su enfermedad por qué el “innombrable” no le había escrito ni siquiera un mensaje.

O de lidiar con situaciones como la que sucede en media cena navideña con mi sobrina-nieta, que desde su cosmovisión de 4 años me dice: “tía Fita, ya no estás casada con el XXXX”?. Y yo, semipasmada, pretendiendo explicarle que nunca estuvimos casados, y que solo atino a responder “él y yo ya no estamos juntos”. Y ahí va la réplica: “¿Y dondé está el XXXX ahora?”. Ya totalmente desarmada le hago “la del psicólogo” y respondo con la misma pregunta: “sí, y dónde estará el XXXX?”. Y ella, para quien esto es un juego, de decirme: “pues en la selva, o en el espacio, o en otro planeta…”

Debo decir que en esta ruptura he guardado la entereza muchas veces, pero dos momentos me han destrozado el alma. El primero, al día siguiente de la cena, cuando mi sobrina-nieta, al despedirse y no recordar nada de lo que le dije la noche anterior me dijo: “mándale besos al XXXX” y cuando escuché el mensaje en el que se le quebró la voz a  la madre de XXXX un día después, deseándonos a mi hija y a mí  feliz navidad.

Yo no me apunté a nada de esto… Y sin embargo, es lo que obtengo por haberme pasado cazando quimeras..

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