miércoles, 18 de marzo de 2015

Ni puta ni abstinente


Hablemos claro. Estamos en plena vorágine de discusión y de polémica por las declaraciones del Secretario Jurídico de nuestro presidente.

Ayer cuando leí la publicación del periódico me indigné tanto por  lo que ese hombre  se permitió decir, seguramente desde su postura homo-machista, olvidándosele que, más allá de sus propias convicciones personales, se supone que es alguien que debe asesorar imparcialmente  al que -se supone también-  nos representa.

Bueno, debo decirles con franqueza, no me siento representada. Yo, como mujer de 40 años, en libre ejercicio de mis derechos, no me siento representada, ni por este hombre, ni por el presidente, ni por la manada de personas que saldrán mañana a las calles. Es que no entiendo cómo mañana las personas irán a manifestar por asuntos puramente económicos y nadie sale a manifestar porque el nuevo plan del ENIPLA y la visión gubernamental de la sexualidad nos regresa 40 años atrás en cuanto a nuestros derechos sexuales.

No sé en qué burbuja viven los hombres que nos gobiernan, pero sí sé que no se han dado una vuelta por las maternidades ni han salido de sus cómodas casas ni (lo que es más representativo de su vagancia intelectual) se han dado el trabajo de leer en la computadora las estadísticas que otros miembros de otros organismos estatales emiten trabajosamente sobre el embarazo adolescente. Miran el mundo desde su propia sexualidad curuchupa y llena de prejuicios y hablan de las mujeres haciéndonos  ver  como unas locas libidinosas que debemos ser « educadas » en la abstinencia por nuestro propio bien y por el de la patria.

Realmente no entiendo con qué cara vienen a hablar los hombres ecuatorianos de abstinencia cuando son CO-responsables de los embarazos… Detrás de cada una de las mujeres que están en las estadísticas, existe un enamorado, un amigo con derecho, un novio, un padrastro, un hombre que con engaños, promesas, enamoramientos, violencia hizo que la chica « abra las piernas » y dejó en ella además de un espermatozoide que se transformó en feto, decepción, llanto, ilusiones rotas, traumas… Pero claro, la culpa es de la ilusa poco ilustrada que no supo abstenerse.

Abramos los ojos, mujeres: ¿Por qué debemos agachar la cabeza y dejar que un puñado de hombres sexistas nos digan que es necesario “cerrar las piernas” mientras los  hombres pueden “meter su cosa” en cualquier orificio sin  preocuparse de si irán o no a la universidad? ¿Por qué debemos seguir dejando en manos de otros nuestra sexualidad? ¿A cuenta de qué los maridos firman la autorización para las ligaduras de trompas? ¿por qué diablos dejamos en ellos el usar un condón o no hacerlo ¿ Por qué?


Y frente a la imagen de la mujer abstinente  ¿qué otra alternativa tenemos?

Hace unas semanas, una concejala de Quito  puso en vallas y buses una campaña que terminó siendo retirada porque “ofendió” a la sociedad quiteña, mujeres y hombres, que “saltaron” ante el uso de una palabra con la que no se sentían identificados. Es que la palabra PUTA se asocia en seguida a lo negativo: nos imaginamos a la mujer de edad madura inserta en el bajo mundo del manoseo sexual, acabada por las enfermedades venéreas ofreciéndose al mejor postor en una esquina apestosa. Puta es la que se regala, puta es la promiscua, puta es la fácil que los hombres tumban en la primera cita, puta es mala palabra, puta es un insulto directo y hasta de transmisión genética como  cuando se dice “hijo de puta”.

La iniciativa de la concejala fue muy valiente: ella no quería decir que nos agradaría ser a todas cuando creciéramos trabajadoras sexuales o lo-que-sea que nos da temor detrás de esa apelación:  simplemente trató de plasmar el estereotipo que se esconde detrás del hombre machista cuando emplea esta palabra: es puta la que no  acepta al hombre tal como es (¿cómo se va a resistir una “buena mujer” a los encantos masculinos? ), es puta la que sale a trabajar en lugar de estar con los hijos, es puta la que escoge vestirse de una cierta manera, es puta la que se acuesta con un hombre de buenas a primeras (versus el “don Juan” o el “machito” que colecciona trofeos…).

Como decía: muy valiente la concejala… pero poco realista. Muchas mujeres entendimos lo que ella quería decir. Tal vez todas captamos el mensaje detrás de la palabra. Pero todas nosotras hemos también crecido en un entorno macho-centrista en donde el hombre tiene la última palabra, y el hombre condenó: “cómo vamos a querer que nuestras hijas, hermanas, primas… crezcan queriendo ser putas?”.

Así, asustadas de la forma ante el reclamo machista, nos alejamos del fondo. Y luego vino a ofertársenos el discurso tradicional, ese que escuchamos desde la época de las abuelitas, ese mismo que nos llevará al paraíso en términos religiosos y que nos ratificó que el “orden” seguiría siendo igual, con sus altos y bajos, y nos dijimos: “uf, menos mal no somos putas ni nuestras hijas lo serán: sólo debemos postergar nuestra sexualidad para estar a la altura del varón”.

Leíamos a un autor en el grupo de estudio al que asisto,  Weeks, que manifiesta que la sexualidad sólo refleja lo que es la sociedad.

Pues nuestra sociedad refleja una dualidad: la que condena  la campaña de las “putas” pero va vestida de sado-masoquista al estreno de “50 sombras de Grey”, la que pide abstinencia pero que ignora las estadísticas sobre relaciones sexuales, la que condena el aborto hasta que sus hijas se embarazan y recurren a “curetajes clandestinos” (bien practicados para las que tiene plata y para las que no simplemente van a engrosar los números de la mortalidad femenina), la que dice respetar los derechos de las mujeres pero cuyas cifras de femicidio son espantosas, la de los hombres que proclaman la igualdad femenina  para que salgan a trabajar y producir pero le recuerdan a la mujer, a punta de vejámenes, infidelidades y violencia, “quién manda en la cama”.

 La verdad, yo sigo esperando una propuesta con la que pueda identificarme. Algo así como: “Ni puta ni abstinente: sólo mujer”.

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