Hablemos
claro. Estamos en plena vorágine de discusión y de polémica por las
declaraciones del Secretario Jurídico de nuestro presidente.
Ayer
cuando leí la publicación del periódico me indigné tanto por lo que ese hombre se permitió decir, seguramente desde su
postura homo-machista, olvidándosele que, más allá de sus propias convicciones
personales, se supone que es alguien que debe asesorar imparcialmente al que -se supone también- nos representa.
Bueno,
debo decirles con franqueza, no me siento representada. Yo, como mujer de 40 años,
en libre ejercicio de mis derechos, no me siento representada, ni por este
hombre, ni por el presidente, ni por la manada de personas que saldrán mañana a
las calles. Es que no entiendo cómo mañana las personas irán a manifestar por
asuntos puramente económicos y nadie sale a manifestar porque el nuevo plan del
ENIPLA y la visión gubernamental de la sexualidad nos regresa 40 años atrás en cuanto
a nuestros derechos sexuales.
No sé
en qué burbuja viven los hombres que nos gobiernan, pero sí sé que no se han
dado una vuelta por las maternidades ni han salido de sus cómodas casas ni (lo
que es más representativo de su vagancia intelectual) se han dado el trabajo de
leer en la computadora las estadísticas que otros miembros de otros organismos
estatales emiten trabajosamente sobre el embarazo adolescente. Miran el mundo
desde su propia sexualidad curuchupa y llena de prejuicios y hablan de las
mujeres haciéndonos ver como unas locas libidinosas que debemos
ser « educadas » en la abstinencia por nuestro propio bien y por el
de la patria.
Realmente no entiendo con qué cara vienen a hablar los hombres ecuatorianos de
abstinencia cuando son CO-responsables de los embarazos… Detrás de cada una de
las mujeres que están en las estadísticas, existe un enamorado, un amigo con
derecho, un novio, un padrastro, un hombre que con engaños, promesas,
enamoramientos, violencia hizo que la chica « abra las piernas » y dejó
en ella además de un espermatozoide que se transformó en feto, decepción,
llanto, ilusiones rotas, traumas… Pero claro, la culpa es de la ilusa poco
ilustrada que no supo abstenerse.
Abramos
los ojos, mujeres: ¿Por qué debemos agachar la cabeza y dejar que un puñado de
hombres sexistas nos digan que es necesario “cerrar las piernas” mientras los hombres pueden “meter su cosa” en cualquier orificio sin preocuparse de si irán o no a la
universidad? ¿Por qué debemos seguir dejando en manos de otros nuestra
sexualidad? ¿A cuenta de qué los maridos firman la autorización para las
ligaduras de trompas? ¿por qué diablos dejamos en ellos el usar un condón o no
hacerlo ¿ Por qué?
Y frente
a la imagen de la mujer abstinente ¿qué otra alternativa tenemos?
Hace
unas semanas, una concejala de Quito
puso en vallas y buses una campaña que terminó siendo retirada porque
“ofendió” a la sociedad quiteña, mujeres y hombres, que “saltaron” ante el uso
de una palabra con la que no se sentían identificados. Es que la palabra PUTA
se asocia en seguida a lo negativo: nos imaginamos a la mujer de edad madura inserta
en el bajo mundo del manoseo sexual, acabada por las enfermedades venéreas
ofreciéndose al mejor postor en una esquina apestosa. Puta es la que se regala,
puta es la promiscua, puta es la fácil que los hombres tumban en la primera cita,
puta es mala palabra, puta es un insulto directo y hasta de transmisión
genética como cuando se dice “hijo
de puta”.
La
iniciativa de la concejala fue muy valiente: ella no quería decir que nos
agradaría ser a todas cuando creciéramos trabajadoras sexuales o lo-que-sea que
nos da temor detrás de esa apelación:
simplemente trató de plasmar el estereotipo que se esconde detrás del
hombre machista cuando emplea esta palabra: es puta la que no acepta al hombre tal como es (¿cómo se
va a resistir una “buena mujer” a los encantos masculinos? ), es puta la que sale
a trabajar en lugar de estar con los hijos, es puta la que escoge vestirse de
una cierta manera, es puta la que se acuesta con un hombre de buenas a primeras
(versus el “don Juan” o el “machito” que colecciona trofeos…).
Como
decía: muy valiente la concejala… pero poco realista. Muchas mujeres entendimos
lo que ella quería decir. Tal vez todas captamos el mensaje detrás de la
palabra. Pero todas nosotras hemos también crecido en un entorno
macho-centrista en donde el hombre tiene la última palabra, y el hombre
condenó: “cómo vamos a querer que
nuestras hijas, hermanas, primas… crezcan queriendo ser putas?”.
Así,
asustadas de la forma ante el reclamo machista, nos alejamos del fondo. Y luego vino a ofertársenos el
discurso tradicional, ese que escuchamos desde la época de las abuelitas, ese
mismo que nos llevará al paraíso en términos religiosos y que nos ratificó que
el “orden” seguiría siendo igual, con sus altos y bajos, y nos dijimos: “uf, menos mal no somos putas ni nuestras hijas lo serán: sólo debemos postergar nuestra
sexualidad para estar a la altura del varón”.
Leíamos
a un autor en el grupo de estudio al que asisto, Weeks, que manifiesta que la sexualidad sólo refleja lo que
es la sociedad.
Pues nuestra
sociedad refleja una dualidad: la que condena la campaña de las “putas” pero va vestida de sado-masoquista
al estreno de “50 sombras de Grey”, la que pide abstinencia pero que ignora las
estadísticas sobre relaciones sexuales, la que condena el aborto hasta que sus
hijas se embarazan y recurren a “curetajes clandestinos” (bien practicados para
las que tiene plata y para las que no simplemente van a engrosar los números de
la mortalidad femenina), la que dice respetar los derechos de las mujeres pero
cuyas cifras de femicidio son espantosas, la de los hombres que proclaman la
igualdad femenina para que salgan
a trabajar y producir pero le recuerdan a la mujer, a punta de vejámenes,
infidelidades y violencia, “quién manda en la cama”.
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