Vivimos curiosos tiempos. En la década de los 80, hablar de sexo, acceder a pornografía o simplemente ver escenas de relaciones entre parejas en las películas eran cosas encubiertas, relegadas al murmullo o a la conversación llena de vergüenza, o a las horas pasadas la medianoche en los programas como “Noches de clímax” de Teleamazonas. Ahora, tres décadas después, el sexo está por todo lado: en la publicidad vemos gente desnuda, las series como Élite nos mandan escenas de porno suave con una censura que descaradamente dice 16+, en la canciones escuchamos versos como “nalga y tetita”[1], “acto acto quiero contacto”[2] y el baile más común involucra frotar las nalgas en el pene de la pareja de baile (perreo se llama). Es una sociedad hiperliberada que aparentemente no le tiene miedo a nada.
En esta sociedad moderna,
sin embargo, hay un tema que ha tomado el lugar del tabú, de lo que no se puede
hablar, o si se lo hace, debemos hacerlo con recelo, cautela, cuidándonos mucho
de las palabras que usamos y con quién lo hacemos, porque es gravísimo y puede
traernos consecuencias terribles. Ese tema es, sorpresivamente, el amor. Hablar
de amor. Expresar amor. Confesar amor. Todo lo vinculado al amor está bajo el
ojo crítico de la sociedad, que mira con suspicacia cada una de sus facetas.
Confesar amor es
condenable. Me refiero incluso a confesar un poquito de amor hacia alguien, aunque
sea una onza y que aún no se llame amor como tal, sino algo más soft, tan
solo un preludio, como el “enamoramiento”. Hace algunas semanas, en una
conversación con una amiga, le conté que estaba saliendo con alguien y me
estaba enamorando, y me dijo en tono de voz cortante: “es muy temprano para
decir que estás enamorada”. Mi hermana, al hablar de lo mismo, me dijo algo
similar: “no se enganche tan rápido”. Es decir que el amor es algo que no
puede venir ni en pequeñas dosis temprano. Apegarse, vincularse, encariñarse,
enamorarse, está prohibido según alguna ley de este mundo moderno, a menos que
el tiempo haya legitimado su existencia. Es paradójico, porque frente a esto,
el sexo sí podemos hacerlo en la primera cita, ya sin que nadie se
escandalice. No entiendo cómo te pueden decir que no te enganches con una
persona porque no la conoces, pero que dejes nomás que un extraño entre en tu
cuerpo. ¿Acaso el cuerpo no forma parte de nosotros de igual manera que los
sentimientos? Aparentemente no: podemos intercambiar fluidos, pero el amor
¡cuidado! no podemos darlo ni en dosis moderadas desde un principio, porque ahí
es donde reside el real peligro ahora. Mejor si no lo das, mejor si no te
enganchas.
Tampoco se puede hablar
de amor con el otro, con ese mismo ser con el que estamos sintiendo cosas. Nos
cuesta decir las palabras y preferimos escoger otros modos, transformando el sentimiento
en un emoticón, una broma, un meme, para bajarle el tono y que suene más light.
Actualmente, no podemos manejarnos con la premisa de estás dentro o estás
fuera del amor. Siempre parece mejor permanecer en el umbral, con un pie en
cada lado: nos cuesta reconocer que estamos adentro y peor aún, reconocerlo
ante el otro de manera auténtica .Ya nadie dice ”te amo”, porque amar suena a
enfermedad terminal. Ahhhh, pero nos sale facilito el “me gustas” y el “te
deseo”. Comprometemos el cuerpo, como que ahí no se jugara nada del terreno de
los afectos. Nos disociamos y pretendemos que esos roces no nos rocen nada más
que la piel. ¡Dios nos libre de sentir algo por esa persona, y peor de
confesarlo! Ahora, tenemos el amor torpe. El amor en el que nos faltan palabras
porque ya no las hemos usado o porque las hemos usado y se nos han vaciado de
sustancia. Decimos “amo mi carro”, “amo mi celular”, y somos incapaces de decir
“te amo” a una persona. Circunvalamos alrededor del concepto buscando
eufemismos para no hacerlo. Le tenemos más miedo al amor que al sida.
Y ni hablar de otras
expresiones de amor. Nos incomoda ver a las personas abrazadas y juntas, o
besándose. Las llamamos “melosas” o “cursis”, nos burlamos de ellas o las
criticamos diciendo que “parecen adolescentes”. Da la idea de que el amor no es
cosa de adultos, es algo inmaduro e infantil. Entonces, al renegar del amor, de
golpe somos un grupo de personas super pensantes y racionales, que no caemos en
esa trampa porque los adultos no amamos. Tan maduros somos, que preferimos
subir el volumen de las canciones de reggaetón y perrear en las fiestas, porque
el perreo nos hace sentir libres y jóvenes. No hay escándalo en eso. El escándalo
está en besarle cariñosamente a tu pareja en público porque “ya nadie hace eso”.
Ahora, entonces, nos
hemos vuelto muy modernos. Hemos virado la tortilla y puesto bajo el reflector
a un tipo de relación que se plasma solo a través del cuerpo y de la
superficie. Y hemos mandado a la sombra, al lugar del tabú, al amor, esa cosa
extraña que aún sentimos pero que no podemos confesar, ni verbalizar, ni actuar.
Qué curiosos tiempos.