María Laura está cansada de ser adulta. El otro día le
dijeron que le hacía falta alegría en su vida, y se ha quedado colgada desde
entonces sin saber qué hacer con esta información.
Se levanta todos los días a la misma hora, y hace lo que tiene que hacer. Ducharse, desayunar, irse a trabajar. Lo ha hecho tantos años que es excelente en eso. Le sale natural y hasta le pagan bien. Hace todas las cosas que hacen los adultos: paga sus cuentas a tiempo, habla con sus padres y sus hermanos lo justo para no mentirles pero tampoco preocuparles, y siempre es puntal. No sale mucho, no se ríe muy alto. Tiene hasta el dolor discreto, porque llora calladita mientras los demás duermen.
El otro día la ginecóloga le dijo que tenía
una dermatitis en la nalga. María Laura no se había dado cuenta. No se arregla
demasiado y nunca se queda frente al espejo. No tiene tiempo y sabe desde hace rato que no
hay nadie que tenga el suficiente interés para andarle mirando las nalgas.
Las pocas veces que mira al espejo, no reconoce a
esa vieja que la ve desde el otro lado. Tiene ojeras bajo los ojos, manchas en las mejillas que
no se van con ninguna crema y los chachetes que comienzan a colgarse como los de un
bulldog. Es demasiada adultez de golpe para ella. No quiere verla mucho, vaya a
pegársele la imagen en la mente y tenga que cargar con ella todo el día.
Pero el truco le funciona cada vez menos, sobre todo despúes de lo que le dijeron sobre la alegría. Esa adulta fea y sin felicidad ya no se le despega.
No solo se le apropiado la piel, sino también el alma.