lunes, 9 de septiembre de 2013

De los desfases entre el alma y la realidad

El alma funciona con su propio reloj y sus propias medidas, existiendo una desconexión fundamental entre lo que sucede en "el mundo real" y lo que nuestra psique capta de ello. Eso genera interesantes desfases cronológicos y físicos que me han hecho reflexionar.

Me he dado cuenta, por ejemplo, que el tiempo  transcurre diferentemente para el alma que para el cuerpo : así, es fácil encontrar almas viejas encerradas en cuerpos de niños y almas jóvenes atrapadas en cuerpos envejecidos. La mamá de mi amiga Silvia, por ejemplo, es una señora de más de 80 años que se enoja con su cuerpo porque le traiciona y no le deja hacer más, pero que hace más a sus 80 que otras personas que conozco y tienen la mitad de su edad. En concordancia con su alma, acaba de remodelar parte de su casa y solo espera poder ahorrar más para demoler una pared, ampliar el área de esparcimiento que acaba de crear y trasladar su cocina al patio de atrás que va a cerrar y, por supuesto, le dejará un espacio enorme para preparar las copiosas comidas que suele compartir con nosotras como si fueramos parte de su familia.

De almas viejas en cuerpos jóvenes tengo un sinfín de ejemplos. La mayoría de personas que conozco están atrapadas en vidas sin sentido que son aquellas que dictan viejos códigos sociales, reglas obsoletas que no son las de ellos...  No logran disfrutar de nada porque viven ansiado satisfacciones ajenas, trazan sus vidas según las expectativas de la sociedad y se entrampan en el juego en el que el dinero y el  "que dirán" son más importantes que su propia felicidad. ¿Felicidad? huyen a esta palabra porque les traería pesadillas el mirarse al espejo de la realización personal y ver lo que son. El verlas envejecer a través de los años es solo un proceso lógico en donde el alma acaba por atravezar las células de sus cuerpos y se transparenta al fin, llena de arrugas que estuvieron siempre ahí...

El tiempo psíquico nos juega malas pasadas: cosas que no nos agradan nos parecen eternas; momentos felices se nos escapan de las manos... El reloj implacable hace "Tic Tic" a la misma velocidad siempre, pero a veces sentimos que nos arrastra al abismo de lo eterno y a veces que nos lanza a lo efímero del instante. Ansiamos que lleguen momentos específicos: en nuestra infancia, la Navidad o nuestro cumpleaños, cuando somos adolescentes una fiesta o el momento en que un chico se nos va a declarar, en nuestra adultez, el nacimiento de un hijo o el reencuentro con la persona amada.Todo acaba por llegar, pero con una lentitud extrema, y cuando llega se desvanece con la ligereza de las cenizas ante la primera brisa... Quisiéramos recogerlas, juntarlas de nuevo, y ni siquiera el recuerdo es suficiente para pegarlas entre ellas y reconstruir lo vivido.

El alma violenta la realidad no solo en el tiempo, sino en el espacio. Cuando una persona se va, por ejemplo, sabemos que la distancia nos separa irremediablemente pero cuando la racionalidad está apagada, cuando nuestra conciencia no gobierna nuestro corazón, seguimos sintiéndolas tan cerca que nos asombra despertar y no encontrarlas a nuestro lado, o nos entristece que no respondan, que se pierdan esos momentos que vivimos, que no nos puedan consolar si las lloramos.

Nuestra alma, irracional como ninguna, no entiende la ausencia en términos normales, por eso soñamos con nuestras personas queridas aunque hayan muerto, añoramos su presencia, quisiéramos tenerlas a nuestro lado aún cuándo sabemos que eso  no es posible. Hablaba con una alumna muy querida respecto a esto, y me dí cuenta que la distancia no existe cuando amamos a alguien. Que se haya ido de viaje, que esté a diez minutos de nosotros, que ya nunca vaya a regresar... para el alma es igual. El alma no capta lo irremediable de la distancia, solo percibe lo profundo de la ausencia.

Para nuestra psique el espacio y lo que lo ocupa nada tienen que ver con la realidad: la  soledad nos invade aunque nos rodeen muchas personas e inversamente, como decía Lamartine, basta que nos haga falta un ser para que todo esté despoblado... Pero aunque allí, en la realidad compartida, no logremos estar cerca de la persona ausente o fallecida, en el fondo sabemos que se necesita más que el tiempo y la distancia para separarnos de ellas. Hay un  curioso sentimiento que  se llama esperanza... Es lo que nos mantiene firmes frente al "Tic Tic"de ese reloj en cámara lenta, con ella desafiamos las horas que nos pesan, contamos los amaneceres que nos separan de las personas ausentes, soñamos con el reencuentro, ya sea real o psíquico, que en algún momento o en algún espacio se dará...

Y es que para nuestra alma lo único que es importante es ese etéreo concepto de felicidad, que existe fuera del tiempo y del espacio, que se enraíza no en la tierra sino en el amor. Veo a mi sobrinito llorar como si se le acabara el mundo cuando mi hermana no entra rápido al ascensor... Y calmarse al minuto cuando la tiene cerca. La felicidad está en los vínculos que se tejen entre las almas, a veces  tan fuertes que logran crear el concepto de lo eterno, ya que son vínculos que no desaparecen , no se desanudan, no se rompen, pase lo que pase en la "vida real".

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