El alma funciona con su propio reloj y sus propias medidas,
existiendo una desconexión fundamental entre lo que sucede en "el mundo
real" y lo que nuestra psique capta de ello. Eso genera interesantes
desfases cronológicos y físicos que me han hecho reflexionar.
Me
he dado cuenta, por ejemplo, que el tiempo transcurre diferentemente
para el alma que para el cuerpo : así, es fácil encontrar almas viejas
encerradas en cuerpos de niños y almas jóvenes atrapadas en cuerpos
envejecidos. La mamá de mi amiga Silvia, por ejemplo, es una señora de
más de 80 años que se enoja con su cuerpo porque le traiciona y no le
deja hacer más, pero que hace más a sus 80 que otras personas que
conozco y tienen la mitad de su edad. En concordancia con su alma, acaba
de remodelar parte de su casa y solo espera poder ahorrar más para
demoler una pared, ampliar el área de esparcimiento que acaba de crear y
trasladar su cocina al patio de atrás que va a cerrar y, por supuesto,
le dejará un espacio enorme para preparar las copiosas comidas que suele
compartir con nosotras como si fueramos parte de su familia.
De
almas viejas en cuerpos jóvenes tengo un sinfín de ejemplos. La mayoría
de personas que conozco están atrapadas en vidas sin sentido que son
aquellas que dictan viejos códigos sociales, reglas obsoletas que no son
las de ellos... No logran disfrutar de nada porque viven ansiado
satisfacciones ajenas, trazan sus vidas según las expectativas de la
sociedad y se entrampan en el juego en el que el dinero y el "que
dirán" son más importantes que su propia felicidad. ¿Felicidad? huyen a
esta palabra porque les traería pesadillas el mirarse al espejo de la
realización personal y ver lo que son. El verlas envejecer a través de
los años es solo un proceso lógico en donde el alma acaba por atravezar
las células de sus cuerpos y se transparenta al fin, llena de arrugas
que estuvieron siempre ahí...
El tiempo psíquico nos juega
malas pasadas: cosas que no nos agradan nos parecen eternas; momentos
felices se nos escapan de las manos... El reloj implacable hace "Tic
Tic" a la misma velocidad siempre, pero a veces sentimos que nos
arrastra al abismo de lo eterno y a veces que nos lanza a lo efímero del
instante. Ansiamos que lleguen momentos específicos: en nuestra
infancia, la Navidad o nuestro cumpleaños, cuando somos adolescentes una
fiesta o el momento en que un chico se nos va a declarar, en nuestra
adultez, el nacimiento de un hijo o el reencuentro con la persona
amada.Todo acaba por llegar, pero con una lentitud extrema, y cuando
llega se desvanece con la ligereza de las cenizas ante la primera
brisa... Quisiéramos recogerlas, juntarlas de nuevo, y ni siquiera el
recuerdo es suficiente para pegarlas entre ellas y reconstruir lo
vivido.
El alma violenta la realidad no solo en el tiempo,
sino en el espacio. Cuando una persona se va, por ejemplo, sabemos que
la distancia nos separa irremediablemente pero cuando la racionalidad
está apagada, cuando nuestra conciencia no gobierna nuestro corazón,
seguimos sintiéndolas tan cerca que nos asombra despertar y no
encontrarlas a nuestro lado, o nos entristece que no respondan, que se
pierdan esos momentos que vivimos, que no nos puedan consolar si las
lloramos.
Nuestra alma, irracional como ninguna, no
entiende la ausencia en términos normales, por eso soñamos con nuestras
personas queridas aunque hayan muerto, añoramos su presencia,
quisiéramos tenerlas a nuestro lado aún cuándo sabemos que eso no es
posible. Hablaba con una alumna muy querida respecto a esto, y me dí
cuenta que la distancia no existe cuando amamos a alguien. Que se haya
ido de viaje, que esté a diez minutos de nosotros, que ya nunca vaya a
regresar... para el alma es igual. El alma no capta lo irremediable de
la distancia, solo percibe lo profundo de la ausencia.
Para
nuestra psique el espacio y lo que lo ocupa nada tienen que ver con la
realidad: la soledad nos invade aunque nos rodeen muchas personas e
inversamente, como decía Lamartine, basta que nos haga falta un ser para
que todo esté despoblado... Pero aunque allí, en la realidad
compartida, no logremos estar cerca de la persona ausente o fallecida,
en el fondo sabemos que se necesita más que el tiempo y la distancia
para separarnos de ellas. Hay un curioso sentimiento que se llama
esperanza... Es lo que nos mantiene firmes frente al "Tic Tic"de ese
reloj en cámara lenta, con ella desafiamos las horas que nos pesan,
contamos los amaneceres que nos separan de las personas ausentes,
soñamos con el reencuentro, ya sea real o psíquico, que en algún momento
o en algún espacio se dará...
Y es que para nuestra alma
lo único que es importante es ese etéreo concepto de felicidad, que
existe fuera del tiempo y del espacio, que se enraíza no en la tierra
sino en el amor. Veo a mi sobrinito llorar como si se le acabara el
mundo cuando mi hermana no entra rápido al ascensor... Y calmarse al
minuto cuando la tiene cerca. La felicidad está en los vínculos que se
tejen entre las almas, a veces tan fuertes que logran crear el concepto
de lo eterno, ya que son vínculos que no desaparecen , no se desanudan,
no se rompen, pase lo que pase en la "vida real".
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