sábado, 9 de noviembre de 2013
Los vigías del alma
En el conversatorio el otro día contaban de una autora que, para hablar del rol del psicólogo, usaba una anécdota de la segunda guerra mundial; hablaba de los judíos que trasladaban en los vagones hacia los campos de exterminio, pero que no tenían idea de hacia dónde les llevaban. En cada vagón escogían a alguien que mirara a través de la pequeña rejilla que fungía de ventana -un vigía- para que les describiera donde estaban. Muchos de los vigías no decían nada, incapaces de hablar del mundo de afuera al estar encerrados en esas condiciones; otros con dificultad describían lo que veían. Unos últimos contaban que afuera había vida, habían personas que los veían pasar, y que seguramente sabían lo que les estaba pasando; ellos lograban establecer un puente entre la muerte y la vida, dándoles perspectiva a los judíos encerrados sobre "un más allá del vagón", más allá de su propia tristeza.
La autora usa esa metáfora para describir lo que debemos ser los psicólogos: puentes par permitir a los demás encontrar que hay un "más allá" del sufrimiento personal, vigías de esas almas dolientes, atentos y solidarios con ellas.
No sé si uno escoge una profesión o nace determinado para ella. Yo en lo particular creo que nací para esto: me gusta cuidar de los demás, hacer que estén bien, establecer puentes de confianza para tratar de incidir positivamente en sus vidas. Trato de que el contacto que tengo con todas las personas que me rodean, mi hija, mi novio, mis padres y hermanos, mis sobrinas, mis amigos, mis alumnos, mis colegas, enfin , con todos, sea siempre enriquecedor. No digo que lo logre siempre, pero estoy convencida de que el sentido de mi vida está en cuidar un poco de las almas de todas las personas que se cruzan en mi camino.
Hace tres años dejé de ejercer como psicóloga, endosé un rol de líder y me puse al mando de un aparataje institucional. No lo hice como otras personas que llegan al poder, se suben al pedestal y dan órdenes a los demás para ellos no hacer nada. Me puse al nivel de todos, entendí sus deseos y temores, los traté con humanidad y les tendí la mano. Encontré mucha satisfacción en hacerlo y logré muchos objetivos, tanto los propuestos como muchos más que fueron surgiendo en el camino. Si bien ya no era psicóloga, seguí cumpliendo con mi sentido interno, y siendo en parte, vigía de sus almas.
Esta semana sin embargo me tocó sacar fuerzas extras porque tuve que cuidar más, y de más personas, por todo lo que pasó: contuve, abracé, intervine, actué, decidí, dí respuestas para tranquilizar, las busqué más allá de mis propias preguntas. Al mismo tiempo, tuve que cerrarme más a los demás para impedirles el acceso a mis motivaciones, porque tuve que seguir cumpliendo el rol y la función en la que me hallo. Tuve que ponerme máscaras extras porque un buen líder no es un líder que tiene sentimientos. Por dos momentos de debilidad en los que no usé máscara escuché que me decían "tú eres tu función acá, no puedes permitirte ser humano" "ya es hora de dejar de sufrir y salir adelante". Tuve que fingir que no sufría porque eso no me está permitido. Esta semana fui un vigía que no durmió, y que continuó con su vida pese al cansancio y a la tristeza.
Hoy que es sábado y ya todo ha pasado me pregunto: ¿quién cuida de los vigías?
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