Según Rank, en lo
más profundo del alma humana está tapiado desde el inicio el más profundo miedo:
el miedo a morir, faz oculta de la
vida desde el día de nuestro nacimiento. El miedo a morir se transforma en
otros miedos al crecer: miedo a separarnos de lo que nos da
seguridad, miedo a dejar la zona de confort, miedo a arriesgarnos por algo que
podría salir mal, miedo a entregarnos, miedo a asumir nuevos roles, miedo, miedo, miedo…
La confianza es sinembargo algo inherente a la naturaleza del vivir. Todos
los días hacemos actos de confianza automáticos: escogemos respirar el aire que no sabemos si nos hace daño o
no, introducimos alimentos en nuestros cuerpos sin saber si somos alérgicos a
ellos, subimos a nuestros hijos al transporte escolar desconociendo cómo maneja el
chofer, nos dormimos con la confianza de que mañana vamos a despertar… Pero estos actos de confianza los hacemos prácticamente porque estamos obligados y no los extendemos más allá. Siempre es fácil confiar cuando las circunstancias parecen claras y la salida favorable para nosotros; pero no siempre las cosas son blanco y negro. El asunto de la confianza es más complicado cuando estamos en la zona de grises que nos oferta en general la vida. Cuando tenemos que escoger un camino en lugar de otro, dejar a alguien o quedarnos, abandonar una meta por otra, depositar nuestros sentimientos en las manos de otras personas, confiar un secreto.
Lo difícil de todo es que las grandes decisiones en la vida radican en esa zona de gris intermedio...
Escoger con miedo es escoger la muerte. Quien vive con miedos, no está vivo, flota en la existencia sin darse cuenta que la muerte ya lo ha atrapado en sus garras. La confianza, en cambio, es el regalo de la vida: podemos ser perecederos, el cuerpo es frágil y se enferma, somos vulnerables… pero aún así, debemos confiar.
Vivir plenamente es un acto de fé.
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