El mal
del siglo 21, según mi terapeuta Ana, son las relaciones de pareja. Y debo
decir que conozco pocas mujeres tan sabias como ella. Aunque los psicoanalistas
dirían que estoy en plena transferencia, yo no puedo hacer nada más que darle
la razón, con todo lo que pasa día a día, lo que se vé en las relaciones de
personas jóvenes y menos jóvenes, y que me sienta hoy frente al teclado.
Me
entero cotidianamente de situaciones en las cuales mujeres de todas las edades
aceptan cosas imposibles de sus parejas: les obligan a cambiar su forma de ser,
de relacionarse, de pensar, hasta sus preferencias sexuales; las hacen vivir
bajo un régimen de temor, de censura, de sumisión. Suena etéreo, pero muchas
mujeres (no hablo sólo de las casadas, por si acaso) se cambian de ropa ante
comentarios emitidos por su pareja del estilo “no vas a usar esa minifalda!”, o un “no quiero ir con tus amigos, me caen mal esos señores/as”. Mujeres, novias, enamoradas, de 50, 40,
30, 20 y hasta 15 años aceptan celos, golpes, insultos, reproches y disculpas, flores, “mi amor’es”, miradas de perro herido… Sin reflexionar. Y se repite el
ciclo una y otra vez.
Esto es
muy gráfico, muy extremo, muy “maltratante” y mucha gente respira aliviada al leerme en este momento pensando:“uf, esto no
me describe!”. Si es así… ¡me alegro! Pero ¿qué pasa con lo demás? ¿Qué pasa
con el resto de relaciones tóxicas que se viven en la actualidad?
Relaciones
de una noche o de vacile, en las cuales no comprometemos más que el cuerpo,
porque lo demás es demasiado valioso para arriesgarnos: ¡Siempre es más fácil
sacarse la ropa que desnudar el alma! ¿Cómo podemos desconectarnos tanto?
Nuestro cuerpo es nuestro embajador ante el mundo, nos permite relacionarnos
con él y además es el hogar de nuestra alma. Comprometer el cuerpo es como
hacer una jornada de puertas abiertas y receptar a cualquiera: ¡No podemos
hacer eso impunemente! ¿Cómo somos tan inconscientes para arriesgarnos tanto?.
El que menos, nos roba algo precioso
o va destruyendo el gran tesoro nacional.
Preferimos
las pantallas (de la tele, del cine, del celular, de la compu) antes que afrontar las miradas del otro: miradas tristes,
expectantes, de deseo, de ternura. No aguantamos nada que nos haga sentirnos
incómodos; los teclados nos dan la oportunidad de pensarlo todo dos veces, nos
brindan emoticones para expresar lo
que queremos decir de manera estereotipada, porque la palabra compromete, nos
liga, nos hacen vulnerables… Lanzamos
anzuelos, esperando que los otros los pesquen; ya nadie se atreve a decir al
otro lo que realmente espera; ¿Qué será?
¿Qué
nos pasa? ¿Será que tenemos tan baja la autoestima que no logramos dimensionar
lo importante que somos ante nosotros mismos y aceptamos cualquier cosa por miedo
a la soledad? ¿Será que se nos ha “cortado el cableado” con los sentimientos y
pensamos que es mejor vivir en desconexión emocional? ¿Será que estamos tan
abollados por relaciones previas que preferimos cargar, como decía en mi
anterior publicación, con todas las armaduras de los Caballeros de cualquier
mitología antes que dejarnos ver? ¿O será el fenómeno de “Amor líquido”,
descrito por Bauman, malestar del siglo 21 en cual nos vinculamos con los demás
de manera frágil, fría, fugaz, superficial, sin comprometernos?
Lo que
sea que nos esté pasando, no nos hace bien. Arrastramos el vacío y lo llenamos con lo-que-fuere: tecnología,
libros, alcohol, drogas, promiscuidad, hasta palabras…
Personalmente
aún adhiero a la vieja escuela, esa que canta Silvio Rodríguez en una de las canciones con
las que más me identifico, y en dónde dice: “los
amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan ahí; ni el
recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar”.
Si
frente a mí sigo encontrando personas cobardes, yo… seguiré buscando. No quiero
ser víctima del amor vacío del siglo 21.
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