Hay dolores y dolores en la vida. Dolores físicos ligeros o medianos como el que se siente al ir al dentista, al hacerse un tatuaje o un piercing en
el cuerpo o al caerse de la bici. Dolores intensos que nos hacen pensar que
vamos a morir, como el que sentí cuando dí a luz a mi hija y creí que era mi
último día en esta tierra: las contracciones eran abrazos de la muerte, que me
asfixiaban, me ardían en cada uno de los átomos que conforman las células de
todo mi cuerpo. Aún sigo asombrada que la vida haya podido surgir de tanto
dolor.
Hay dolores del alma livianos y cotidianos; algunos son curables como las peleas y otros crónicos como la
soledad. Hay dolores intensos como los de las
pérdidas; yo no he vivido de cerca ningún duelo, así que lo más similar que
tengo para poder hablar de ello es mi última ruptura. En realidad ni siquiera
puedo escribir sobre ella sin estremecerme pese a que hayan transcurrido varios meses,
porque me vuelve esa terrible sensación que sentí aquella noche en la que
después de haber llorado con una amiga todas las lágrimas de mi cuerpo, me
quedé dormida en el diván de mi casa para despertarme unas horas más tarde con
una impresión de vacío, como que me hubieran arrebatado el alma, sin ni
siquiera recordar bien lo que había pasado. Cuando el evento invadió
mi ser unos instantes después, fue como si un mar helado se me volcaba dentro. No me asombra que hasta la remembranza de este dolor lo único que genere
sea más vacío y más dolor.
Y hay placeres y placeres en la vida. Placeres
intelectuales, como el leer un buen libro o ver una película y placeres
mundanos, como el dormir más de 6 horas profundamente, o un platillo
delicioso como el salmón de mi mamá; algunos son un poco dolorosos, como el que
se deriva de una hora de intenso ejercicio que nos deja exhaustos pero con
explosiones de endorfinas en el cerebro ; otros como el chocolate en todas sus formas y declinaciones son simplemente 100% placenteros en su esencia.
Los hay complicados y rebuscados, como esos viajes que planeamos a
lugares que nos interpelan y que nos llenan de gusto pero nos dejan agotados; placeres
planeados, como las cenas románticas, y sorpresivos, como cuando recibimos un
ramo de rosas de nuestros amigos en un día agotador.
Los placeres que más aprecio yo, sin embargo, son los más simples:
sacarme los zapatos apenas llego a la casa, dejarme envolver por el olor de la
hierba cortada, acostarme en un rayo de sol, dormir acurrucada en los brazos
amantes, acariciar el nacimiento del cabello en la zona del cuello, jugar con
mi sobrino a que me arranque los aretes, espiar a mi hija cuando está concentradísima haciendo algo y descubrir que se muerde la lengua igual que yo…
Es simplemente maravilloso que surja tanta sensación de bienestar de
placeres tan sencillos.