lunes, 27 de octubre de 2014

Dolores y placeres

Hay dolores y dolores en la vida. Dolores físicos ligeros o medianos como el que se siente al ir al dentista, al hacerse un tatuaje o un piercing en el cuerpo o al caerse de la bici. Dolores intensos que nos hacen pensar que vamos a morir, como el que sentí cuando dí a luz a mi hija y creí que era mi último día en esta tierra: las contracciones eran abrazos de la muerte, que me asfixiaban, me ardían en cada uno de los átomos que conforman las células de todo mi cuerpo. Aún sigo asombrada que la vida haya podido surgir de tanto dolor.

Hay dolores del alma livianos y cotidianos; algunos son curables como las peleas y otros crónicos como la soledad. Hay dolores  intensos como los de las pérdidas; yo no he vivido de cerca ningún duelo, así que lo más similar que tengo para poder hablar de ello es mi última ruptura. En realidad ni siquiera puedo escribir sobre ella sin estremecerme  pese a que hayan transcurrido varios meses, porque me vuelve esa terrible sensación que sentí aquella noche en la que después de haber llorado con una amiga todas las lágrimas de mi cuerpo, me quedé dormida en el diván de mi casa para despertarme unas horas más tarde con una impresión de vacío, como que me hubieran arrebatado el alma, sin ni siquiera recordar bien lo que había pasado. Cuando el evento invadió mi ser unos instantes después, fue como si un mar helado se me volcaba dentro. No me asombra que hasta la remembranza de este dolor lo único que genere  sea más vacío y más dolor.

Y hay placeres y placeres en la vida. Placeres intelectuales, como el leer un buen libro o ver una película y placeres mundanos, como el dormir más de 6 horas profundamente, o un platillo delicioso como el salmón de mi mamá; algunos son un poco dolorosos, como el que se deriva de una hora de intenso ejercicio que nos deja exhaustos pero con explosiones de endorfinas en el cerebro ; otros como el chocolate en todas sus formas y declinaciones son simplemente 100% placenteros en su esencia.  Los hay complicados y rebuscados, como esos viajes que planeamos a lugares que nos interpelan y que nos llenan de gusto pero nos dejan agotados; placeres planeados, como las cenas románticas, y sorpresivos, como cuando recibimos un ramo de rosas de nuestros amigos en un día agotador.

Los placeres que más aprecio yo, sin embargo, son los más simples: sacarme los zapatos apenas llego a la casa, dejarme envolver por el olor de la hierba cortada, acostarme en un rayo de sol, dormir acurrucada en los brazos amantes, acariciar el nacimiento del cabello en la zona del cuello, jugar con mi sobrino a que me arranque los aretes, espiar a mi hija cuando está concentradísima haciendo algo y descubrir que se muerde la lengua igual que yo…


Es simplemente maravilloso que surja tanta sensación de bienestar de placeres tan sencillos.

domingo, 26 de octubre de 2014

Sueño con serpientes…




...dice Silvio Rodríguez en una canción ¡menos mal no le rodeaban los psicoanalistas para interpretarlo! Cuando la escucho siempre me pregunto qué mensaje oculto quiso transmitir o si en realidad solo relató algo que soñó alguna vez. 

Yo tengo dos categorías de sueños: los que me pasan de noche sin que los entienda, y los que dibujo en mi mente estando despierta.

Mis sueños de "persona dormida" son casi tan extraños como el de Silvio. Uno de los últimos sucedía en casa de mis papás: el patio estaba invadido por perritos y gatitos que alguien había abandonado y por un oso panda al que le habían amputado las patas. Discutía fuertemente con mis hermanos del destino de todos estos animales porque simplemente querían abandonarlos; enojada con su postura, salía al patio sólo para constatar que todos habían desaparecido, menos el oso panda que yacía en el piso solitario y maltrecho. Le construía una cama que parecía un altar y  lo recogía en mis brazos con el proyecto de fabricarle unas extremidades en bambú.

¡Cuanto misterio yace en el incosciente y que difícil traducir los símbolos y entender el mensaje!

Mis sueños de persona despierta son más sencillos.

Me gustaría tener un café-libro. A veces cierro los ojos y puedo visualizar una casita no muy grande, con un patio interior con una fuente y un montón de flores, buganvillas, geranios, gerberas, hamacas colgadas, mesitas de madera pintada para que las personas se sienten y en los cuartos alrededor una serie de estanterías con libros. Las personas podrían optar por lo que en francés se llama “petite-restauration” (esta parte, como no es mi fuerte, estaría a cargo de un asociado/a, que en el fondo por el tiempo que creo que me va a tomar concretar este sueño bien podría ser mi hija Naomi a la que le encanta cocinar) y organizaríamos veladas artísticas, guitarreadas, presentaciones cómicas, ¡qué se yo! Este sueño siempre me hace sonreír cuando pienso en ello.

Y también me gustaría escribir una columna en alguna revista o cotidiano. Un espacio semanal de reflexión sobre diversos temas, algo como mi blog pero más estructurado y diversificado. Creo que para que esto se concrete necesito de más instrucción, mayor formación y definitivamente aún me falta mucho camino por recorrer. Escribir siempre ha sido una de mis mayores aficiones, desde las redacciones del colegio, pasando por los diarios, las cartas, los cuentos, los poemas, las notas en el facebook y ahora el blog. Quisiera haberme dedicado un poco más a ello, tal vez haber estudiado algo afín, pero no me arrepiento de haber optado por la psicología porque esta disciplina me ha enseñado a escuchar, a interpretar, a interesarme por las historias de los demás, a observarlos. Si no fuera psicóloga, las personas no me contarían sus historias; tampoco me contactaría tanto con ellas, no entendería sus sufrimientos, sus deseos, sus vivencias. Si no fuera psicóloga, no habrían “reflexiones de la Maga” J

Y así, si bien no logro interpretar ni los sueños con serpientes ni los sueños con pandas, por lo menos puedo soñar con los ojos abiertos en alta definición.

martes, 21 de octubre de 2014

Quisiera tener 15


Quisiera tener 15 años de nuevo.

Definitivamente no por el acné, ni las peleas con mi hermana que se robaba mi ropa, ni por la música ochentera que no me gustaba del todo, ni por el look del copete que había que enredarse con la peinilla para que desafiara a por lo menos dos leyes fundamentales de la vida: la de la gravedad y la de la estética.

No, no, no extraño los 15 por eso. Lo que extraño era lo fácil que eran las relaciones de pareja en esa época.

Primero, cero estrés: nadie buscaba pareja para estar en serio, sino en un afán exploratorio de saber “cómo me va”. Las cosas eran tan sencillas como: me gustaba un chico, le decía a mi mejor amiga, ella le decía al mejor amigo de él, salíamos los cuatro, se me declaraba, y ya. La relación duraba lo que duraba, pero como no había amor profundo nadie salía abollado, ni herido, peor deprimido o hundido en el pozo de la desesperación.

En mi adolescencia, debo confesar, tenía el “corazón de alcachofa”. Nunca entendí muy bien la alegoría vegetal de la expresión, pero en francés se la usa para designar a una persona que es muy volátil en el amor.  A mí me pasaba eso a los 15:  una semana me gustaba un chico, a la otra otro, a la siguiente el de más allá.

En cambio la adultez me cogió seria- re seria en el asunto sentimental. Si fuera fútbol, el marcador sería Adolescencia: 12 - Adultez: 4. Es que con todas las personas con las que he estado en esta etapa me he vinculado sentimentalmente. Las dos primeras fueron relaciones super serias, en la una me casé, en la otra fui “la novia”. En las dos últimas la verdad… no sé si  mismo mismo clasificarlas en la categoría “relaciones” o dejarlas suspendidas en un limbo semántico porque aún no capto muy bien qué son.

La verdad es que ahora, divorciada y con 39 años, me doy cuenta de lo difícil que es volver a salir. Resulta que para algunas cosas me encuentro igual de estresada que a los 15, como en el asunto de las primeras citas: “¿Qué me pongo?” “¿le gustará?” “¿si voy de negro creerá que soy gótica?” “¿me aprieta demasiado el pantalón y se me ve gorda?”. Las mismas preguntas que me hacía hace 24 años, con el agravante que ya no estoy en el mismo estado físico que en esa época y que me toca decidir entre maquillar la realidad todo lo que se pueda o la postura “¡me vale!” en la que me pongo lo que peor me queda para que el susodicho de golpe vea a qué atenerse. Es que la ley  de la gravedad no sólo me ha bajado el copete, sino que cada año que pasa atrae  mi piel y mis músculos al centro de la tierra.

Y de ahí se entra en una especie de juego, una “relación” que en realidad es un-algo-inconstante mediado por chateo en el whatsapp, una llamada telefónica, alguna salida a comer y ya. Analizando lo sucedido, lo único que he percibido es mucho miedo y mucho egoísmo. Las personas con las que he salido salen a su vez de relaciones no muy gratas y su mecanismo de defensa ha sido construirse una armadura de hierro y un escudo narcisista. Tienen el “corazón acorazado”. “No buscan nada serio” y  proponen ese tipo de relación. Cómo dirían los adolescentes: ¿WTF? Si el banquero te dice que la inversión  que vas a hacer no es seria: ¿inviertes? O si el que te va a contratar no te da los términos del contrato claros y seguros: ¿te quedas en ese trabajo?.

Como dice James Blunt: “Everybody wants a flame, they don’t want to get burnt”. Y lo peor es que no hay amiga a quién decirle que le diga al amigo que dé averiguando qué está pasando… Todo queda a la elucubración, a la interpretación, a la espera de qué pasará, a pensar en construirse una armadura para no  vincularse…

Yo por mi parte soy  pésima en eso. ¿Será por mi sesgo profesional? Pase lo que pase, me involucro, intento entender, aceptar, ser paciente. Mi parte interna frommiana se preocupa por ese individuo con el que interactúo desde mi ser real (como dirían mis amigas: cojuda sin armadura). Una aparte de mí sabe que  detrás de su  disfraz y del egoísmo hay un alma que reclama cuidado, un ser tierno que he podido percibir a ratos y que de repente cual “transformer” se vuelve el adulto frío que pone distancia. Lo sé porque he percibido la conexión que se logró por un momento, por una noche, en una mirada, aunque ya parezca no estar disponible.

¿Qué hacer? Personalmente, ya no soy adolescente, ya no me interesa esa versión “alcachofa” de mí misma, que en la metáfora animal resulta ser masculina y llamarse “picaflor”. Mi sobrina (muy sabia en sus 15), tiene un estatus en el whatsapp que dice: “Si vas en serio, dímelo para no fallarte; si es un juego, dímelo para divertirme”. Quisiera poder hacer algo similar, ponerme un letrero que diga algo parecido, una frase sincera sobre lo que busco en la relación de pareja. Pero mis amigas me dicen que esa sinceridad bruta es lo que hace que el hombre con el que estaba saliendo no sólo se haya puesto la coraza,  la armadura y el escudo, sino que se haya retraído detrás de lo que parece ser un castillo amurallado.

La sinceridad entonces es percibida como un asedio ¿Qué triste no? Porque si yo me pusiera un letrero alrededor del cuello, lo único que escribiría es: “Solo propuestas serias para una espectacular historia de amor”.

Porque para andar pendejeando en relaciones vacías… necesito tener 15 de nuevo.

viernes, 17 de octubre de 2014

Ojos de aguacero


¡Cómo llueve en Quito! Llueve a ráfagas, a raudales, a baldazos y a lloviznas. A veces sale el sol deslumbrante por ratos y luego el frío viento hiela el cuerpo de las personas y les recuerda que la lluvia se fue un ratito no más pero ya va a regresar…

La soledad es así: siempre presente, potente o liviana, a ratos aligerada por la compañía o por la ocupación, pero acechante, insistente, como un invierno que finge no instalarse pero que se sabe anhelante de anidar en el corazón.

Las personas te dicen que “es bueno estar solo”, que es necesario para reencontrarse con sí mismo, para no intentar llenar el vacío con los demás, para saber qué se desea. Te dicen que así puedes hacer las cosas que son interesantes para ti. Hay que aprender a estar solo y ser feliz de estarlo.

¿Cuánto tiempo es bueno estar solo? Nadie te contesta a eso.

Además, los que te aconsejan soledad… en general no están solos. Esas personas ansían la soledad porque les parece un estado paradisíaco en el cual realizar todas las cosas que no logran hacer: leer, descansar, ir a la peluquería, al gimnasio, salir al cine o con los amigos. Y dicen querer estar solas cuando en realidad lo que quieren es tiempo para ellas. Solo tiempo. Porque nadie desea la soledad.

No es cuestión de aprender a estar con uno mismo. Creo que es medio fácil en el fondo llegar a contactarse con esa parte interna que necesita ser regada para crecer. Las personas que están solas aprenden a hacerlo bastante bien y resaltan el aspecto positivo que es no tener que ceder ese espacio personal de crecimiento y libertad. Pero siempre, en algún momento al preguntar por la pareja se abre el telón de la tristeza y surge el deseo de tener a alguien especial en la vida, de dar y recibir ternura, alguien con quien compartir las cosas maravillosas y las más cotidianas, alguien que nos caliente el alma con una sonrisa y nos preste su hombro para descansar de las pequeñas miserias de la vida.

Es que en verdad la soledad nos hace sentir miserables, abandonados, poca cosa… Miramos a nuestro alrededor y vemos parejas y más parejas. No podemos evitar compararnos y sentir en el fondo del alma ese vacío relacional que no hay actividad que llene. Nos cuestionamos qué hay de malo en nosotros que no logramos consolidar una relación estable y completa.

Yo también he estado sola últimamente. Y he regado mi jardín interior: escribiendo cuentos (suficiente para dos libros) , poemas, pintando, dibujando, haciendo deporte, con el blog, el trabajo, leyendo libros, redecorando el departamento, haciendo manualidades. Amo esa parte de mi vida que me permite dedicarme a mí misma.

Pero eso no impide que tenga que admitir con franqueza que a veces me parece que el invierno quiere instalarse dentro de mí. Tengo un ejercicio muy especial cuando me siento así: comienzo a decirme que soy una mujer espectacular, que estar en mi compañía es un premio, que no hay nadie mejor que mí misma para compartir un momento. Me lo repito una y otra vez, en voz alta si estoy sola, en mi cabeza si estoy en un lugar público. Por si eso no funciona, he pegado unos papelitos en la puerta de mi cuarto con frases que me recuerdan lo que es importante para mí. El primero que puse decía “Carpe Diem”, para recordarme que la vida es un día a la vez; otros son del saber popular, como el que copié de un graffitti que veo todos los días cuando regreso a mi casa:  “El primer amor de toda persona debería de ser el amor propio”. Hay frases de gente muy sabia, como la de Buda que me recuerda ser siempre mejor persona, al decir que Odiar a alguien es como tomar veneno y pretender que el otro se muera”.  Tengo un montón , pero mi favorita es una que dice “Aceptamos el amor que creemos merecer”, que me recuerda lo importante que es no aceptar cualquier propuesta de amor mediocre sólo por no estar sola.

Esta terapia de autoestima propagandista que me he inventado a veces funciona bien, porque la verdad de la verdad, sé que soy espectacular y que todo lo que he pegado en esa puerta son condensados de pura sabiduría.

Y sin embargo… eso no impide que otras veces gane la soledad y llueva tanto en mi interior que los diques desbordan y llevan a mis ojos el equivalente a un verdadero aguacero quiteño.

martes, 14 de octubre de 2014

Casada con mi trabajo

El departamento de Salud Ocupacional nos hizo una encuesta en la que habían "rangos" de tiempo para evaluar el número de horas que pasamos en nuestro puesto de trabajo y adivinen qué... Me puse a calcular: lunes 9 horas y media (tengo pico y placa), martes a viernes 10 horas diarias mínimo (sin excusa de pico y placa) , sábado 4 horas cada dos semanas en promedio. Digamos en el mejor de los casos 49 y medio y en el peor más de 54.

Presenciales.

Más los trayectos en el auto pensando en cosas de trabajo, las noches preparando clase, los insomnios recurrentes en los que el promedio ya en sí bajo de horas de sueño (4 a 5 horas)  baja a 3 o menos.

¿Serán unas 60?

Siempre me he preguntado entre broma y broma si seré adicta al trabajo.

Es que me levanto en las mañanas pensando en el trabajo. Mientras hago las actividades cotidianas y le escucho con media oreja a mi hija contarme sus cosas, chequeo el celular o estoy en la compu respondiendo los primeros correos. A saltos y a brincos, la subo en el bus y me voy a vivir de corrido las 10 horas de estar presencialmente ahí. Mi nueva asistente, entre paréntesis, creó un formato de firmas en donde constaba "entrada de la mañana- salida de la mañana, entrada de la tarde - salida de la tarde" y tuve que pedirle que cambie porque rara es la vez en que vea el sol más allá de la ventana de mi oficina; almuerzo  en el trabajo, y tampoco es un momento de reposo absoluto, porque siempre me encuentro resolviendo, entre bocado y bocado de lechuga, cualquier problema que necesita asesoría,  visto bueno, consejo o solo ratificación.

La tarde transcurre de la misma manera, y en realidad no cambia nada que llegue la noche porque aunque regrese a casa y trate de desentenderme de lo que pasa allá... alguna parte de mi cerebro sigue pensando en el trabajo y me despierta a cualquier hora, tipo madrugada aún oscura, y  los problemas, dudas, proyectos, pendientes, saltan a mi mente a hacer su propia bulliciosa fiesta, sin importarles un bledo el clamor silencioso del resto de mi ser que quiere dormir.

Osea: me acuesto y me levanto con mi trabajo; me desvelo por él, trato de quitarlo de mi mente pero igual vuelve a mí en el momento menos pensado, paso más tiempo con él que con cualquier persona, me hace llorar, lo odio, quiero renunciar a él, renuncio, me reconcilio...

Formulado de este modo, suena más como un romance obsesivo y no como una adicción. Y sin embargo ... En la fase de romance, el novio nos parece magnífico, sin tachas. Además, nos trata super bien, nos divierte, nos llena de regalos y de flores. Nunca nos canta nuestras imperfecciones, ni nos exige nada. No no, lo mío no es así: ya nos conocemos los defectos recíprocos, pienso haberme acostumbrado y que no me molestan sus faltas de consideración, hasta que encuentro la pasta de dientes destapada, la basura no sacada, la ropa en el piso, pese a que le he pedido mil veces que eso no suceda; además, el susodicho es malgenio, no llega a tiempo, no aprecia la comida que me mato haciendo, ignora sin piedad mis señales de  depresión , me promete tiempos mejores y  se acuesta dándome la espalda indiferente a mi insomníaca angustia.

En pocas: se ha acostumbrado a que está ahí, siempre incondicional porque sabe que estoy comprometida con él,  que aún lo amo lo suficiente, que me preocupa tanto que no lo dejaré. Sabe que no puedo deslindar las cosas buenas de las malas, que aún me importan los buenos momentos que disfruto con él de vez en cuando, porque compartimos pequeños y grandes pesares y alegrías y que si alguien le critica, me acordaré solo de lo positivo y lo defenderé a capa y espada. ¡Ay de quién me diga  "bótalo"!, él sabe perfectamente que me darán  ganas de pegar al que sugiere tamaña tontería y me cogerá enseguida la nostalgia hasta de sus defectos.Sabe que seguiré dando lo mejor de mí, así tenga que hacer otros sacrificios y que iré a cuantas sesiones de terapia sean necesarias para arreglar las diferencias.

Tenaz tenaz.

Hoy al fin la verdad se ha hecho luz a través de mi cerebro embotado de fatiga. Creo que no soy adicta, ni estoy enamorada de mi trabajo: simplemente, estoy casada con él.

viernes, 10 de octubre de 2014

Fiestas infantiles



Fui al cumple de mi sobrina Victoria ayer. Picky Vicky es toda una princesa, así que cada año tiene fiesta temática de las princesas de Disney, y menos mal como Disney se sigue inventando nuevas princesas estoy segura que tendrá cumpleaños dentro de este mono-tema hasta que se harte: ayer era Elsa, de “Frozen”. Les mentiría si les digo que me muero de ganas de saber de qué princesa se va a disfrazar el año próximo…

Es que odio las fiestas infantiles. Es feo decirlo así, porque amo a mi hija y a mis sobrinos y a sus amiguitos y en general amo a los niños, pero en pocas cantidades. En el momento en que se juntan, es otra cosa: gritos infernales, peleas, llantos, un millón de llamadas tipo “mamá!!!!” ante las cuales hay que voltearse y averiguar si el grito está dirigido a una misma o a otra de las 30 mamás presentes…

Una vez trabajé en un colegio durante tres meses. Fue tenaz. Cuando sonaba la campana del recreo, parecía que los niños escucharan “hora del desenfreno”: gritos, llanto, pataletas, peleas, comida regada, bebidas volteadas… Las maestras que trabajan en escuelas se merecen todo mi respeto, pero también me intrigan: ¿serán todas sordas? ¿O estarán tratando de ganar karma positivo porque en la vida anterior fueron asesinas en serie? Es que no creo que nadie tenga real vocación para vivir semejante tortura.

Y si la hora del recreo era tenaz, imagínense la fiesta infantil: 30 guaguas correteando y gritando, con dulces de libre acceso, manos melosas en todos los muebles, luchas para agarrar más dulces de la piñata (muchas veces los mismos que están en libre acceso en las mesas ¿¿¿?). A eso añádanle la animación de Tomatina la payasa chillona, las madres de familia que sólo hablan de sus hijos y sus hazañas, los cupcakes cuya crema se va fundiendo irremediablemente con el calor y poco a poco se asemejan a los rejoles de Dalí, el pastel que siempre se ve mejor de lo que sabe...

Sueño con el día en que mi hija me diga que ya no quiere que le organice una de estas fiestas, y que prefiere que  invite a un par de amigas para ir al cine y comer pizza. 

Porque si hay algo peor que ir a este tipo de fiestas, es tener que organizarlas.

Ahí sí uno pide perdón por todos sus pecados: porque además de todas las cosas horrendas que ya describí arriba, hay que añadir el estrés que es preparar este tipo de eventos. Siendo la madre que soy (llena de trabajo y poco dedicada a tratar de hacerme una reputación entre las madres), he tenido que organizar mi vida para incluir la fiesta de mi hija entre las festividades ya terribles del mes de diciembre. Mi amigo Agustín solía burlarse de mí porque hago un POA del evento: elaboro una planificación con tareas, fechas y responsables para que todo pueda salir bien. Es que con algunas semanas de antelación hay que pensar primero en el tema (malditas fiestas temáticas, encima mi hija tiene tendencia a no escoger las princesas, sino temas como “perritos”, “Jorge el curioso”, “Peter Pan” y como no está de moda no hay nada que comprar YA HECHO), en el alquiler del saltarín (en diciembre son las fiestas de Quito y los restaurantes suelen monopolizar los saltarines), comprar los ingredientes de la piñata, el pastel, alquilar el local, escoger el menú de los niños, el menú de los adultos, las sorpresas… A todo esto hay que ponerle fechas para que no nos coja el tiempo. Y en la columna “responsables” un solo nombre obviamente: el mío.

El día mismo de la fiesta,  hay que llegar y tratar de no entrar en pánico porque toca inflar los globos, el saltarín no llega, decorar las mesas, arreglar los bocaditos, (el saltarín no llega), seguir inflando globos, poner a enfriar las bebidas (el saltarín sigue sin llegar), acoger al invitado puntal (menos mal llegan los del saltarín), conversar a medias mientras se sigue decorando, seguir acogiendo invitados, impedir que Naomi abra en seguida los regalos para que no se le pierdan partes como en la fiesta del año pasado, hablarle porque ya abrió algunos, sonreír a los invitados, (el maldito saltarín se acaba de desinflar porque el tomacorriente no abastece al mismo tiempo a la refri y a la carga del saltarín), llamar a alguien que sepa de electricidad para que nos mire con cara de “no es el toma, es el braker”, tratar de encontrar una solución, correr a lavarle la cara a la sobrina que recibió un rodillazo en el mencionado saltarín cuando se desinfló, sobornar al vecino para que nos permita conectar una extensión en su casa, seguir sirviendo bocaditos, buscar la sorpresa para el niño que se va antes de soplar la vela…

¿Cuántas líneas llevo describiendo la fiesta? Si sigo así me va a salir una novela, porque solo he descrito las dos primeras horas de la última fiesta de Naomi. Les paso el detalle de que se me desinfló la llanta el mismo día, las críticas de mi madre porque no me siento a socializar con todas las personas, la servida y reservida de bebidas a los invitados, la lavada del disfraz de Jazmín de la Vicky manchado de sangre (esa era su princesa favorita el año pasado), el extraño perrazo sin dueño que se coló en la fiesta, etc., etc. (eso sin contar con que la gente en el trabajo piensa que domingo es un buen momento para hacer consultas por SMS y se enoja si uno no les contesta en ese mismo instante).

Ah, pero eso sí: ¡nada de payasos en la fiesta de Naomi! ¡Tampoco voy a doblegar mi espíritu a ese punto como para aceptar las malas bromas y los juegos pendejos en los cuales siempre se involucra a la gente adulta para hacerle buscar frenéticamente en la cartera 10 centavos para un concurso o bailar la gallinita clueca haciendo el ridículo, solo para que un niño gane un juguete de plástico “Made in China” y para que los otros se queden mirando a los padres que no ganaron con ojos-de-decepción-absoluta!

Bien, creo que es suficiente descripción para expresar mi sentir al respecto.

Menos mal mi hija va creciendo y poco a poco me invitan a menos de estos eventos. Y sé que está por llegar el día en que ya no tendré que organizarle una fiesta, y si bien me emociona la idea de que por fin se acabe este frenesí de confeti y colores chillones, estoy consciente que esto llegará acompañado de la famosa “edad del burro” con todos sus bemoles. Me coge entonces la incógnita de si en ese momento no me encontraré extrañando las famosas fiestas infantiles…

jueves, 9 de octubre de 2014

Poner en palabras...


Las palabras no nacen con nosotros. Nuestros padres -o figuras paternas- nos van presentando el mundo a medida que vamos creciendo y vamos aprendiendo que los objetos pueden ser nombrados. Así, decía un psicólogo muy antiguo llamado Wundt, un objeto que reúne unas ciertas características físicas (largo, oblongado, amarillo, etc.), con el cuál se interactúa de una forma específica (se lo puede pelar, oler, comer) y que provoca ciertas respuestas (gusto agradable, morder, tragar, satisfacción...), puede ser conocido (apercibido) con una etiqueta, en este caso "banana" (el ejemplo es mío, no de Wundt ;-) ).

Como seres humanos, hemos desarrollado un lenguaje (y ni siquiera unos, sino varios) para poder nombrar al mundo. Mamá y papá nos enseñan cómo, en nuestra cultura, se nombra algo: la gorra (objeto que cubre la cabeza), sin embargo puede ser llamada "viscera", "casco", .... Eso da lugar a jocosas confusiones y juegos de palabras, en un mismo idioma, entre personas de diferentes orígenes que se entretienen con las acepciones idiomáticas de términos como "coger" "tirar" "comer"...

No quiero hablar de eso sin embargo...

Quiero hablar de lo que, en diferentes idiomas y en diferentes culturas, es difícil de poner en palabras...

Un objeto es un objeto y una vez que nos ponemos de acuerdo en una manera de nombrarlo podemos nombrarlo de esa manera. Así, si les muestro una banana y les digo que se llama "chimbuchí", basta con que estemos de acuerdo con la nomenclatura, siempre que quieran ese  objeto, bastará con pedir un "chimbuchí"...

Pero ¿qué pasa con los estado subjetivos? ¿Qué pasa con las emociones, los sentimientos, los pensamientos más profundos?

Comencemos por lo más fácil... Los pensamientos... ¿Pensamos con palabras? Quiero arrancar con experiencias cotidianas: ¿Cuántas veces nos hemos quedado con la "palabra en la punta de la lengua"? ¿Cuántas veces mis estudiantes me han dicho "profe, sí me sé, pero no sé como decirle?" . El poeta sabe bien que no hay diccionario suficiente para encontrar la palabra precisa ante lo que siente: no es “amor”, no es “ilusión”, no es “pasión”, no es “ternura”... es un "no-sé-qué....": no hay palabra para expresarlo

Es que el pensamiento, como decía Vigotsky (o al menos así lo entendí yo), carece de palabras.  El niño pequeño no posee vocabulario, pero no por ello deja de "pensar" en términos de captar el mundo, de sentir emociones, de interactuar con él desde su individualidad... Las palabras se van "injertando" sobre lo que siente en el contacto con el ambiente.... Si se siente "mal", a veces se lo llama "ira" , otras "frustración", "enojo", "tristeza" ,"enfado", "melancolía" , "nostalgia"…

¿Cómo conocer la diferencia entre todos estos estados?

Creo que todo depende del contexto en el que crece la persona.  Seguramente mientras más complejo el contexto,  más diferenciación: en pocas, si se crece en un medio muy intelectual, se puede diferenciar los matices de la emoción; si se crece en un medio más sencillo, todo lo que se sienta como un matiz de "algo" podrá ser llamado "ira", o "tristeza", algo muy genérico. O si se crece en una familia muy expresiva, los padres habrán ayudado  a diferenciar matices emocionales; por el contrario  si la familia tenía un "handicap" emocional tal vez el individuo nunca será capaz de nombrar lo que siente, ni entender las emociones en los demás...


Como somos una especie muy "visual" (la visión es el sentido más desarrollado en los primates para su supervivencia), ayuda muchísimo en la infancia asociar lo que se siente con colores... Hace un tiempo fui a una conferencia de un psicólogo jungiano, Gonzalo Himiob y él hacía énfasis en las asociaciones que hacemos entre las emociones, situaciones, sentimientos... y los colores. El rojo por ejemplo significa vida: la pasión, la sangre, el enamoramiento (hay que pensar mucho antes de regalarle a alguien rosas rojas, por ejemplo...).  El azul claro, por el contrario, es un color frío que asociamos con lo higiénico, el hielo, el aire, lo liviano, lo etéreo... no en vano los productos "light" siempre vienen en esos tonos... El azul obscuro es el color de lo triste: anuncia la noche, el reposo eterno: por eso hay un género musical llamado "blues"....

And so on. El feng-shui también recoge la gama cromática  y asocia los colores Yin (rojo y naranja, por ejemplo) a lugares y momentos (como el lugar de trabajo, salas, comedores) y los colores Yang (verde, azul...) a otros lugares y momentos (los de reposo como el baño, el dormitorio...). Se piensa que los colores yin inducen a la acción y los yang a la pasividad, por ello se aconseja que se use el tono adecuadamente en función del espacio. Pensemos en los fast-foods... ¿qué tonos tienen?. ¿Será que un Mac Donald's verde pastel vende igual que el actual, rojo y amarillo?

No quiero hablar de marketing sin embargo, solo ilustraba cómo los colores se asocian cultural o espiritualmente  a acciones y sentimientos, tal vez antes que las palabras...

Las  palabras, evolutivamente, vienen después. Por eso a veces asociamos el sentimiento al color más que a la palabra y tenemos el amor rosado, la pasión carmín, la muerte concha de vino, la salud blanca, el duelo profundo negro, el "monday blues"...

Poner en palabras... es todo un proceso. No nos asombremos si no lo logramos  todo el tiempo. ¡Solo hay que estar conscientes de ello! Y si no encontramos la palabra precisa... siempre podemos usar un color :-)

lunes, 6 de octubre de 2014

Relaciones fugaces


El miedo es el hermano mayor del amor, dice Diego Ojeda en una de sus canciones…

Mientras más edad tenemos, más miedo hemos acumulado a amar. Nos hemos metido en relaciones que terminaron por razones diversas, inmadurez, infidelidad, porque dejamos de amar o dejaron de amarnos, nos han fallado, manipulado, robado los sueños, los años, la libertad, las ilusiones. Nos hemos hundido y solo hemos salido a flote asiéndonos a lo que pudimos: al orgullo, al alcohol, a los amigos, al egoísmo, al trabajo, a los hijos.

No salimos ilesos de esas relaciones, ni optimistas.  Salimos dolidos y aterrados de ver que dejamos que esto nos suceda. Renacemos de nuestras cenizas y nos decimos que no volveremos nunca a desnudarnos el alma ni ofertar el corazón en bandeja.

Nos hacemos adictos a las relaciones fugaces, esas en las que no hay enganche posible porque no le tenderemos la mano al otro, no acariciaremos su alma, no nos involucraremos con él ni él con nosotros. Así él no verá nuestro lado vulnerable y no nos hará daño. Relaciones en las cuales no terminaremos heridos, porque para que algo hiera se debe tener expectativas e involucrar sentimientos.

Qué miedo nos da cuando alguien nos hace palpitar de nuevo el corazón, cuando en el abrazo se sintió la ternura oculta y se tiene añoranzas de seguir acariciando ese cabello indefinidamente. Si eso pasa, hay que salir huyendo de inmediato, porque ya empieza a ser peligroso, ni siquiera es amor y ya sentimos que es demasiado complicado, no hay que dejarlo crecer.

Tapiada detrás del muro del miedo, permanecerá el alma frágil y dulce, dolida y temblorosa. A la espera del milagro del amor bueno, milagro que nunca ocurrirá porque no se atreverá ya a salir nunca más.

sábado, 4 de octubre de 2014

Maldita culpabilidad



Vivo llena de culpabilidad como seguramente viven un montón de mujeres... 

Llenas de culpabilidad por no llenar el rol… por no ser buenas madres por ejemplo. Por priorizar el trabajo por encima de los eventos escolares, o familiares,  o la reuniones de padres de familia….

Cada vez que voy a alguna de estas reuniones, veo a esas madres de familias “estructuradas” (las que tiene marido): o son del tipo “voy al gimnasio 3 horas al día y estoy perfecta” o del tipo “ama de casa que hace que todo funcione a la perfección”. Debo confesarles que las odio a ambas: a las unas por tener el cuerpo perfecto, bronceado y sensual, y a las otras por no tener que fingir que era tu ex el que traía la colación al pic-nic (o lo que sea ) solo porque no tuviste el tiempo de pasar a la maldita tienda para comprar algo… durante noches enteras he ideado planes macabros para matar a las malditas madres perfectas y siempre agradezco ser tan “whatever” al nivel mundial que el FBI no me lee… porque así no me pone en prisión…

Antes de escribir esta entrada, by the way, me prometí a mí misma que no iba a decir “maldita” hasta el final. Me maldigo por no poder sostener esta promesa… (;-) )

Mi hija se puso a llorar el otro día en su clase porque sacó “D” en historia. Hizo tal escándalo en el colegio diciendo que no quería decirme a MI  (‘’¿¿¿¿????) que la profesora le dijo que podría hablar conmigo si ella no podía. … Tuve que ir a la maldita reunión de padres de familia para que la profesora viera que soy media normal (detrás de las mechas azules y el chat porque me aburro)… ¿Cómo diablos puedo ser tan “maldita” sin querer? Lo único que le dije a Naomi es que si no sabe leer fluidamente y escribir sin faltas de ortografía, no puedo pagarle la universidad: ¿es perfeccionismo? No lo sé, pero no aguanto las faltas de ortografía y la pereza intelectual en mis estudiantes… ¿Debo ser diferente con mi hija? ¡Maldita sea!

Eso no me quita la culpabilidad…. Mi lado racional me dice que tengo razón  y mi lado no racional no me deja dormir… En tantos ámbitos…..

A mí como mujer-madre me asaltan tantas dudas…

- Como mujer-mujer: la culpabilidad  de comer golosinas cuando me despecha la vida y luego ensalada el resto de la semana para compensar… ¡Maldita sea!
- Las de la edad: no me importa lo que los demás piensen de todo, solo trato de conectarme con los demás en momento dado… Y no juzgar… ¡Maldita sea!
- Las del cargo-de-conciencia por beber demasiado: mi hígado me va a pasar factura … ¡Maldita sea!
- La del despecho de la adultez: ¿cómo sobrevivo sin alcohol a tanta payasada? … ¡Maldita sea!
- … ¡Maldita sea! La dela madre-que intenta- darse un tiempo para ella- : 
¿dónde está mi hijo/a mientras yo hago yoga o leo o estoy con alguien? (en esta versión ayuda mucho para calmar el cargo de conciencia que nos remuneren por la actividad: si doy un taller…. Me pagan por ello entonces puedo pagar las lecciones de batería/patinaje/ extracurriculares…) … ¡Maldita sea!

Maldita sea: hagas lo que hagas, mujer… te vas a sentir culpable…


 Las mujeres-madres no tenemos derecho a fases “egoístas”: desde el momento que el embrión se implantó, se acabó el pensar en singular: si alguien se entera que estás embarazada, se desencadena la “conserjería gratis”: lo que debes hacer, lo que no… Ya no tienes vida… ni espacio… ni tiempo…¡ el que menos te soba la panza! ¡Sin pedir autorización!!! Y no puedes decirle nada… ( Anda a ver qué pasa si le sobas la panza a una mujer no-embarazada: mínimamente te da una cachetada!)

Y debemos irnos acostumbrando: se acabaron los egoísmos. Parte del problema relacional es que las mujeres nos acostumbramos a pensar en el otro: siempre: el bebé, la amiga, el novio, ….
¡Despierten mujeres! Mientras ustedes piensa en el otro… El otro piensa en la otra… o lo otro…

Yo en lo personal tengo mis propias culpabilidades:


Culpabilidad por haber comprado la elíptica y sólo hacerla diez minutos de cuando en vez, escupiendo el corazón y sólo por el cargo de conciencia de las cuotas que tengo que pagar hasta el dos-mil- no sé cuanto… Me subo en el aparato tan poco que da vergüenza calcular la frecuencia: ¡menos mal que mi capital/deporte no depende de eso!.

Tengo mis culpabilidades más focalizadas: Culpabilidad por decir las cosas que siento… y no decirlas: en mí cohabitan dos personas, la tímida y la bruta, cuando sale la una la otra le jala las orejas… y viceversa… Cualquiera que salga = culpabilidad. La que se come los “cachitos”… y la que devenga en la pista de la Carolina…la que es feminista… y la que se “somete” sin pensar…La que escribe en el blog reivindicando… la que  con letra malísima hace poemas trasnochándose y canta “Ahora” de Alberto Plaza sin remordimientos…


En el fondo bien en el fondo no me  importa mucho lo que digo o lo que hago…Conmigo nada: ¡siempre logro levarme! Lo que realmente me hace sentir culpable son las decisiones que tomo con mi hija… Lo que le digo y lo que no, lo que le exijo y lo que “dejo ir”, a quién le presento y a quién no…. Sólo espero vivir los suficiente para sentarme con ella, adulta,  y como mujer explicarle y que me entienda como mujer, no como hija….

Alguien me preguntó por qué duermo tan poco…
Yo le respondo: ¿cómo dormir si no tengo respuestas? ¿ Cómo dormir  con tanta culpabilidad?