Las palabras no
nacen con nosotros. Nuestros padres -o figuras paternas- nos van presentando el
mundo a medida que vamos creciendo y vamos aprendiendo que los objetos pueden
ser nombrados. Así, decía un psicólogo muy antiguo llamado Wundt, un objeto que
reúne unas ciertas características físicas (largo, oblongado, amarillo, etc.),
con el cuál se interactúa de una forma específica (se lo puede pelar, oler,
comer) y que provoca ciertas respuestas (gusto agradable, morder, tragar,
satisfacción...), puede ser conocido (apercibido) con una etiqueta, en este
caso "banana" (el ejemplo es mío, no de Wundt ;-) ).
Como seres humanos,
hemos desarrollado un lenguaje (y ni siquiera unos, sino varios) para poder
nombrar al mundo. Mamá y papá nos enseñan cómo, en nuestra cultura, se nombra
algo: la gorra (objeto que cubre la cabeza), sin embargo puede ser llamada
"viscera", "casco", .... Eso da lugar a jocosas confusiones
y juegos de palabras, en un mismo idioma, entre personas de diferentes orígenes
que se entretienen con las acepciones idiomáticas de términos como
"coger" "tirar" "comer"...
No quiero hablar de
eso sin embargo...
Quiero hablar de lo
que, en diferentes idiomas y en diferentes culturas, es difícil de poner en
palabras...
Un objeto es un
objeto y una vez que nos ponemos de acuerdo en una manera de nombrarlo podemos
nombrarlo de esa manera. Así, si les muestro una banana y les digo que se llama
"chimbuchí", basta con que estemos de acuerdo con la nomenclatura,
siempre que quieran ese objeto, bastará con pedir un "chimbuchí"...
Pero ¿qué pasa con
los estado subjetivos? ¿Qué pasa con las emociones, los sentimientos, los
pensamientos más profundos?
Comencemos por lo
más fácil... Los pensamientos... ¿Pensamos con palabras? Quiero arrancar con experiencias cotidianas: ¿Cuántas veces nos hemos quedado con la
"palabra en la punta de la lengua"? ¿Cuántas veces mis estudiantes me
han dicho "profe, sí me sé, pero no sé como decirle?" . El poeta sabe
bien que no hay diccionario suficiente para encontrar la palabra precisa ante
lo que siente: no es “amor”, no es “ilusión”, no es “pasión”, no es “ternura”... es un "no-sé-qué....": no hay palabra para expresarlo
Es que el pensamiento,
como decía Vigotsky (o al menos así lo entendí yo), carece de palabras. El niño
pequeño no posee vocabulario, pero no por ello deja de "pensar" en
términos de captar el mundo, de sentir emociones, de interactuar con él desde
su individualidad... Las palabras se van "injertando" sobre lo que siente en el contacto con el ambiente.... Si se siente "mal",
a veces se lo llama "ira" , otras "frustración",
"enojo", "tristeza" ,"enfado", "melancolía"
, "nostalgia"…
¿Cómo conocer la
diferencia entre todos estos estados?
Creo que todo
depende del contexto en el que crece la persona. Seguramente mientras más complejo el
contexto, más diferenciación: en
pocas, si se crece en un medio muy intelectual, se puede diferenciar los matices
de la emoción; si se crece en un medio más sencillo, todo lo que se sienta como un
matiz de "algo" podrá ser llamado "ira", o
"tristeza", algo muy genérico. O si se crece en una familia muy
expresiva, los padres habrán ayudado a diferenciar matices emocionales; por el contrario si la familia tenía un "handicap" emocional tal vez el individuo nunca será capaz de nombrar lo que siente, ni entender las emociones en
los demás...
Como somos una
especie muy "visual" (la visión es el sentido más desarrollado en los
primates para su supervivencia), ayuda muchísimo en la infancia asociar lo que
se siente con colores... Hace un tiempo fui a una conferencia de un psicólogo
jungiano, Gonzalo Himiob y él hacía énfasis en las asociaciones que hacemos entre las
emociones, situaciones, sentimientos... y los colores. El rojo por ejemplo significa vida: la pasión,
la sangre, el enamoramiento (hay que pensar mucho antes de regalarle a
alguien rosas rojas, por ejemplo...). El azul claro, por el contrario, es un color frío que
asociamos con lo higiénico, el hielo, el aire, lo liviano, lo etéreo... no en
vano los productos "light" siempre vienen en esos tonos... El azul
obscuro es el color de lo triste: anuncia la noche, el reposo eterno: por eso
hay un género musical llamado "blues"....
And so on. El
feng-shui también recoge la gama cromática y asocia los colores Yin (rojo y naranja, por ejemplo) a lugares y momentos (como el lugar de trabajo,
salas, comedores) y los colores Yang (verde, azul...) a otros lugares y
momentos (los de reposo como el baño, el dormitorio...). Se piensa que los
colores yin inducen a la acción y los yang a la pasividad, por ello se
aconseja que se use el tono adecuadamente en función del espacio.
Pensemos en los fast-foods... ¿qué tonos tienen?. ¿Será que un Mac
Donald's verde pastel vende igual que el actual, rojo y amarillo?
No quiero hablar de
marketing sin embargo, solo ilustraba cómo los colores se asocian cultural o
espiritualmente a acciones y
sentimientos, tal vez antes que las palabras...
Las palabras,
evolutivamente, vienen después. Por eso a veces asociamos el sentimiento al color más que a la palabra y tenemos el amor rosado, la pasión carmín, la muerte concha de vino, la salud blanca, el duelo profundo negro, el
"monday blues"...
Poner en palabras... es
todo un proceso. No nos asombremos si no lo logramos todo el tiempo. ¡Solo hay que estar conscientes de ello! Y si
no encontramos la palabra precisa... siempre podemos usar un color :-)
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