jueves, 9 de octubre de 2014

Poner en palabras...


Las palabras no nacen con nosotros. Nuestros padres -o figuras paternas- nos van presentando el mundo a medida que vamos creciendo y vamos aprendiendo que los objetos pueden ser nombrados. Así, decía un psicólogo muy antiguo llamado Wundt, un objeto que reúne unas ciertas características físicas (largo, oblongado, amarillo, etc.), con el cuál se interactúa de una forma específica (se lo puede pelar, oler, comer) y que provoca ciertas respuestas (gusto agradable, morder, tragar, satisfacción...), puede ser conocido (apercibido) con una etiqueta, en este caso "banana" (el ejemplo es mío, no de Wundt ;-) ).

Como seres humanos, hemos desarrollado un lenguaje (y ni siquiera unos, sino varios) para poder nombrar al mundo. Mamá y papá nos enseñan cómo, en nuestra cultura, se nombra algo: la gorra (objeto que cubre la cabeza), sin embargo puede ser llamada "viscera", "casco", .... Eso da lugar a jocosas confusiones y juegos de palabras, en un mismo idioma, entre personas de diferentes orígenes que se entretienen con las acepciones idiomáticas de términos como "coger" "tirar" "comer"...

No quiero hablar de eso sin embargo...

Quiero hablar de lo que, en diferentes idiomas y en diferentes culturas, es difícil de poner en palabras...

Un objeto es un objeto y una vez que nos ponemos de acuerdo en una manera de nombrarlo podemos nombrarlo de esa manera. Así, si les muestro una banana y les digo que se llama "chimbuchí", basta con que estemos de acuerdo con la nomenclatura, siempre que quieran ese  objeto, bastará con pedir un "chimbuchí"...

Pero ¿qué pasa con los estado subjetivos? ¿Qué pasa con las emociones, los sentimientos, los pensamientos más profundos?

Comencemos por lo más fácil... Los pensamientos... ¿Pensamos con palabras? Quiero arrancar con experiencias cotidianas: ¿Cuántas veces nos hemos quedado con la "palabra en la punta de la lengua"? ¿Cuántas veces mis estudiantes me han dicho "profe, sí me sé, pero no sé como decirle?" . El poeta sabe bien que no hay diccionario suficiente para encontrar la palabra precisa ante lo que siente: no es “amor”, no es “ilusión”, no es “pasión”, no es “ternura”... es un "no-sé-qué....": no hay palabra para expresarlo

Es que el pensamiento, como decía Vigotsky (o al menos así lo entendí yo), carece de palabras.  El niño pequeño no posee vocabulario, pero no por ello deja de "pensar" en términos de captar el mundo, de sentir emociones, de interactuar con él desde su individualidad... Las palabras se van "injertando" sobre lo que siente en el contacto con el ambiente.... Si se siente "mal", a veces se lo llama "ira" , otras "frustración", "enojo", "tristeza" ,"enfado", "melancolía" , "nostalgia"…

¿Cómo conocer la diferencia entre todos estos estados?

Creo que todo depende del contexto en el que crece la persona.  Seguramente mientras más complejo el contexto,  más diferenciación: en pocas, si se crece en un medio muy intelectual, se puede diferenciar los matices de la emoción; si se crece en un medio más sencillo, todo lo que se sienta como un matiz de "algo" podrá ser llamado "ira", o "tristeza", algo muy genérico. O si se crece en una familia muy expresiva, los padres habrán ayudado  a diferenciar matices emocionales; por el contrario  si la familia tenía un "handicap" emocional tal vez el individuo nunca será capaz de nombrar lo que siente, ni entender las emociones en los demás...


Como somos una especie muy "visual" (la visión es el sentido más desarrollado en los primates para su supervivencia), ayuda muchísimo en la infancia asociar lo que se siente con colores... Hace un tiempo fui a una conferencia de un psicólogo jungiano, Gonzalo Himiob y él hacía énfasis en las asociaciones que hacemos entre las emociones, situaciones, sentimientos... y los colores. El rojo por ejemplo significa vida: la pasión, la sangre, el enamoramiento (hay que pensar mucho antes de regalarle a alguien rosas rojas, por ejemplo...).  El azul claro, por el contrario, es un color frío que asociamos con lo higiénico, el hielo, el aire, lo liviano, lo etéreo... no en vano los productos "light" siempre vienen en esos tonos... El azul obscuro es el color de lo triste: anuncia la noche, el reposo eterno: por eso hay un género musical llamado "blues"....

And so on. El feng-shui también recoge la gama cromática  y asocia los colores Yin (rojo y naranja, por ejemplo) a lugares y momentos (como el lugar de trabajo, salas, comedores) y los colores Yang (verde, azul...) a otros lugares y momentos (los de reposo como el baño, el dormitorio...). Se piensa que los colores yin inducen a la acción y los yang a la pasividad, por ello se aconseja que se use el tono adecuadamente en función del espacio. Pensemos en los fast-foods... ¿qué tonos tienen?. ¿Será que un Mac Donald's verde pastel vende igual que el actual, rojo y amarillo?

No quiero hablar de marketing sin embargo, solo ilustraba cómo los colores se asocian cultural o espiritualmente  a acciones y sentimientos, tal vez antes que las palabras...

Las  palabras, evolutivamente, vienen después. Por eso a veces asociamos el sentimiento al color más que a la palabra y tenemos el amor rosado, la pasión carmín, la muerte concha de vino, la salud blanca, el duelo profundo negro, el "monday blues"...

Poner en palabras... es todo un proceso. No nos asombremos si no lo logramos  todo el tiempo. ¡Solo hay que estar conscientes de ello! Y si no encontramos la palabra precisa... siempre podemos usar un color :-)

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