martes, 24 de febrero de 2015

La zona gris


Parece que soy muy rígida. Que tiendo a ver las cosas en blanco y negro. Dicen que eso no es bueno, que debería ser más flexible y aprender a manejarme en todas las versiones intermedias, que son las zonas grises.

Zona gris en lo moral. Que las cosas no son « o buenas o malas », que dependen del punto de vista. Que si alguien hace algo « malo » no es tan malo si eso no me afecta directamente a mí. Que si la persona implicada no hace nada, tampoco es malo porque está aceptando lo que sucede y eso es SU problema. Es bueno lo que me beneficia directamente a mí y malo lo que no. ¿Bien o  Mal absolutos? Nunca, de ninguna manera… solo una tonalidad de gris según el cristal desde el que miramos o el rol que jugamos. Y además podemos cambiar de lado cuando se nos antoje : ventajas de la zona gris.

Zona gris en la ley. ¿No oímos constantemente a los abogados decir que hay « libre interpretación en lo legal» ? Para cada abogado defensor su cliente tiene la ley de su lado. Se defiende hasta lo indefendible. La mediación en derecho aprendió a navegar en la zona de gris, lo cual se justifica en muchos casos pero ¿en todo ? ¿Podemos hacer mediación inclusive en casos de abuso sexual y de incesto ? Aparentemente la ley es tan gris que permite mediar hasta con la salud mental de un niño violado. ¡No hay que ser radicales ! Hay que aprender a ver el matiz.

Zona gris en las relaciones  sociales. La persona no nos cae bien, pero debemos saludarle porque nunca sabemos en qué momento la vamos a necesitar. Nos sentamos en la misma mesa y compartimos con ella, aunque  lo único que haremos después es hablar mal en la primera ocasión. ¿Hipocresía ? ¡No no no,  no se debe usar esa palabra ! Esa es para los ven el mundo de manera dual. Aquí, simplemente, estamos en otro tono de gris.


Zona gris en las relaciones de pareja.  Ya no hay parejas monogámicas y monoafectivas. Ahora hay cien mil matices de gris en esto : relaciones abiertas, amigos con derechos, amigovios, sexfriends, vaciles, revuelques, relaciones puertas afuera, « culitos  que se me ofrecen », la « regalada », el « alterno », tenemos que swinguear de vez en cuando y hasta estar de tres por si acaso nos guste. Con tanto matiz… hay que ser bruto para querer una relación única con la misma persona.  ¡Qué pereza y qué poco diverso ! ¿Por qué conformarse con un solo tono ?

Zona gris en las relaciones sexuales. Resulta que todo es aceptable a este nivel también, si no,  no tenemos la mente abierta y somos, por lo bajo, unos aburridos. « Todo » incluye : el sado masoquismo, el sexo por todos los agujeros del cuerpo, la experimentación desenfrenada, todo tipo de perversiones, la pornografía, sacarse fotos, filmarse… Ser « puta » en voz alta está condenado, pero hay que saber hacerlo todo en la intimidad y además, disfrutarlo. ¡Cuidado con no ser así en el tema sexual ! : es salirse de la zona de gris.

Para mí, no sé muy bién el por qué, la zona de gris no es una opción válida. Es la zona del no tomar decisiones, del no afrontar las consecuencias, del no comprometerse, del no ser yo. Es la zona en donde todo puede suceder, y al mismo tiempo no pasa nada, porque visto desde otro ángulo de gris TODO es aceptable. Es la zona en la que el pedófilo abusa de la niña pero le entendemos y le liberamos porque tuvo una infancia infeliz, y además a los dieciseís la víctima no era tan niña. Es la zona en la que brindamos a la salud de alguien y en el fondo deseamos que se muera, pero no es grave porque no lo decimos frontalmente. Es la zona en la que pecamos, pero todo se resuelve con algún ritual religioso programado periódicamente. Es la zona en la que justificamos el acoso de un hombre casado diciendo « pobrecito, tal vez se enamoró». La zona en la que me acuesto con alguien y al día siguiente me levanto con un mal sentimiento pero no importa, se me borra en seguida porque estoy «experimentando ». En la que el novio chantajea a la novia con publicar las fotos que ella, complaciente, se dejó sacar en la intimidad y en la que condenamos a la « tonta» no por haber dejado que esto pase sino porque fué tan estúpida que ahora todo el mundo lo sabe. La zona en la que me quedo con el marido que no amo porque « la cosa no va tan mal », la zona en la que acepto que me digan algo hiriente y no cortar la conversación « porque eso no se hace o no quiero herir ». La zona en la que acepto lo-que-sea por-cualquier-razón. La zona en la que dejo de ser un individuo con mis ideas, mis aspiraciones, mis deseos, mi locura blanco y negro, porque el mundo me vende por todo lado « la Zona Gris ».

Y ahora que están de moda las  « 50 sombras de Grey », aprovecho para decir que yo hubiera traducido el título como « Cincuenta matices de gris ». Y ni me leeré el  libro ni veré la película : es que soy media daltónica,  solo veo lo blanco y lo negro. Capaz que no veo nada y gasto en vano mi dinero, porque no percibo los tonos de gris, ni en las imágenes, peor entre entre líneas.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Amor platónico

La Mayri tiene un admirador, Don Mario,  cliente que viene frecuentemente a su negocio, y que, como ella, está casado. Ella le vende los tereques de su tienda y le sonríe como a todos los que “le hacen el gasto”; mientras él le compra el pan, intercambian comentarios sobre el tiempo, el barrio, las noticias de la comunidad. A través de los años, poco a poco Don Mario se ha atrevido a hacerle comentarios sobre su cabello, lo joven que se la ve y lo dichoso que debe ser su marido. La Mayri se sonríe y se ruboriza un poco al escucharle. A veces, Don Mario hasta se atreve a despedirse besándole la mano. En esos momentos, y aunque la Mayri es muy católica y cien por ciento fiel a su esposo, siente su corazón palpitar un poco más rápido… A ratos hasta se sorprende a ella misma esperando su llegada, porque conoce sus rutinas: los lunes y miércoles viene por el pan, y a veces también el viernes cuando su esposa no ha hecho la compra en el súper y necesitan además de pan, cualquier cosita que les haga falta en la refri.

Don Mario también espera con ansia estos encuentros en la semana, que anticipa con dedicación: esos días escoge siempre la más bonita de sus corbatas, cuidando de no repetirse muy seguido el terno, no vaya ella a pensar que es un muerto de hambre poco elegante. El ama a su esposa pero a veces suspira pensando por qué el destino hizo que conociera a Doña Mayri cuando ambos tenían ya la vida trazada…

Hace más de diez años que los conozco y cuando me los topo en la tienda de la Mayri, no puedo evitar sonreír y sentirme conmovida por la ilusión que veo en ellos. Siempre espero a que hayan terminado su ritual, en parte porque quiero observarles y entender su dinámica, y en parte porque no quiero interrumpir ese momento que a cualquiera le parecería trivial pero que está lleno de simbolismo para ambos. Si se pudiera graficar un encuentro así, debería dibujar el reflejo del uno en la mirada del otro, y viceversa…

Son amores platónicos. Ella nunca dejará su hogar ni él el suyo. Decirles que en el fondo están enamorados sería como pinchar con una agujeta gigante esa burbuja brillante que se creó entre ellos durante estos años. Ninguno dará el paso: ni ella le preguntará nunca por sus intenciones ni él cruzará la línea invisible que traza la frontera entre la mano que besa a veces y el territorio desconocido más allá.

No puedo evitar encontrar esto enternecedor. El amor platónico está cargado de ilusión y espera, de conquista y emoción: recuerda mucho a la fase de enamoramiento, fase en la que cada uno se esfuerza en mostrarse de la mejor manera, en la que la distancia se mide en unidades absurdas, como los centímetros que separan mis manos de las del amado, respirar el mismo aire, o tenerlo al alcance de la vista.

Con la ventaja de que este sentimiento nunca acaba en el amor platónico, porque nunca se da el paso siguiente. En el caso de la Mayri y Don Mario, este sería tétrico: dos hogares destruidos, mucha gente infeliz… Y súbitamente, el amor platónico degradado a simple romance sórdido entre casados y chisme en el barrio.

El amor platónico tiene también la ventaja de un desequilibrio increíble en la balanza ilusión-decepción. La ilusión se alimenta en los espacios de separación, en las ensoñaciones recíprocas, en la preparación del encuentro. No tiene que luchar con la cotidianidad, los malos genios del despertar en las madrugadas, la realidad de los dolores físicos y enfermedades, de lo difícil que es encontrar dinero para pagar los préstamos, las pensiones de los chicos, las hipotecas. Es un amor que no desviste y no ve las imperfecciones, ni las del cuerpo, ni las del alma. No hay decepción, salvo aquella que viene del encuentro frustado.

Por si fuera poco, Doña Mayri y Don Mario tienen el “plus” romántico de no poder  estar juntos porque las circunstancias externas los separan… una versión siglo veintiuno de las tragedias antiguas. Así, ninguno está ni siquiera tentado de plasmar la fantasía en acto: no hay el estrés de dar el paso de arriesgarse, ni el lamentar el no haberlo hecho. El amor platónico puede perdurar intacto.

Es que toda la satisfacción está en la posibilidad, más que en la realidad, en ese “le gusto pero no sé a ciencia cierta cuánto”me emociono pero tal vez no es tan real, pero si no le gusto no pasa nada” “le coqueteo pero no me arriesgo”. Es que el amor platónico no necesita certezas y  se alimenta de poco, de una mirada, de un roce, de una palabra interpretada en un contexto de intimidad momentánea… o sea, de nada “o casi nada, que no es lo mismo pero es igual” (como diría Silvio).

Para los fanáticos del amor consumado, esto puede ser insuficiente. Algunos incluso pensarán que hay algo de “borderline psicótico” en la descripción que hago, en este vivir en la fantasía e interpretar la realidad en función de ella. Tal vez haya algo de cierto en eso… pero en el reverso de la medalla está todo aquello que ya he descrito y algo más: la libertad.

Es que no hay posesión en estas relaciones: se sabe que el otro no es mío. No hay acuerdos, ni compromisos, ni expectativas, ni celos, ni exigencias de lo que el otro supuestamente debe dar y lo que supuestamente debemos recibir…

Esta reflexión la hago en las vísperas de San Valentín, fecha en la que aquellos que no tienen pareja tradicional se deprimen irremediablemente frente a los que son –aparentemente- felices. Sólo con el afán de decirles que siempre es bueno salirse del pensamiento tradicional y considerar nuevas opciones … como la Mayri y Don Mario, que han encontrado la manera de perpetuar el amor indefinidamente.

¡Feliz San Valentín!

domingo, 8 de febrero de 2015

La década de las faldas

La Maga pronto cumplirá 40 años. Implacable, se mira al espejo para poder rastrear los estragos que el tiempo ha hecho en ella: obviamente, conoce cada una de sus arrugas e imperfecciones de memoria. Sabe exactamente donde están alojados los excesos de comida y bebida de los últimos años, las manchas de los bronceados sin crema solar, las estrías de los engordes y enflaquecimientos, la celulitis, los colgajos de piel... Con mirada crítica recorre hasta la punta de sus pies y suspira por otras épocas en las cuales el ideal femenino era la mujer rebosante de llantitas y en las que la moda permitía esconderlo todo porque mostrar demasiada piel era algo indecente. Y eso que no está tan mal a lo que parece, ya que alguno de sus pretendientes de la adolescencia le dijo hace poco que estaba “bien conservada”, lo cual en ese momento no le impactó pero ahora, con los cuarenta en perspectiva,  le suena como el comentario que haría alguien en un museo al ver a una momia disecada.

Sabe muy bien que el tiempo no puede ser revertido y que esto es un proceso natural, pero eso no le ha impedido sentirse terriblemente mal al mirarse al espejo desde hace ya varios años; cada día le ha costado más amar esa imagen de sí que se aleja irremediablemente de lo que se considera atractivo.

El fatídico día del cambio de dígitos acaba por llegar. Contra toda expectativa, en lugar de quedarse tendida y moreliar, se levanta temprano con un ánimo renovado, una fuerza que no sentía hace tiempo: algo ha cambiado.

Es que desde hace algunos días ha venido manteniendo una conversación recurrente sobre el envejecer con un amigo muy especial; ha hablado de ello en terapia, meditado sobre el mismo tema en el yoga. Se ha desvelado, enojado, llorado… y por fin ha tomado una decisión al respecto: ha  resuelto por lo menos intentar verse con otros ojos, dejar de ser tan dura con ella  misma y darse una  segunda oportunidad. Está dispuesta a adornar ese cuerpo que no le gusta desde su adolescencia y a amarlo tal como es. A ponerse falda y mostrar esas piernas que odia desde los doce.  Esas piernas que ve demasiado gordas son las mismas que le permiten ciclear los domingos y tener ese sentimiento de libertad que le viene cuando el viento le azota la cara y su ruido oculta el tinnitus que le acompaña desde su nacimiento. Esos brazos demasiado redondos son en realidad tiernos y fuertes: con ellos ha reconfortado en el abrazo y cargado las compras sin que desfallezcan los cuatro pisos para arriba…



Con este tipo de pensamientos en mente se prepara para afrontar la nueva década: toma una ducha y una vez desayunada, sale a la calle y avienta un taxi. Las siguientes horas las pasará recorriendo animada las tiendas del barrio chino local, acalorada por el sol y el trajín, los brazos cargados de fundas y en su corazón una como llamita que empieza a iluminar su alma. 

miércoles, 4 de febrero de 2015

Nirvana ¡ahora!


Empecé a trabajar en el año 1999, año en el que nadie preveía que se vendría la peor crisis económica en el Ecuador. Recién llegada de Lovaina, con el diploma de la maestría fresquito bajo el brazo, pensé que venía a comerme el mundo y que las puertas no sólo se me abrirían de par en par, sino que la sociedad quiteña caería rendida ante mi saber  y me extenderían un tapiz rojo en las instituciones públicas y privadas  para poder beneficiarse de mi ciencia. No fue tan fácil, ni tan así como me lo imaginaba, pero en realidad poco tiempo después conseguí un trabajo en una ONG co-financiada por el estado, en el que me pagaban un sueldo muy respetable: 4 millones de sucres por hacer lo que me encantaba, terapia con niños maltratados y abusados sexualmente. Estaba, literalmente, en las nubes….

Si no creen en la magia, es que no vivieron esta crisis económica. Porque a mí me quedó claro que todo puede pasar cuando ví que mis "millones"  se transformaban en pocas semanas en... 250 dólares. Mi caso no es desde lejos el peor que hubo en ese momento. Vimos todos en la televisión el drama que vivieron miles de hogares de ecuatorianos, cuyas deudas en dólares se volvieron impagables, cuyos ahorros se esfumaron en los bancos como el conejo en el sombrero, cuyas pensiones jubilares se parecían a mi sueldo sin el cero detrás… Después de todo, mi situación fué de las mejores:  tenía 25 años, buena salud, título universitario y no debía mantener a nadie. Ni siquiera me quejé. Es que entendí enseguida que no era la actitud frente a este hecho dramático.

Sorprendentemente, y concordante con este sentir personal, 1999 es un año en que la gente decidió no dejarse ganar por el pesimismo: en este año se registró una baja de suicidios en el Ecuador. Los sociólogos se  lo explican con dificultad, y si bien todo fenómeno es multifactorial,  yo creo que una de las explicaciones va en la línea de mi experiencia particular.

Cuando era pequeña, mis padres no tenían dinero como para darnos todos los lujos, juguetes y demás cosas que deseábamos. Creo que no me puedo quejar porque tuve un techo, comida suficiente, educación, vestimenta y algo que definitivamente era un lujo: cada dos años viajábamos a Europa por el trabajo de mi papá. En ese momento, nunca percibí que por todo esto yo ya era una privilegiada. Mis padres no nos dieron demás, y lo que nos daban estaba ligado al esfuerzo, no sólo al existir y ser lindos, sino a aquello extra que podíamos dar de nosotros mismos. ¿A qué me refiero? Pues a dar más de la norma: si las notas de toda la libreta estaban por encima de 18, había un premio; si no llorábamos durante la inyección, recibíamos un peluche. No había premios por hacer las cosas normalmente, ni siquiera por hacerlas bien, peor por hacer lo que era nuestro "deber"…había que hacer algo por encima de lo "normal" para recibir algo "extra".

¿Frustante? ¡No lo voy  a negar! ¿Que se sufría? Sí, claro… Pero obtener algo excepcional demandaba un esfuerzo adicional.

¿Por qué hablo de esto hoy? Porque creo justamente que en el 99 la realidad nos dio tal cachetada a todos que nos aterrizó al mundo real, al mundo en el que si no se hacía algo más, la deuda no se pagaba, el almuerzo no llegaba, la operación no era posible, el abuelo se moría sin su medicamento, el bebé no tenía pañales. Todos nos pusimos a trabajar como locos, de lo que fuera, sin hacer remilgos; de la noche a la mañana, yo tenía cuatro trabajos:  el de la ONG, profesora universitaria, la consulta y también…guía turística en el Centro de Quito. Ese año, no sólo yo, sino cientos de miles de ecuatorianos dejamos de “moreliar porque no recibíamos lo que merecíamos” y luchamos por obtener lo que necesitábamos.

Ahora, 15 años después de este asunto, con una situación económica estable y buena por más que no nos guste el estilo del gobierno, estamos de nuevo en la versión "morelia". A diario, los adultos que me rodean no paran de quejarse y de exigir más de lo que se merecen: apenas se los contrata, quieren salario tope por su "genialidad" (no comprobada), una oficina equipada con máxima tecnología, muebles de alto diseño, iluminación natural y si es posible, vista al mar. Mientras obtienen lo que en muchos casos no merecen, se quejan sobre lo mal que estamos, lo mal que va el país, el gobierno, su trabajo, sus subalternos, blablabla. 

En la gente jóven esto es peor: como eran muy pequeños en la época de la crisis, no palparon la realidad del sobrevivir; además, crecieron en una época de "derechos de los niños" y de culpabilidad parental compensada con regalos. Resultado: una juventud mayoritariamente conformada por chicos y chicas que creen que el mundo debe adaptarse a sus necesidades: pupitres ergonómicos, temperatura constante en el aula, novios complacientes, relaciones sin esfuerzo ni compromiso. Nadie quiere luchar por nada. Si el título profesional viniera en las cajitas de Cornflakes creo que ni se inscribirían en la universidad; todos quieren ganar dinero lo más pronto posible como único objetivo y ser felices sin tener que moverse un milímetro de su burbuja de confort. El Nirvana ¡ahora!,  como decía Maslow hace ya algunos años.

Ya no se tolera la frustración ni se valora el esfuerzo: el que se adapta a la realidad es un "conformista" y el que se esfuerza, un "tonto". La profesión no se escoge por vocación sino por dinero y éxito, nadie se involucra en relaciones sentimentales sin poder una dosis extrema de análisis sobre la "inversión" (en términos de tiempo, dinero, ganancias y beneficios); todo es un objeto intercambiable en el trueque de la vida para obtener más placer: la pareja puede ser cambiada mañana por otra "mejor", el trabajo es solo un medio para hacer lo que realmente "vale la pena" (viajar, tener ropa cara, un auto, casa), los amigos no son amigos sino relaciones...

Ya ni siquiera quiero cuestionar la autenticidad de este plan de vida de mucha gente en la actualidad; únicamente quiero reflexionar sobre la falta de introspección que hay en el momento que algo sale mal : ahí, irremediablemente se echa la culpa al que se puede. A los padres, por su educación, al gobernante por sus malas decisiones, a los profesores por su mediocridad al enseñar, a la pareja por el fracaso, a los amigos por su falsedad.

Nadie se mira en el espejo ni cuestiona su actuar en el proceso. Nadie se pregunta: ¿no seré yo el que contribuyó a esta situación, por "acción, obra u omisión"?

Es que para hacerlo, hay que haber ido a la "otra escuela". Esa en la que se enseñaba que había que hacer lo mejor siempre, así fuera difícil y doliera,  cuestionándonos si no se podrían hacer las cosas aún mejor, aceptando las oportunidades que se presentaban sin que importara el dinero, sólo por el aprendizaje,   escogiendo poco a poco un camino que nos llevaría no necesariamente a dónde nos imaginábamos sino a un futuro que se construía a punta de voluntad... Una escuela en la que no se nos enseñó a creer que nos merecíamos lo que obteníamos, sino a agradecer en silencio que la vida fuera tan generosa con nosotros. Una escuela en la que el seguir trabajando duro para que la realidad mejorara era el único lema y no se aceptaba el esperar que alguien más lo hiciera ni se asumía que la queja contemplativa sería suficiente para cambiar nada.

Una escuela en la que se nos enseñó que el Nirvana vendría (tal vez y dependiendo de lo que hubiésemos construido)...  no ahora, sino después.

Cuando hubiéramos hecho algo tan excepcional que mereciéramos obtenerlo.