La Maga pronto cumplirá 40 años. Implacable, se mira al
espejo para poder rastrear los estragos que el tiempo ha hecho en ella: obviamente,
conoce cada una de sus arrugas e imperfecciones de memoria. Sabe exactamente
donde están alojados los excesos de comida y bebida de los últimos años, las
manchas de los bronceados sin crema solar, las estrías de los engordes y
enflaquecimientos, la celulitis, los colgajos de piel... Con mirada crítica
recorre hasta la punta de sus pies y suspira por otras épocas en las cuales el
ideal femenino era la mujer rebosante de llantitas y en las que la moda
permitía esconderlo todo porque mostrar demasiada piel era algo indecente. Y
eso que no está tan mal a lo que parece, ya que alguno de sus pretendientes de
la adolescencia le dijo hace poco que estaba “bien conservada”, lo cual en ese
momento no le impactó pero ahora, con los cuarenta en perspectiva, le suena como el comentario que haría alguien
en un museo al ver a una momia disecada.
Sabe muy bien que el tiempo no puede ser revertido y que
esto es un proceso natural, pero eso no le ha impedido sentirse terriblemente
mal al mirarse al espejo desde hace ya varios años; cada día le ha costado más amar
esa imagen de sí que se aleja irremediablemente de lo que se considera
atractivo.
El fatídico día del cambio de dígitos acaba por llegar. Contra
toda expectativa, en lugar de quedarse tendida y moreliar, se levanta temprano con
un ánimo renovado, una fuerza que no sentía hace tiempo: algo ha cambiado.
Es que desde hace algunos días ha venido manteniendo una
conversación recurrente sobre el envejecer con un amigo muy especial; ha
hablado de ello en terapia, meditado sobre el mismo tema en el yoga. Se ha
desvelado, enojado, llorado… y por fin ha tomado una decisión al respecto: ha resuelto por lo menos intentar verse con otros
ojos, dejar de ser tan dura con ella misma
y darse una segunda oportunidad. Está
dispuesta a adornar ese cuerpo que no le gusta desde su adolescencia y a amarlo
tal como es. A ponerse falda y mostrar esas piernas que odia desde los doce. Esas piernas que ve demasiado gordas son las mismas que le
permiten ciclear los domingos y tener ese sentimiento de libertad que le viene
cuando el viento le azota la cara y su ruido oculta el tinnitus que le acompaña
desde su nacimiento. Esos brazos demasiado redondos son en realidad tiernos y
fuertes: con ellos ha reconfortado en el abrazo y cargado las compras sin que desfallezcan
los cuatro pisos para arriba…
Con este tipo de pensamientos en mente se prepara para afrontar la nueva década:
toma una ducha y una vez desayunada, sale a la calle y avienta un taxi. Las siguientes
horas las pasará recorriendo animada las tiendas del barrio chino local, acalorada
por el sol y el trajín, los brazos cargados de fundas y en su corazón una como
llamita que empieza a iluminar su alma.
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