Y yo
que creía que la evaluación de las universidades por el CES era grave, hasta
que mi mamá "mete la pata" diciendo a mi hija que es mi papá el que
compra los huevos de Pascua y los esconde en el jardín, y me encuentro frente a
sus ojos empañados de lágrimas y me siento la peor de las madres. Llorando profusamente pareciera que
me dijera "Traidora!, me has mentido durante diez años!" pero lo que en verdad me dice es "Dime la verdad: nadie existe, ni el Ratón Pérez ni
Papá Noël, ni el Conejo". Y yo trato de seguir siendo coherente conmigo
misma, en un asunto medio contradictorio en el que yo creo, que es que los
niños deben vivir la magia pero a la vez que no hay que mentirles...
Entre
la espada y la pared, improvisando
un promedio de verdad entre mis dos creencias, le digo que cada uno de
estos personajes (Ratón, Conejo, Santa Claus) escoge una persona especial para
que le ayude, porque el mundo está sobrepoblado y que el Conejo escogió a su
abuelo para el asunto de la Pascua. Cuando me dice : “y quiénes son los demás?" le miento que no conozco a
los otros "escogidos".
Hoy he
llorado mi propio desengaño mágico... Yo nunca creí en nada: mi hermana se
encargó de lanzarme la verdad muy tempranamente y mis padres nunca fueron muy
partidarios de hacernos creer en la magia. Yo extrañé esto toda mi infancia. Durante
los largo períodos en los que permanecía enferma de amigdalitis leía sin cesar
cuentos, fábulas, literatura infantil poblada de personajes fantásticos,
animales que hablaban, duendes, hadas, mundos llenos de magia en los cuales
siempre había algo más que la explicación racional para lo que sucedía.
Frente
a esto, todo el tiempo se me propuso la explicación lógica: mis padres, seres muy
letrados, lógicos, Phd's en sensatez, siempre exigían que uno argumentara lo
que decía, que se rebuscara la verdad detrás del hecho, que hubiera algo que
apoyara la reflexión. El crecer rodeada
de racionalidad no mató sin embargo mi anhelo infantil de magia, porque para
sobrevivir al desencanto de una niñez en cama y sin magia, me inventé la mía
propia.
Fui
descubriendo la magia que existe en la mitad entre la realidad física y lo fantástico. La encontré en cosas cotidianas, encerrada
en el color de las flores, en la forma armoniosa que adoptan a veces las nubes
y en el caos de las tormentas de relámpagos. En la aplastante densidad de las
montañas que nos rodean, en el sonido del océano que aplacaba mi tinnitus, en
el crujir de la nieve bajo los zapatos, en la claridad que encierra el día al
despertar y en la que se resiste al ocaso en las noches de verano. La fui
hallando en mis experiencias infantiles, en mi juventud y la sigo encontrando en mi adultez. Está oculta en los versos
de los poetas que vuelvo a leer, en la música que calza como un anillo al dedo en mis vivencias
cotidianas. La veo en los momentos especiales que la vida me depara, como el
taller que tuve con mis estudiantes hoy, y la redescubro cada día en la sonrisa
de mi hija y en los abrazos de las amigas. He
aprendido que hay magia en la ilusión de saber que algo se esconde detrás de esta
realidad tan básica que nos toca vivir cada día.
Yo
entendí así la magia pero fue todo un proceso para mí. Anhelé cada momento en el
cual se me robó la oportunidad de creer y tener fe en algo hermoso en lo cual
no tuviera que intervenir ni la acción humana, ni la lógica. Conscientemente,
decidí presentarle esta versión no-racional a los niños que estuvieran a mi cuidado, mi
sobrina, mi hija, los sobrinos que vinieron después. En mi versión de la vida,
los adultos somos los guardianes de la magia, debemos resguardarla frente a la
niñez, porque mostrarles el mundo tal cual es, sin una versión alternativa, es terrible.
Decirle a un niño “vas a sufrir”, es realista. Pero decirle: “frente a eso no vas a tener nada a lo cual aferrarte”, es crueldad. El mundo es difícil, te maltratan, no obtienes lo que quieres. En tus relaciones vas a ser usado, abusado, te olvidarán y por último estarás solo. La vida te traerá enfermedades (que te buscaste o no), dolores irremediables y nadie estará contigo para acompañarte… ¿Debemos decirles eso a los niños?
¿No es mejor
prepararles a la adversidad, pero al mismo tiempo darles momentos de esperanza, de felicidad
profunda, de bienestar? ¿Momentos en los que creen que, más allá de la vida
real, llena de adversidades y desilusiones, existe un mundo de esperanza en el
cual alguien les va a dar cosas especiales sólo porque existen, sin ningún
esfuerzo extra? ¿No es eso lo que se espera en el amor a largo plazo, alguien
que nos quiera así no más, porque somos como somos, sin títulos, ni belleza
física, sin esfuerzos, sin condiciones idóneas, sin que representemos nada sino nuestra
propia esencia, y que nos den a cambio algo verdaderamente maravilloso: un
huevo por la Pascua, un dije, lo que sea (hasta una moneda brillante) por un diente que se cae, un regalo por Navidad, amor incondicional?
Yo
siempre he creído que los adultos
tenemos ese doble rol, el de formar en la realidad pero también el de sembrar
la magia en los niños. Hoy intenté explicarle a Naomi que no le he mentido. Que
creo profundamente que algunos adultos somos seleccionados para transmitir la
magia al mundo infantil. Pero le mentí al decirle que no soy yo el Ratón Pérez
ni papá Noël… Es que es difícil ser
el único guardián de la magia en estos días, encontrar adultos que ayuden en la
tarea (la mayoría andan muertos en vida, enfocados en hacer dinero y tener
contactos para ser exitosos). Por
ello hoy agradezco a mi Papá por ser el cómplice del Conejo de Pascua y a mi
hermano por las cartas de Papá Noel. En términos de la vida real, son unos malditos mentirosos y hasta cómplices de fraude en lo legal. Pero en términos afectivos, compartimos entre todos algo más importante: Corresponsabilidad emocional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario