jueves, 5 de noviembre de 2015

Combinar un "te amo" con un "para siempre"


“Me hubiera quedado con el primero, ¿sabes? Si las cosas se hubieran dado bien ni siquiera hubiera pensado en buscar otra pareja….”

Los ojos nublados de tristeza, mira al vacío, se pone el cigarrillo en los labios para aspirar una bocanada que lo enciende como las brasas de una chimenea  -naranja tan intenso que pienso que tal vez el calor incandescente chamusque fatalmente sus pulmones. Aliviada, veo salir por su boca una nube de humo densa como la bruma del páramo y me dice:

“En cambio… si supieras lo que vino después…”

En un frenesí de palabras entremezclado de nicotina me cuenta de sus desamores, aquellos que vinieron después del divorcio, divorcio que a su vez vino después de mil años de matrimonio y de desamores de otro tipo.

Me cuenta del aprendiz de poeta que le sedujo en el momento de mayor vulnerabilidad, al cual le regaló todo lo que estaba guardado en el cajón de sus tesoros y cuyo contenido fue vendido por e-bay en cuanto él  se dio cuenta de lo que valía.

Del motociclista  salido de Mad Max al que solo le faltaba la motocicleta… De cómo se divirtió con él pero de cómo él le hizo sentir que era la última opción en su vida, del dormirse sin conciencia bajo su techo y del despertarse en un rincón para salir corriendo antes de tener que afrontar su mirada irónica y su conversación insípida.

Del pirata del Caribe,  atractivo y gentil, que le dejó el sabor amargo de no haber sabido exactamente lo que pasó porque el sabor del alcohol se mezcló tanto con los recuerdos  que solo rememoró el aroma del vodka, y que se desvaneció de su vida conjuntamente con sus vapores al día siguiente.

Del aprendiz de brujo que resultó saber sólo hacer magia de medio minuto y que huyó al darse cuenta que lo suyo, en pocas, era menos estable que una burbuja de jabón.

Y ahora más recientemente, del desestabilizador de mundos, un aparecido sin propuestas, casado y con familia, pretendiendo robar un alma que si no se murió antes fue por puro milagro, pero que en todo caso no estaba enteramente a disposición.

Llegada a este punto en el relato, me mira con sus ojos pardos y me echa de nuevo la frase lapidaria: “Me hubiera quedado con el primero, ¿sabes? Si las cosas se hubieran dado bien, ni siquiera hubiera pensado en buscar otra pareja….”

Me impacta cómo durante toda la conversación ha logrado no atragantarse  de pasado y presente al mezclar historias amargas con nubes de tabaco.  De vez en cuando, un sorbo de café suaviza el sollozo insipiente y sigue adelante:

“Sí,  me hubiera quedado con el primero, pero no se pudo… el problema, mi querida, es que las personas van por el mundo sin conciencia de lo que desean en las relaciones. Crecimos con modelos de Disney,  pero luego resulta que no nos atrevemos a decir esas palabras tan comprometedoras, tan grandes, aunque SON las que anhelamos en el fondo de nuestro ser.

Nadie quiere usar la palabra con A mayúscula. Al mismo tiempo, la usamos para trivialidades: amo este peluche, amo mi carro…
Peor es lo otro: nadie  quiere decir PARA SIEMPRE: nos suena a atadura, a cadena perpetua…”

“…Pero en el fondo del alma” - me dice botando humo por la nariz como un dragón milenario - “anhelamos encontrar una persona que no tenga miedo de ponerse el desafío alto. Que se atreva a decir TE AMO en el momento mismo que siente esa conexión con el otro y que asuma las consecuencias de usar un verbo que equivale al champán o al vino que reservamos para las ocasiones especiales. Una persona que se da cuenta de lo poco usual que puede ser algo y lo desea tanto que quiere extender el tiempo para que no desaparezca. Una persona que se atreva a verbalizar lo imposible, la promesa más difícil de sostener porque se trata de jugarle una trampa no solo al tiempo sino al espacio y a las definiciones, a las transformaciones y a las dudas, un juego en el que no poseemos ninguna certeza pero en el que apostamos lo que no poseemos: la eternidad.”


Sus palabras me han transportado a una noche… Esa en la que me despierto y siento  la respiración pesada del hombre que amo a mi lado y que me ama con sincera reciprocidad. Madrugada en la que agradezco el privilegio de existir y me vuelvo a dormir,  en la que él pone sonidos que arrullan: pájaros, lluvia, bosque húmedo… y cierro los ojos y ya no sé si lo que sueño es la realidad o si lo que vivo es un sueño.

Ella, con una mirada socarrona y encendiendo un nuevo tabaco con la enésima colilla, me dice:

“Tú me entiendes: me hubiera quedado con el primero si él hubiese sabido combinar en la misma frase un te amo,  con un para siempre”.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Mezclar peras con papas (O de "Hacer el amor" vs. "Tener sexo")



Ya nadie quiere hacer el amor:  todos quieren tener sexo.

A veces esto  se debe a la falta de conciencia de la diferencia entre ambos. "Hacer el amor" y "tener sexo" han sido en muchas ocasiones confundidos: se utilizan como sinónimos en el lenguaje coloquial y se cree que  hacerlo es sólo una cuestión de “minimizar” el lado emocional para verlo desde un plano más “objetivo”.

Hasta estoy segura que para muchas personas estas expresiones son equivalentes, pero también creo que hay una confusión muy grande al hacerlo. Asimilar el sexo al amor, o pensar que a través del uno se obtiene el otro, son maneras distorsionadas de mezclar cosas esencialmente distintas;  si buscáramos una metáfora sería, sin lugar a dudas: “mezclar peras con papas”.

Las papas: Tener sexo

-      Tener. El verbo tiene 25 definiciones según la RAE, siendo las primeras que aparecen: asir, poseer, mantener, dominar, guardar… Si uno las analiza, se refieren a un actuar que termina en la satisfacción de quien ejecuta la acción; tienen que ver en su mayoría con el poder ejercido, por ende ponen al sujeto en primer plano y a veces determinan hasta la anulación del predicado, en términos de una fusión o una sumisión al mismo.

-       Sexo: Tiene muy pocas definiciones, tan solo 4 según la RAE. La cuarta habla de la “actividad sexual”. Siendo un poco más generosa con la definición escolástica  y dándole una “yapa”, yo extendería la definición al placer sexual.

Si combinamos ambas palabras  (TENER + SEXO),  en el acto de  “tener sexo” está entonces la idea de poseer algo (actividad sexual o placer), que centra la actividad en la primera persona como sujeto y que desconoce al objeto (o sujeto al frente) y por ende su esencia. Así, si el asunto está en que el sujeto  obtenga placer, poco importa cómo ni con quién, porque todo se centra en el que busca el placer, en sus sensaciones, en su logro o desempeño, en la interpretación que hará posteriormente para su self… en fin: en , sin espacio para un otro.

Las peras: Hacer el amor.

-       Hacer: la RAE le da a este verbo 58 acepciones. El 80% de ellas tiene que ver con el actuar. Cuando se “hace”, se está ejecutando una acción que va a repercutir en alguien o en algo. Por ende, implica una conciencia de lo que se va a realizar, una planificación, una ideación del acto, una expectativa de resultados y una posterior evaluación de este. Implica también un predicado, un algo o un alguien en el que la acción se va a realizar, un conocer de estos o por lo menos una intención de conocer, una conciencia de un objeto o de un ser frente a nosotros que va a recibir las consecuencias de lo que realizaremos.

-       El amor: desde mi punto de vista, la mejor definición del amor proviene de Fromm, quien en su libro “El arte de amar” (1956) se toma múltiples páginas para definirlo. Trataré de hacer un resumen de su idea principal : el amor es un acto de fé que implica cuatro elementos:
·    El cuidado del otro: preocupación por la vida y el crecimiento del ser amado
·    La Responsabilidad: estar disponible para hacernos cargo del crecimiento de los demás
·    El Respeto: no imponer al otro nuestro deseo o visión del crecimiento
·  El Conocimiento: interés activo en saber quién está en frente de nosotros, no solo a nivel cognitivo, sino teniendo una conexión genuina con el otro ser.

Amar es una facultad que debemos desarrollar no solo en el encuentro de pareja, sino en todo encuentro con un ser humano (Fromm, 1956). Contextualizando sin embargo, si combinamos ambos (HACER + AMOR) nos encontramos con una realidad muy compleja. Para "hacer el amor" debemos tener en frente ya no un ALGO sino ALGUIEN. Y no un “alguien” cualquiera, sino un ser diferenciado, inconfundible, un alguien individualizado por quién  nos interesamos no sólo en este momento del encuentro casual (¿sexual?) sino con quién nos comprometemos.  Para ahondar- ¿o complejizar?-  la reflexión, se me viene a la mente la frase de este autor que dice que “El amor es un acto de voluntad”, dando a entender que NO ENTRAMOS EN EL AMOR SIN CONCIENCIA. Y, otra más, de San Ignacio de Loyola, que hace eco diciendo  que: “El amor se ha de poner más en obras que en palabras”.


 Concluyendo: “No se pueden mezclar peras con papas”.

En esta cotidianidad que vivimos,  nadie duda ante un encuentro sexual. Es como que los valores se enfocaran esencialmente en el aprovechar la oportunidad : “Si la chica se me lanza, ¿por qué decirle no? Mis amigos van a pensar que soy poco hombre.” “Si pasa algo con este chico, ya no lo volveré a ver… ¿por qué no ceder ante el deseo que siento?” El poseer encuentros, así como se posee un auto, o una casa o cualquier objeto, se ha vuelto un valor, un activo fijo que debe constar en la lista detrás de los demás: es fácil, llena el momento, no trae consecuencias…

O por lo menos eso creemos… 

Fundamentalmente creo que el desencuentro con el otro, el facilismo relacional, el hedonismo egoísta, nos está acabando; mata en nosotros lo único que substancialmente debería de hacernos una especie “evolucionada”: la humanidad

No “se hace el amor” “teniendo sexo”. No hay amor en el encuentro casual, en el revuelque que tenemos con un anónimo en una discoteca, en el que embrutecidos por el alcohol o las drogas no recordamos lo que hicimos, en el que fantaseamos con una situación imaginaria para excitarnos (la enfermera con el uniforme, el actor de cine que nos gusta, ¡¿qué se yo!?) o en el que "buscamos a UNO/A acostándonos con TODOS/AS".

No hay amor si al levantarnos retomamos conciencia en un lugar desconocido, neutro y sin significado para nosotros; si nos vestimos para fugarnos furtivamente en la noche con vergüenza o desapego, en una versión moderna e independiente de lo que nos ofertaban antaño (https://www.youtube.com/watch?v=bLoRPielarA&list=RDbLoRPielarA#t=0

No hay un "hacer el amor" si no anhelamos tener un “algo más” con esa persona; si no somos capaces de sostener más que un cuerpo en el encuentro sexual: una mirada, una emoción, un afecto, una conversación, un silencio, una mano, un deseo, una desilusión de la persona que está en frente nuestro, un yo diferente e interesante anhelando encontrarse con nuestro yo.


TENER SEXO Y HACER EL AMOR ESTÁN TAN DEFINITIVAMENTE LEJOS DE SER LO MISMO: ES COMO MEZCLAR...  PERAS CON PAPAS.

lunes, 19 de octubre de 2015

“Tu cuerpo es como un lienzo en el que escribes una historia”


“Tu cuerpo es como un lienzo en el que escribes una historia”

Un amigo me dijo esto en una cena el otro día, citando a algún filósofo que no recuerdo.

La frase tiene como muchas capas… La primera y más obvia tiene que ver con la salud. A los cuarenta años, mi cuerpo ya cuenta algunas historias. Historias de estrés, como se vé en las pequeñas cicatrices de la cirugía de  vesícula. Historias no tan buenas, como las  de mis  desmandes alimentarios y de bebida, porque no siempre me alimento como debería . Historias de la cuales me siento orgullosa, como las estrías del embarazo  y el tatuaje en la espalda. Internamente seguro que tendrá más historias que contar y tal vez es por eso que no voy tanto al médico, porque siempre me cuenta una nueva de la que no quiero oír hablar.

Conversando con una persona mayor, me dijo que desde los veinte ya se puede vislumbrar el carácter de las personas en su rostro. Hay quienes tienen la mirada transparente y acogedora, que te miran de frente y no te esconden su alma; sus ojos narran historias de alegría, de paz, de seguridad. Hay otras que son furtivas y que cuentan pasados de miedo o de mentira. Las hay oscuras, que no te dejan penetrar en su historia. ¡Ni hablar de la piel! Las primeras arrugas no son arrugas, son líneas de expresión. Se marcan por el exceso de uso de músculos específicos, esos que se emplean para expresar las emociones. Son como surcos que se labran en nuestra cara, difíciles de hacer desaparecer porque son aquellas partes que describen quienes somos. Como me dijo un dermatólogo alguna vez -cuando me cogió la crisis de la edad y fui para que me diga qué hacer con esa raya en la mitad del ceño y las que tengo alrededor de la boca-: “la única manera de quitárselas es dejando de usar el músculo”. La propuesta de él  no era que deje de sonreír o de fruncirme sino, obviamente, estética: ponerle botox a todo ese rollo. Se me hizo muy raro el pensar en sonreír sin que se me note que estoy feliz o estar enojada sin que pueda verse en mi cara. Yo no quiero borrar quien soy de mi rostro, al contrario deseo que los demás puedan leer mi historia en él, porque también reclamo el derecho de poder leer la suya en los de ellos.

Si el cuerpo es un lienzo en el que escribimos una historia, deberíamos también pensar en lo que sucede cuando un cuerpo entra en contacto con otro. Cuando le damos la mano a alguien, cuando lo ceñimos, estamos escribiendo algo en el contacto, algo que se imprime en las capas más profundas, esas que no logramos ver a ojo desnudo. En el abrazo, en la caricia, en el apretón, en las palmaditas, vamos fijando huellas en el alma de las personas. De haberlo concebido así seguro hubiésemos hecho las cosas diferentemente. ¿Qué huellas hemos impreso en los demás? ¿Son huellas de golpes, de tirones de cabello, de correazos? ¿Son huellas de indiferencia, de rechazo, de descontención? ¿Qué historias hemos escrito en las relaciones íntimas que hemos tenido? ¿Son historias de sexo , de juerga, de no recordar por qué amanecimos en esta cama y no en la propia, de sentirnos avergonzados, usados, humillados?

El cuerpo, lienzo en el que escribimos, es el embajador del alma, el traductor en imagen de nuestras emociones y vivencias. Lo que hagamos con él se irá imprimiendo en nosotros. Lo que dejemos de hacer, también. Me hubiera gustado que me dijeran la frase más temprano.

jueves, 8 de octubre de 2015

Realidad versus Virtualidad (Segunda parte: Del análisis del problema)


Vivimos tiempos muy extraños. Recuerdo cuando era adolescente y “no había tanta tecnología”… Estoy hablando de una realidad de hace 25 años nada más, en la cual existían televisores, teléfonos, computadoras. Pero en esa época  la evolución tecnológica respetaba un poco el tiempo y la capacidad de asimilación del ser humano. Por ejemplo, podíamos grabar las canciones que nos gustaban directamente de la radio. Pero tocaba esperar a que pasen la canción y tener listo un cassette; cuando nos gustaba mucho, para sacar la letra teníamos que  escucharla incansablemente; una de las posesiones más valiosas era el “cancionero”, cuaderno en el que se copiaba a mano las letras de las canciones tan laboriosamente conseguidas  para poder dárselas a nuestros amigos.

Ahora solo tenemos que dar un "clic" en el youtube, otro en google para los lyrics y ya. Lo que nos tomaba días enteros ahora no toma ni cinco minutos.

Al principio la evolución fue lenta: el Walkman, el CD, las computadoras personales, los teléfonos celulares, el internet.... Pero en pocos años pasamos de servirnos de la tecnología a un Ethos tecnológico que se transformó en un verdadero gigante invasivo de nuestras vidas, y que  terminó “pariendo" un hijo muy complicado, un mundo paralelo: el virtual.

Y también ahí se comenzó a gestar el problema del que hablaba en mi otra entrada.

Por un lado tenemos este mundo real, en el cual hay ciertas reglas para las interacciones y bajo las cuales se juzgan los actos que hacemos. Un mundo de consecuencias y de frustraciones, en el cual no puedo ser como se me antoja ni salirme con la mía. Tiene espacio y tiempo y tanto el uno como el otro tienen sendas obligaciones para mí:   portarme de cierta manera y ser paciente. Es el mundo en el que crecieron mis padres: el mundo del cual habla Galeano (https://lahistoriadeldia.wordpress.com/2013/03/16/eduardo-galeano-me-cai-del-mundo-y-no-se-como-se-entra/)
en el que no se botaban las cosas porque eran difíciles de obtener, el mundo en el que se requería hacer esfuerzo para lograr algo y por ende se lo apreciaba mucho más. Pero ojo, no ha desaparecido: Es el mundo real, que existe con algunas modificaciones y mucha más tecnología, pero sigue igual de frustrante, igual de exigente, igual de desigual para las personas. En ese mundo hay que trabajar para conseguir dinero, es el mundo en el que a la persona que me gusta yo no le gusto y en el que le gusto a la que no me gusta, el mundo en el que tengo kilos de más, acné y estrías… el mundo imperfecto y desgastante.


Frente a este mundo está el virtual,  en el que las reglas son diferentes. Es un mundo con un tiempo diferente, en el que la información viaja a alta velocidad y es reemplazada por nueva información inmediatamente. No maneja las leyes del espacio, porque se puede estar acá chateando con alguien “allá”; es un mundo sin caras, en el que se puede fingir ser alguien que no se es, en el que mostramos solo la faceta que nos gusta, en el que nos tomamos la selfie siempre desde el mejor ángulo. Un mundo en el que se puede decir lo que sea a gente que no conocemos, criticarla, interactuar con ella, ligarnos, borrarle, leer solo sobre lo que nos gusta y si algo no nos agrada simplemente dejar de verlo. En ese mundo tenemos que mostrar lo importante que somos como individuo y TODO importa: lo que comemos, lo que compramos, cómo nos vestimos, lo que pensamos. Y al mismo tiempo lo que escribimos se evapora en el espacio-tiempo de lo virtual. Nuestra palabra pierde valor porque se diluye en bits que se borrarán alguna vez de estas redes virtuales; esto a su vez permite que se digan cosas sin sentido, atacar al otro por algo que escribió o publicó, incluso insultarlo, o acosarlo. Nada importa. Tampoco importa haber plasmado con tipografía nuestra intención de amar para toda vida a alguien públicamente. Eso, también, se borrará. Es un mundo con otras reglas. Es el mundo virtual.

Cuando se tiene clara la diferencia entre ambos el problema es mínimo. Sin embargo, creo que las personas, justamente, derivamos mucho malestar de la confusión entre ambos. Del tratar de manejar las reglas del mundo virtual en el real, o de juzgar al virtual con las reglas del real.

Muchas veces quisiéramos que la vida fuera como en la virtualidad. Desearíamos que alguien de carne y hueso nos hiciera la pregunta que nos hace siempre el Facebook: “¿Qué estás pensando?”. O que a alguien realmente le interesara lo que comimos hoy. El mundo real, sin embargo, las cosas no  funcionan así. Nadie nos pregunta nada y nuestra individualidad pasa fundida en un marasmo de ocupaciones, problemas y cansancio. Las otras reglas de la virtualidad tampoco están presentes: mis deseos no se cumplen y no puedo “saltarme” una actividad, ni “cerrarla” simplemente si no me gusta.  Para las generaciones que crecimos sin tanta virtualidad, esto es manejable. Pero el fenómeno que observamos en las generaciones de los jóvenes es clarísimo: no están motivados por nada, apenas algo requiere de esfuerzo se desenganchan y se meten en otra cosa, no toleran la frustración, buscan estar divertidos y felices todo el tiempo, como que la única regla válida fuera la del hedonismo absoluto.

A veces, la frontera entre lo virtual y lo real parece desdibujarse de manera aún más grave: si puedo escribir lo que sea cuando sea sobre quien sea en el mundo virtual, también puedo transgredir con mayor facilidad el universo del otro en el frente a frente. Si puedo pegar en un vídeo juego… ¿porqué no en la vida real ? ¿Cómo sé que mi burla puede doler, o mi golpe herir, si en la virtualidad nada se siente ? Entre el fantaseo y el acto la frontera se ha vuelto difusa. Mi actuar en el mundo virtual no es un actuar real, y mi actuar en el mundo real tampoco es tan real. No importa ser coherente, los actos no deben ser consecuentes a los pensamientos. Fantasía y realidad son mundos que se entremezclan o no a mi antojo. 

También trasladamos al mundo real lo efímero del virtual: la palabra se ha vuelto más etérea ; el compromiso menos comprometedor ; buscamos la felicidad en los objetos que se transforman constantemente y así, nada es para siempre, es sólo hasta que salga la próxima versión. Lo mismo sucede con las relaciones, cortoplacistas y hedónico-egoístas. Pretendemos querer amar, pero nos ahogamos en relaciones fugaces que han confundido el placer inmediato con el verdadero amor; importa más el orgasmo obtenido  con el primero que se asoma que la relación cultivada y cuidada.

Aunque intuimos la falsedad del mundo virtual, es demasiado atractivo para deshacernos de él. Al contrario, al ser el que más placer nos otorga, nos vemos atraídos irremediablemente a regresar a él una y otra vez, como las mariposas frente a la luz artificial de los focos. Lastimosamente, quedarnos en ese mundo implicaría lo que implica acercarse demasiado al foco para el insecto. No podemos vivir en lo virtual. Así, regresamos siempre al mundo real, que cada vez nos satisface menos y nos deja con un gran sentimiento de vacío. Y paradójicamente el mundo virtual tampoco nos llena , porque sabemos que lo que sucede ahí, pues... no es real.

Nuestro problema para resumir, es que si bien poseemos dos mundos, no sabemos existir a cabalidad en ninguno de ellos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Cansada de lo virtual


Ayer me desperté cansada de lo virtual. De las fotos de flores. De los emoticones de caritas felices arreboladas o con besos de corazones. Cansada de los mensajes halagadores, de las conversaciones mediadas por pantalla en la cual no hay una mirada que transparente  la intención. Cansada de los « nos vemos » en los que no nos vemos. De los posts en facebook que no son para nadie o son para tí, pero siguen sin ser tuyos porque aunque tengan dedicatoria nunca lo serán del todo porque todos los ven. Cansada de que me dediquen canciones a través de links de you tube. Cansada de poder mentir que estoy bien sin estarlo, porque de todas maneras nadie me ve. Cansada de sacar fotos de mi vida. Cansada de tener esas dos vidas.

Así que me fui a comprar flores para mi madre,  rosas blancas y turquesas y ni siquiera les saqué una foto ;  cuando las puse en el florero hasta el agua se volvió azul. Luego fuimos a sembrar en el jardín de mi papá un ajo que germinó en la refrigeradora. Buscábamos un lugar húmedo para poder hacerlo y constatamos que el verano había chamuscado tanto el jardín que la tierra parecía cemento. Entonces mi madre, mi hija y yo nos pusimos a regar todas las plantas, casi enteramente a punta de regadera porque la manguera era muy pequeña. En la tarde, en lugar de no hacer nada o tirarnos a ver tele, salimos a jugar badminton con mis sobrinos.

Ayer me desperté cansada de lo virtual, y me dí un día de vida real. Y tomé la siguiente decisión:

De ahora en adelante, no prestaré atención a ninguna palabra escrita con tipografía de por medio. Si alguien quiere decirme algo, que me busque y me lo diga de frente, mirándome a los ojos. Si me quieren regalar algo, debe tener tres dimensiones. Las canciones las escucharé con la persona que me quiera hacer oírlas y los poemas los aceptaré únicamente declamados. Por mi parte, multiplicaré mis momentos de ver a la cara a las personas y decirles lo que quiero, dejando los mensajes para lo meramente urgente e informativo.

De ahora en adelante, pienso existir más en el mundo real y dejar en el virtual lo que debe estar ahí : lo menos importante. 

martes, 29 de septiembre de 2015

Sociedad de la imagen (Primera parte: De la constatación del estado de los hechos)


Vivimos momentos muy extraños. Estamos en una época que es un magma incoherente entre lo que pretendemos ser y lo que somos en el fondo.

Pretendemos poder comunicar mejor, ser rápidos en el contacto y alcanzables al instante; para ello  hemos creado un sinnúmero de aparatos sofisticados y portátiles que nos “conectan” en tiempo real con quién queramos. Eso ha provocado de rebote una necesidad de estar disponible que no deja espacio al margen de libertad de apagar el dispositivo o simplemente estar sin batería. Si nos pasa, nos coge la ansiedad de no estar disponibles. Si le pasa a otro, en seguida “pensamos que pasó algo” (desde el “no puede contestarme” o “me está ignorando”, hasta las interpretaciones catastróficas como “le robaron” “algo malo pasó” o directamente “está muerto”). La verdad es que estamos tan pendientes de lo que pasa en el espacio virtual que perdemos de vista lo que sucede frente a nuestros ojos; atentos al celular no atendemos a las reuniones, a las clases, al almuerzo, a la película,  a nuestros hijos, a nuestras parejas. ¿Para qué? ¡Para saber lo que hace tal o cual persona que muchas veces no frecuentamos en la vida real!

A veces, nos escudamos en la necesidad de estar informados: esta también es una pretensión. Creemos que vamos a informarnos mejor, pero lo único que hay es un acceso rápido a lo que viene, que pasa por nuestros ojos y es asimilado o  defecado sin ninguna digestión (desechado, likeado o “reposteado” /”retweeteado” sin reflexión) como que “dando un toque” o sin hacerlo en este espacio se hiciera o no se hiciera nada, porque en el fondo, sólo nos importa la inmediatez… Si no, vean lo que pasa con el asunto del volcán Cotopaxi: nos han reenviado imágenes de tantas erupciones volcánicas que ni siquiera eran de esta montaña y durante minutos entramos en pánico simplemente porque los que postean no SE TOMAN EL TIEMPO de verificar la información. Es que en esta sociedad nos tomamos TODO rápidamente, menos lo que deberíamos.

Y así,  en esa vorágine informativa, pretendemos conocer: cada que sale una noticia todo el mundo es experto. Cuando explota un volcán somos todos vulcanólogos, cuando hay eclipse, astrónomos, cuando se dan las manifestaciones, politólogos, cuando llega el año chino, chinólogos… Mofa aparte, basta con que una persona ponga algo en la red para que se desate un frenesí de pros y contras de todos los “expertos”  y que los que publicaron sean lapidados. Para ejemplo un botón: la foto publicada por  Henri Leduc (https://www.facebook.com/Henri.J.Leduc?fref=ts), experto en fotografía y turismo,  quien recibió comentarios terribles de parte de un montón de aficionados  (no de fotografía, sino de ignorancia) simplemente porque nadie creyó que pueden existir personas que con paciencia, esfuerzo, destrezas y talento logran capturar una foto tan maravillosa de la erupción del Cotopaxi ( https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10153683812864587&set=a.310925334586.151270.691044586&type=3&theater )


Ahora todos somos jueces y dueños de las verdades. En este mundo de cámaras y de exhibicionismo público, el que posee la imagen posee el derecho: el derecho a decir lo que le da la gana y a ser seguido por masas; el derecho a decidir sobre lo que será visto por los demás o no; el derecho a imponer creencias, valores, sentido en la vida. Y nosotros aceptamos eso y lo legitimamos cada vez que prendemos la  televisión en nuestras casas o que cedemos a los estereotipos sociales: cuando hacemos dieta para parecernos a las modelos reflacas o cuando nos hacemos una cirugía para ser perfectos y compramos un nuevo artefacto que nos hará felices así nos endeudemos  a-miles-de-meses-plazo. ¡Lancemos la primera piedra si no lo hemos hecho alguna vez!...

Solo de vez en cuando tenemos “punzadas” de lucidez. Como lo que pasó hace algunos días con el show “Ecuador tiene talento”, programa en el cual un grupo de mujeres, amargadas y resentidas con una joven muchacha sacaron el argumento supremo para decirle que lo suyo “no era talento”:  si no creía en DIOS, nunca iba a lograr ser algo más. Menos mal parece que vivimos en un país que posee aún algo de criterio porque esto ha generado un movimiento en contra de lo que no puede ser calificado de otro modo que de acoso. O discriminación por razones religiosas. O ambos. Y ambos penalizados en nuestro país. (El video como tal ya ha sido sacado de la web, solo queda la petición del colectivo para que se disculpen: https://www.change.org/p/cordicom-y-supercom-que-las-presentadoras-de-ecuador-tiene-talento-se-disculpen-públicamente-con-la-joven-carolina?recruiter=286901185&utm_source=share_petition&utm_medium=facebook&utm_campaign=share_page&utm_term=des-lg-share_petition-no_msg&fb_ref=Default )

Pero en esta sociedad de la imagen, del medio visual, todos anhelan ser noticia. Como si existir en el mundo real no fuera suficiente, ni importante: solo se existe cuando hay un aparato de por medio. La mirada del otro ya no me basta ni me satisface. Debo ser reconocido (con una mirada supuesta)  en esa “telaraña” que no  sólo la conforman el internet, facebook, instagram, twitter, pinterest, ask , sino todos sus primos lejanos:  debemos estar en la televisión, ser famosos así sea un momento, publicar nuestras mediocres memorias así nadie las lea, cantar aunque no se tenga talento, tener un blog…

Ya nadie quiere ser parvulario, agricultor, arquitecto, plomero…. Solo se sueña con ser famoso, rico, admirado. Y ya no basta con SER: debemos SER VISTOS SIENDO, es decir tener una mirada así sea virtual que observa nuestra existencia: publicamos  nuestra vida, nuestros amores, desamores, lo que comemos, lo que vestimos, lo que compramos, dónde estamos, lo que visitamos. Ya no hay intimidad: todo se pone en línea, desde las fotos de los senos para los enamorados en Snapshot hasta los videos que manda el “ex” arrepentido (https://www.youtube.com/watch?v=ahjY9ic571g  ). Todo es expuesto al “gran OJO social”, que juzga, se burla, “memeriza”, ignora, condena o absuelve,  según un criterio moral poco fortalecido.

¿Qué de todo esto debemos analizar a cabalidad? ¿Cómo explicar lo que está sucediendo no solamente delante de nuestros ojos sino adentro de nuestras familias y hasta en nuestra propia vida?

En realidad lo que está detrás de todo esto, el análisis psicológico de lo que está pasando… merece un próximo espacio de  reflexión.


¡Buenas noches y hasta pronto!

jueves, 24 de septiembre de 2015

FÁBULA: La Luz y la Sombra



Les presento a la SOMBRA: Vagaba por el mundo tomando lo que encontraba para su supervivencia. Como esos microorganismos que se adaptan al huésped, aprendió la pillería con estafadores, la buena vestimenta con los sastres, la amabilidad con los políticos y la humildad forzada frente a los poderosos. Tuvo sexo con cuanta mujer pudo (“dos o doce”, según el discurso que aprendió a manejar) y no se enamoró de ninguna, porque en su alma egoísta nunca hubo espacio para el amor.

Les presento a LA LUZ: Políglota, polimusical, polifacética. Idealista y guerrera de las causas que no le interesan a nadie: salvar el planeta, ser generoso, amar a todos por igual.  Entregada a uno sólo, no por religión sino por convicción. Convencida además de que los valores prevalecen por encima de todo y que por sobre ellos está el bien de los desvalidos, de los que no tuvieron la suerte de ser como ELLA y que nacieron monolingües, monótonos y bidimensionales.

ÉL era un agujero negro.
ELLA era fulgor.

Sus caminos se cruzaron. Se enamoraron. Y este fue el resultado:


ÉL le robó su esencia: le sustrajo sus gustos, sus pasiones y  sus recuerdos. Se apoderó de los idiomas que ELLA hablaba, desde el lenguaje de la música hasta el de la poesía. Bebió sus palabras, sus experiencias e inclusive sus seudónimos. Ni siquiera le dio un status de musa. A lo sumo, le asignó el rango de un fruto más en el arbusto que cultivó (uno muy poco exótico, porque esta historia es latinoamericana: tuvo rango de ají).

Cada vez que le arrebataba algo, a ELLA se le desteñía el alma. Y ÉL cada día pretendía brillar más y volar  más alto.

ELLA no se dio cuenta que  le había arrebatado la luz hasta que casi fue demasiado tarde. Pero tuvo suerte, porque en un impulso del instinto de supervivencia, se alejó de ÉL.

Para ELLA, el asunto se volvió crítico: la pequeña llama interna amenazaba con morir. Preservarla fue una guerra en contra de los vientos externos (contrarios o favorables) y del mar interno que se derramaba noche tras noche en la almohada.

En este combate pudo más la preservación de su alma que la autodestrucción de regresar a él…poco a poco se regeneró, a punta de transformar el dolor en ganas de vivir.

Pero un día, percibió a un SER brillante que le propuso compartir su lumbre. Creyó por fin encontrar una persona similar a ella: desoyendo a su propio instinto, alimentada su lumbre por otros vientos, se sintió fuerte de nuevo para poder iluminar como antes.  Este nuevo SER la atrajo en su frenesí y, juntos, brillaron tanto que fue difícil distinguir lo que uno u otro aportaron a la lumbre. 

Este SER la consumió.

Y entonces… la LUZ… se extinguió.

MORALEJA:

Tal vez no deberíamos fijarnos en el tamaño de la luz sino en la fuente que la alimenta.

Hay luces grandes y es difícil saber si son buenas; nada más brillante e impresionante que la hoguera que consume kilómetros de bosques en las montañas: pero esa brillante hoguera busca  de dónde alimentarse - y por ende a quién matar. Al final, aniquilando la vida, sólo deja en su rastro vestigios de color negruzco y destrucción. Hay luces que brillan y no devastan, sino son fuente de vida. Como el sol en la tierra, que crea la vida  y la alimenta; pero a su vez, este sol en ciertas condiciones también es fuente de sequía, destrucción y devastación. Hay luces perennes y temblorosas,  como las de las velas y fogatas;  hay luces útiles, como las del neón y las del alumbrado público, más estables y necesarias. Y hay luces hermosas, como las de las estrellas. 

Tantas luces…

Yo me pregunto ¿qué tipo de luz era ELLA, que alimentó generosamente un agujero negro y que sobrevivió a esta lucha para luego dejarse cegar por el incendio despiadado?.

Tal vez no era una luz… tal vez su destino era ser combustible de las sombras del alma humana.

O simplemente debió  leer las letras pequeñas que acompañan a todo contrato en la vida, y que decían: “el tamaño de la oscuridad puede ser proporcional -o mayor- a la fuente de luz”.


viernes, 11 de septiembre de 2015

Fascinación y dolor


Tengo el privilegio de vivir en un país hermoso. Todos los días me despierto y desde mi ventana admiro una vista espectacular de la ciudad de Quito: el sol se levanta por detrás del Cayambe y si el día está despejado diviso el Antisana detrás de la cordillera. Cuando me desplazo al trabajo -por la misma ruta casi siempre estos últimos 5 años- puedo vislumbrar  uno de los más espectaculares volcanes en mi camino: el majestuoso Cotopaxi.

En mi ciudad el clima es siempre clemente. Los extranjeros hablan  de él como “la eterna primavera”. Hay meses en que llueve más, otros más secos y ventosos, pero no transcurre una semana sin que el sol ecuatorial atraviese las nubes y veamos, aunque sea, retazos de cielo azul. Y ese azul del cielo de Quito es único: he viajado y vivido en varios países fuera y creo que no me equivoco al decir que este cielo es irrepetible. A veces me acuesto en la hierba sólo por el placer de mirar cómo las hojas de los árboles se recortan perfectamente en ese fondo cuyo tono  nunca he logrado transcribir en ninguna de mis pinturas.

Cuando me conecto con mi ser profundo me siento agradecida de vivir en un lugar tan hermoso.

Desde hace algunas semanas, sin embargo, este lugar tan lindo se ha ido trasformando ante mis ojos. Cuando voy al trabajo busco con la mirada a ese Cotopaxi que ha perdido su blanco inmaculado y que ahora humea amenazante todos los días. Si está despejado, constato su estado y tomo una foto para plasmar su transformación. Los días nublados, imagino su silueta detrás de la capa de niebla y siento que nos acecha inclemente, echando ceniza y vapor como un padre enojado. Cuando duermo sueño con explosiones terribles y flujos de vapor, o piedras incandescentes que caen en mi espalda mientras yo intento, en vano, proteger a mi hija.

Mi hábitat se ha transformado. Ha pasado de ser mi hogar a ser un lugar que se divide en zonas de riesgo y zonas seguras. Casi no escribo porque leo incansablemente los reportes del Geofísico, hablo de ello con mi padre, mis amigos, mis colegas, comparo lo publicado con los datos históricos o geográficos e intento, incansablemente (¿o vanamente?) saber lo que va a pasar.

Pienso en las personas que conozco y que viven el zonas de riesgo. Trato de transmitirles aunque sea un poco de mi ansiedad preventiva. Y luego me asalta la angustia por todos esos otros que no conozco, las personas en Mulaló, en Lasso, en la zona del Chaupi, tantos lugares cuyos nombres apenas conocía y de los cuales oímos día a día ahora que la ceniza invade y escuchamos que sus habitantes ya han vendido su ganado, los chanchos, a pérdida obviamente; veo en el internet las fotos del pasto, las cosechas, las flores, todo marchito y gris bajo la ceniza…

Pienso en los pacientes del hospital de Latacunga, tan cercano al río Cutuchi que nace en las nieves eternas de Cotopaxi. En los presos de la cárcel. Imagino miles de niños con sus mochilas yendo a sus escuelas con la idea de que regresarán a su casa como todos los días. Pienso en los ancianos y discapacitados que nada esperan sino tener la misma rutina al día siguiente y para quienes un cambio de lugar, de estado, de clima, es todo un drama.

Me indigno cuando oigo “que nada va a pasar”, como que no estuviera ya pasando algo: ¿acaso no están perdiendo económicamente ya las poblaciones afectadas? ¿Qué pasa con el agricultor cuya cosecha ya no sirve para nada? ¿Con los ganaderos cuyas vacas no pueden pastar y tienen las panzas hinchadas por consumir alimentos a los cuales no estaban acostumbradas? ¿Con los floricultores cuyas flores se han marchitado porque la ceniza cubre el sol y ya no reciben los rayos como antes? ¿Con toda la gente que dejó atrás su casa, entendiendo que por estar en zona de lahares tal vez van a perder un bien pero que han preferido evacuar preventivamente para salvaguardar su salud, y –quién sabe- su vida?

¡Ya tenemos un drama y las personas fingen y siguen con sus vidas como si nada!.

Yo no puedo…

Me duelen las plantas que están muriendo quemadas por la ceniza, la gente que sigue al lado de su ganado y sus cultivos esperando que la naturaleza  se porte clemente y esto termine, los animales que van a estar afectados en su salud porque no se les puede poner mascarillas y hacerlos razonar.

Me duele saber que por falta de anticipación se puede perder más que lo que se pierde por exceso de prevención.

Me duele el egoísmo de la población en las “zonas seguras”  que se está preparando para salvaguardar sus bienes ante la posibilidad que seres humanos desesperados por sobrevivir lleguen a sus casas. Me duele oír que debemos comprar cadenas y si es posible, armarnos… Y me pregunto: ¿seremos realmente capaces de disparar a un ser humano que lo único que busca es ayuda?


Y aunque cada día me despierto sintiéndome privilegiada de poder vivir un día más rodeada de tanta tierra viva, hermosa y majestuosa hasta en la amenaza de la desaparición, cada día ruego que realmente esta erupción sea como la del Tungurahua y no una “cataclísmica tipo VEI-4” como aparentemente, según el informe 15 del Instituto Geofísico, podría ser.

Porque  la fascinación nunca le gana al dolor.

martes, 1 de septiembre de 2015

Involucionados


Los hallazgos de esqueletos de los primeros homínidos bípedos datan de hace 4 millones de años. Los científicos dicen que son nuestros antepasados más lejanos, aquellos que se separaron definitivamente del mono y arrancaron con nuestra lenta -pero segura- evolución. Mucho tiempo después (200.000 mil años atrás) los Homo Sapiens, esa especie a la que pertenecemos, comenzó a poblar la tierra. Doscientos mil años durante los cuales nuestro lóbulo frontal nos ha permitido visualizarnos como individuos, agruparnos en civilizaciones, generar una cultura, crear religiones, en fin : DOSCIENTOS MIL AÑOS DE EJERCICIO DE NUESTRA EVOLUCIÓN.

Pienso mucho en eso cuando miro mi vida y la pongo en perspectiva. La matemática más simple (la única que realmente entiendo) me dice que en términos evolutivos la duración de mi vida metafóricamente debe equivaler a:  NADA.

O sea, como individuo/a,  en términos evolutivos, no haré la diferencia.

Y para evitar entrar en una  crisis existencial-evolutiva, prendo la televisión sin prejuiciarme ante lo que viene y lo que veo es esto :

  •        Televisión local : telenovelas baratas, noticiarios que me muestran el lado más feo del ser humano, corrupción local y global, farándula del típico gobierno de país tercer mundista en el cual el dirigente, en lugar de dirigir, canta con la peor voz que he escuchado y una manada de borregos le hace coro.
  • Mutismo total o quemimportismo sobre los asuntos que deberían de causar escándalo: la erupción constante del volcán en nuestro país y sus secuelas, los inmigrantes que se ahogan en el mar, el deshielo de los glaciares, el racismo de los futuros dirigentes de las potencias mundiales.
  •        Programas sobre estética del cuerpo en donde las personas recurren a las más estrambóticas transformaciones en un inútil proceso de individuación que sólo busca la aceptación social.
  •        Un alucinante programa sobre personas obesas en los USA. Nunca pensé que un ser humano podía llegar a pesar hasta 300 kilos: masas de carne deforme por exceso de comida.
  •       Otro alucinante programa –totalmente antíteco- en donde se muestra personas tan delgadas que parecen salidas de un campo de concentración, aunque –en teoría- « hay suficiente para todos ».
  •        Series y documentales que retratan los comportamientos criminales más abyectos, desde diferentes ángulos (el del investigador, el de la víctima, el del depredador).
  •       Y por último, a medida que oscurece el día se transparentan las sombras del alma humana : casi todos los canales poco a poco derivan en  programas de alto contenido – o francamente- sexual (A propósito de eso:¿sabían que la segunda industria que mueve más dinero en el mundo es la del sexo ? Eso después de la única que puede ser peor: la del narcotráfico)
  • Un poco decepcionada, decido que es mejor apagar la tele y surfear en internet. Lo que veo es peor : un derroche narcisista constante, noticias graves sobre la explotación de la tierra, maltrato animal, guerras…

Por más que quiera, mi lado psicológico no puede permanecer indiferente ante esto. No soy una «consumidora de programas y novedades» como cualquier otra : analizo las propuestas, los contenidos, los mensajes, los valores vehiculados, los posibles ejemplos. Me pongo en la piel de la persona promedio, de la de la tercera edad escandalizada, del adolescente en busca de modelos, del niño que “sin querer” aterriza en estos programas, del perverso en busca de ideas, del reaccionario en contra del sistema. Y mientras transito en las diversas posturas me voy dando cuenta que lo que se oferta es un muestreo de lo que es « la humanidad » . Shaskespeare decía que el « mundo es un gran teatro », en el cual cada hombre y mujer juega un rol. Y en realidad debo darle la razón…

Lo único que no me cuadra aún es el guión: ¿DOSCIENTOS MIL AÑOS DE EVOLUCIÓN para esto ????

He logrado algunos objetivos en 40 años de vida, que creo que no son tan mediocres. Pero la especie, en TANTOS MILES DE AÑOS,  ¿no ha logrado nada más espectacular???? Si el poder, la dominación, el control, el cuerpo, la comida, el sexo, siguen siendo nuestras motivaciones, mejor hubiera sido que permaneciéramos como nuestros parientes simios.

¡En serio !

Hace poco fui al zoológico y  pude observar  a varias especies de monos: su prensión es perfecta porque el pulgar del pié y la cola les permiten agarrarse a cualquier rama, lo que
asegura escalar a donde se les antoja, balancearse divertidamente antes de lanzarse en picada y – al último momento- agarrarse a cualquier rama (esto me recuerda la búsqueda de adrenalina del ser humano  en el rappel, montañismo, parapente y otra cosas más) . Luchan por lo mismo que nosotros : comida, poder y sexo, (esto ni siquiera amerita ejemplos) pero sin tener que ir a trabajar con horarios fijos, sin cuestionarse, sin cultura ni civilización que mantener, sin leyes, sin moral. Dedican casi un  tercio de su vida a descansar y no tienen proyección temporal, lo cual quiere decir que su pasado no les atormenta y su futuro no les importa. Copulan cuando las hembras están en celo, con la hembra que se les antoja (la que “les afloja”). La manada cuida a los cachorros. El resto del tiempo se reparte en espulgarse, lo que en nuestra especie equivale a charlar, descansar y jugar…

¿No me digan que no les suena  atractivo? A mí por lo menos se me atoja que esto  es exactamente a lo que la especie “sapiens” aspira.

¿Y saben qué?

Cuando observo lo que nuestra especie evolucionada le ha hecho al planeta, a las otras especies y lo que le hace a la suya propia… a veces yo también me sorprendo aspirando a conseguir la máquina del tiempo y regresar a ese preciso momento en donde la evolución dio un giro,  para darle reversa y permanecer simplemente INVOLUCIONADOS: luchando por comida, sexo, dominación y poder.

Como hacemos ahora. Pero sin conciencia de ello.


miércoles, 26 de agosto de 2015

Encuentros fugaces


Todos los lunes saliendo de terapia antes de despedirme de mi psicóloga volteo a ver en la sala de espera y saludo con la persona que se encuentra ahí. Lo que era un hábito de educación se ha vuelto un momento que esperar: un hombre atractivo finge leer una revista que es raramente renovada. Él levanta la vista, me sonríe y me devuelve el saludo. Un instante de bienestar que me ha permitido fantasear en un posible encuentro: tal vez algún lunes él pretenda equivocarse de cita y coincidamos en la sala de espera antes de mi turno;  podríamos cruzar un par de palabras y quién sabe, otro día, me propondrá tal vez un café.

Los otros días, en la parada de bus de mi hija, cruzo miradas con un señor que viene a recoger a sus hijos en mi condominio … Es un hombre muy serio que, sin embargo, mira disimuladamente  hacia donde estoy. Sus hijos son muy guapos _obviamente tienen a quién salir_ y además bien educados. A veces fantaseo que entablo la conversación con alguno de ellos y que “de fil-en-aiguille” conozco al padre.

Hasta hace unos domingos atrás, cuando cicleaba en el parque, me cruzaba con un hombre barbón que trotaba. Estoy segura que él hacía igual número de vueltas que yo sólo por el instante en el que nos quedábamos mirando. Varias veces pensé que sería interesante hablar con él, pero la única alternativa viable para conocerlo  era que  lo atropelle con la bicicleta… Perspectiva interesante pero peligrosa.

¿A qué vienen estas historias descosidas de encuentros fugaces y poco interesantes?

La introducción a todo esto:

Hace varios años, me enamoré locamente de un estafador. El me avisó desde el inicio que no era una buena persona y que no sabía exactamente qué hacía conmigo. Con el mismo afán que le pongo a todo en la vida, decidí que eso no era una aventura y que podía hacerle un “upgrade” a la relación. Obviamente, salí estafada. Era “guerra avisada” (como suelen decir) y sin embargo me dejé atrapar y salí herida: cuando rompimos, sentí que una parte de mí se había ido con él.

Intenté recuperarla volviendo a verlo, pero a su contacto me dí cuenta que él no poseía esa parte mía.

 Y que esa parte simplemente se murió.

Lo que se me murió es eso que nos hace anhelar el encuentro con el otro y negar su lado mediocre el suficiente tiempo como para que el amor tome la posta y ya no importe si los defectos están presentes o no. Es esa parte que nos inspira a escribir versos y canciones de amor que resisten al tiempo y entretejen una red que nos sostiene cuando el mundo se presenta en su versión más real. Es aquello que nos empuja a querer compartir con esa persona desde lo más profundo hasta lo más nimio, que nos hace creer en lo eterno, que nos lleva a prometer hasta lo imposible de realizar convencidos que lo lograremos.

Eso que describo, eso que se me murió, se llama ilusión.

¿Cómo lo sé? Pues… por los encuentros fugaces.

Apenas me ilusiono con el encuentro e inmediatamente me entra una fatiga enorme de que algo real suceda. Veo al paciente que espera el turno y estoy segura que el tipo es un psicópata que me mataría si pudiera; el papá de los niños es divorciado, sin lugar a dudas fue un pésimo marido (un maldito infiel o borracho),  por algo su mujer le dejó. El tipo de la pista del parque es a ciencia cierta un gay reprimido, ningún hombre de su edad que no lo sea cuida tanto su cuerpo… ¿Para qué quiero encontrarme con ellos? ¿Gastar mi energía en algo de está condenado al fracaso desde el principio?

La ilusión en el alma es como una llama que ilumina todo y se alimenta de cosas bellas: palabras, momentos, colores, sonidos, caricias. Se toma de la mano con el amor y juntos afrontan día a día a la realidad que trata de pintarlo todo de gris. A veces, cuando la tormenta es grande, el amor no sobrevive. Eso ya lo aprendí en otras relaciones. Pero siempre pensé que esa parte de mi alma, aquella que sobrevivió a mi infancia, estaría eternamente intacta: pese a todos los años que tengo encima, en mi alma había tanta ilusión que pensé que nunca se agotaría.

Cuando se fue y comencé a extrañarla, pensé que él se la había robado y que podría recuperarla. Pero en este momento he entendido que se extinguió. Hoy ya sé que no me quedan sino los residuos de ese pozo infinito que tenía.

Es que mi corazón es  ahora como una fosforera a la que se le acabó el gas:  aún enciende fugazmente una llama _ como en esos encuentros efímeros_ pero ni siquiera ilumina y ya se extingue  de inmediato…

Muy pronto tocará botar la fosforera.