Escuchando
a Taylor Swift cantar « The best day » ((https://www.youtube.com/watch?v=l4_6eQm7RTQ)
me acordé de mi hija cuando
era chiquitita y se abrazaba a mis piernas. Se me vino un montón de
imágenes en tropel : columpiándome con ella cargada en el canguro, cuando
le hacía «palmeritas » en el pelo con ligas de colores, sus patinadas
extremas en la Carolina, su carita cuando está tan dormida que no logra
despertarse en las mañanas…
Debe
ser la coincidencia de mi estado de ánimo menstrual con la letra de la canción que
me entró una nostalgia terrible… No por todos esos lindos momentos, sino por
todos los otros, esos en los que me he enojado con ella porque no hacía las cosas
rápido o porque no me escucha por estar embobada frente al televisor; por esos instantes
en los cuales yo no logro conectar
con su estado de ánimo, ni ella con el mío, y nos ponemos tercas y malgenias y
nos queda en el recuerdo todo menos el « best day » de la Taylor
Swift.
Y me
acordé de otros desencuentros…
Las veces en las que mi madre llama por
teléfono llena de ganas de hablar sobre su jornada conmigo y yo le contesto
cortante y malhumorada porque estoy cansada y justo estoy haciendo algo.
O cuando
acabo discutiendo distante y enfadada con el hombre que amo, porque su actitud
coincide en el espacio-tiempo de mi psique con la de otras personas en mi
pasado y me rebelo contra ellas en un presente en el que ya ni siquiera están presentes.
O de las
llamadas que no devolví a una mujer desesperada por un consejo ante un posible
diagnóstico de cáncer, porque mi agenda estaba repleta de actividades que
desviaban mi atención.
Menos
mal la canción dura sólo unos cuantos minutos, y para cuando ya va
acabando siento que la misma música me envuelve el alma en un cataplasma
melódico: me invade la certeza que la vida a la postre puede ser como en la canción, y que los desencuentros se
terminan también, dejándonos esa impresión de haber pasado con las personas que amamos los mejores días , juntos,
cada vez.
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