martes, 6 de septiembre de 2016

Don Carlos


Don Carlos tiene apenas 23 años,  pero yo no me entero de su edad hasta terminados los casi 120 Kilómetros que pasamos juntos en el taxi; entre Pompeya y el Coca, inicia tímidamente una conversación sobre el motivo de nuestra visita al Yasuní.

A mí no me gusta mucho contar, pero me encanta escuchar. Así que de curva en desvío, el que más habla es él. Hoy la llovizna me presenta una Amazonía que desconozco y mantengo los ojos pegados en la carretera lastrada detrás del parabrisas, pero a medida que habla Don Carlos hasta me  atrevo a mirarlo de reojo intentando  descifrar las emociones en las expresiones de su cara.

Me cuenta del Oriente, de cómo le encanta vivir acá. Para mí, todos los paisajes son demasiado planos y demasiado verdes, la vegetación sólo atravesada por el camino. Regreso de la selva siempre con la impresión de que es muy hermosa pero que le falta un horizonte y muchos primeros, segundos, terceros planos de montaña. Además, estas tierras que atravezamos ya ni siquiera son la selva y  han sido desvalorizadas ante mis ojos por las conversaciones mantenidas con los biólogos que aman el bosque primario. Estas son las tierras deforestadas, arrasadas por los cultivos de los colonos; son las tierras que, en términos científicos, ya no valen nada. Pero a través de sus palabras estos paisajes toman nuevas formas, se tiñen de colores y se llenan de actores insospechados: las guatusas que él cazaba con carabina, la tierra amarilla que sirve sólo para la hierba del ganado y la otra tierra, esa que sirve para plantar y que rinde generosamente frutas y verduras. En esta época, me dice, están ya sembradas las sandías, que pronto serán cosechadas. Por el contrario, es mala época para plantar maíz, porque en octubre y noviembre llueve mucho y la lluvia daña las plantas.

Estos recuerdos le traen a Don Carlos otros de su primera infancia, cuando vivía en Caluma con su madre, antes de que se mudaran al Oriente. Ahí, explica, se dedican a plantar la naranja todo el año, pero los mejores meses son abril y mayo para la producción. A veces regresa allá para visitar a su tía, aunque este año no lo ha hecho porque ha tenido que trabajar más. Se irá el año próximo para verla y aprovechará para subir a buscar a su padre allá en la Cárcel del Norte, que no sabe muy bien dónde queda pero ya averiguará. “Parece que está preso desde hace cuatro años”, y se inquieta un poco al preguntarse si lo reconocerá a él, porque no le ha visto desde que tenía 9. Echa unas cuentas a la rápida, sorteando un camión que va muy lento, y calcula que habrá cambiado mucho pero su padre no, “porque los adultos casi no cambian” y que sí lo va a reconocer, pese a los 13 años que separan este reencuentro proyectado. Se ha puesto melancólico Don Carlos, pero vuelve a sonreír al hablar de su madre, que con 8 hijos salió adelante y les enseñó a trabajar, y de su padrastro que “es un hombre excelente”.

Ahora vamos entrando al Coca y aquí ya no crece nada. Solo los tubos delgados de perforación, los gruesos de  trasporte de crudo y los mecheros de algunas petroleras yuxtapuestos a los moteles de pintura descascarada y  night clubs descoloridos. Entonces le pregunto si ya está casado o tiene hijos, y muy muy serio me dice "eso es una tremenda responsabilidad". Él se ha dedicado a trabajar en el taxi desde hace dos años y piensa que es mejor así, porque es muy joven.

En ese momento le pregunto su edad y me responde “tengo veinte y tres”.

Cuando nos despedimos en el aeropuerto nos apretamos la mano y le digo “hasta pronto Don Carlos, un gusto en conocerlo”. Nos obsequia una sonrisa resplandeciente.

A más de los dólares de la carrera, hoy Carlos se ganó el Don con su conversación.


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