María Paula es mi vecina. Si le calculo bien la edad debe
tener unos 9 años ahora, o tal vez 10. Nos conocimos hace cuatro, cuando me mudé a este barrio al cual se accede
después de subir tantas cuestas que uno cree que va a llegar a la cima del
Pichincha.
Cuando la conocí era una niña vivaz, muy amiguera, que se
pasaba las tardes en el jardín de su casa cargada una muñeca a la que le
cambiaba la ropa todo el tiempo y hablando con quien se le cruzaba. En esa
época mi sobrina y su bebé vivían acá, lo cual volvía la conversación muy interesante
y la casa muy atractiva. Hasta el punto que la María Paula, que no había sido
inscrita aún el orden de las prohibiciones sociales, venía a timbrar a la puerta
cada vez que se le antojaba para “ver a la bebé”.
Supongo que no hacía eso solo con mi casa, sino que tenía
otros pretextos para ir a otras casas en el barrio, y que alguien un día se
quejó, porque súbitamente dejó de venir. A mí en lo personal no me molestaba su
charla infantil y su curiosidad sin freno, me hacía sentir acogida en un lugar
que sentía aún extraño para mí. Mi único otro contacto era la vecina de al
lado, cuya hija adolescente salía siempre a gritar “Luuuunaaaa, Luuuuunaaaaa”,
buscando a una perra pekinesa que varias veces asomó en mi sala, hasta que un
día desapareció también. Luego nos enteramos que la había atropellado un taxi.
Ya casi no había visto a la María Paula hasta esta cuarentena.
Cuando desapareció comenzamos a elucubrar las cosas más extrañas al respecto: sus
padres la habían encerrado en un cuarto oscuro, la mandaron a un internado, la
asesinaron y la enterraron en el jardín…
En estos años progresivamente reapareció, siempre en
versiones más grandes y lejanas, y sobre todo, hurañas, lo que la transformó en maléfica para nosotras. Comenzamos un nuevo juego
con mi hija: que no nos vea la María
Paula. Cuando llegábamos del trabajo, nos agachábamos en el auto y salíamos hagazapadas luego hasta la
puerta como en un juego de espías; la sospechábamos de fumar
marihuana o quemar cosas en su casa cuando flotaban olores extraños afuera, y
cuando la veíamos sentada en el jardín imaginábamos que seguramente se
encontraba ocultando los huesos de algún pobre animalito que desolló.
El encierro cambió muchas cosas para muchas personas, incluida
la María Paula. La hemos visto salir a lavar el auto con su hermano, acostada en shorts tomado el sol en la hierba con su mamá, caminando afuera haciendo quién
sabe qué mientras su papá da interminables vueltas en el parqueadero en traje
de deporte. Hemos vuelto a saludar, de lejos por la ventana y a veces en persona cuando
salgo. Está grande y se la ve feliz, feliz en esta cuarentena con sus
dos nuevos regalos.
El más reciente es una bici rosada enorme en la cual da
interminables vueltas en círculo en el parqueadero, a veces persiguiendo a su
hermano, a veces sola, pero siempre con una sonrisa inmensa y las mejillas
coloradas por el esfuerzo. El otro, más antiguo porque llegó a inicios del
aislamiento, es también el más extraño. Vino en forma de casi perro: es un
chihuahua al que trata como a las muñecas de antaño, paseándolo en la bici y
poniéndole vestidos. Para mí era solo un perro más, hasta que un día oí la voz
chillona de la María Paula en el patio llamándolo incesantemente “Luuuunaaa,
Luuuuunaaaa”.
Todos recuperamos algo en esta cuarentena.
La María Paula, su sonrisa.
El barrio, la Luna.
Y yo... a la María Paula.
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