Los miércoles en la mañana se han convertido en el “día de la limpieza” para mí. Si bien antes de todo este lío esto estaba a cargo de mi Mayri querida, desde que nos confinaron yo la confiné a ella a su casa y me he dedicado a esta tarea.
Ya son 9 meses de
esta rutina, que arranca con una limpieza profunda de la cocina, luego la
aspirada de toda la casa, y finalmente, la lavada de los baños. Al principio me
renegaba, no le veía el punto a limpiar las cosas para que luego de media
mañana todo esté de nuevo patas arriba, lleno de pelos de gato y trastes
sucios.
Pero progresivamente este espacio se fue transformando,
convirtiéndose en un momento en el que estaba por fin sola conmigo misma. Al principio,
lo usé para disfrutar de mi música, puesto que había perdido el espacio
asignado a esto que era, antes de la pandemia, cuando manejaba en camino al
trabajo. Cuando rompí con la pareja con la que estuve casi 5 años, este se
convirtió en el espacio de escuchar a Walter Riso decirme con su voz docta todo
lo que no había querido confesarme a mí misma sobre este tema. Y cuando me
faltó tiempo para las clases, lo usé para escuchar mis propias grabaciones del
semestre anterior y refrescarme los temas. Finalmente, en estos dos últimos
meses, este se convirtió en el espacio
del silencio, de oirme recitar los pendientes de las clases, los trámites por hacer antes de
que se acabe el año, o lidiando con las cosas que me ha traído y sigue trayendo
la pandemia: los problemas económicos por la baja del salario, el exceso de
trabajo por la carga de los trabajos semanales de 130 estudiantes, la gastritis
de mi mamá , las caídas de mi papá o cualquier otra novedad de esas que solo
este año nos ha hecho vivir.
Coincidentemente, este miércoles que quiero narrar es el
segundo que pasa desde que se presentó la última de “esas” novedades: mi hija
enferma de covid. Lleva una semana y media encerrada en el cuarto, y yo una
semana y media de desinfecciones de vajillas que entran y salen del mismo, de
monitoreos a través de la puerta sobre su temperatura, su terapia respiratoria,
su oxigenación, sus medicamentos. Es una semana y media que no duermo casi nada,
esperando con ansiedad el día siguiente, y el nuevo síntoma que aparecerá: el inicio
de la bronquitis, las crepitaciones que detecta el médico en el pulmón, la
pérdida del olfato y el gusto…. Una
semana y media que mi mente trata de “mantenerse positiva para que mi
sistema inmune no se baje”, como me aconsejan todas las buenas personas que
no tienen ni idea de lo culpabilizante que puede ser un consejo de este tipo en
estas circunstancias.
Trato de no pensar mucho en nada, entonces, mientras limpio
la cocina a profundidad. Como he terminado con eso bastante rápido, para proceder a la siguiente
etapa cambio la fundita del aspirador por una nueva porque esta ya está bastante
llena, y comienzo a aspirar la sala. Lo
estoy logrando bastante bien, mi cabeza inundada del ruido del aspirador,
cuando levanto un cojín del sofá… y descubro la araña.
Al principio ni me doy cuenta que es una araña, parece una
flor muerta, tipo margarita. Acerco mi mano, pero algo me frena, y es el
pensamiento que hace ya rato no hay flores en esta casa. En un micro segundo entiendo
lo que es. Tiene el tamaño de una margarita muerta, pero no lo es. Esas cosas largas y gruesas no son
pétalos marchitos, son patas recogidas. Esa bola no es el centro de una flor. ¡Es
el cuerpo de una araña! Mis neuronas me dicen que debo aspirarla y lo hago
inmediatamente, dejando prendido el aparato mientras voy a buscar el
insecticida para asegurarme que no salga con vida; paro el aspirador, abro el compartimiento y me
dedico a vaciar en la funda todo el frasco. Sello la funda con cinta de
embalaje, la boto a la basura, y en poco tiempo todo el incidente ha terminado.
¿O ha comenzado?
Porque entonces me viene a la garganta una avalancha de sentimientos, y exploto en llanto. Lloro cambiando la bendita funda, y sigo llorando mientras continúo aspirando. Lloro sin control pensando en la horrorosa araña escondida debajo de mi cojín. Lloro por habérmela encontrado, por haber tenido que lidiar con ella sola en lugar de salir corriendo como hubiera querido, por tener que guardar la cabeza fría mientras "me hago cargo del asunto". Lloro por todas las arañas con las que he tenido que lidiar últimamente, sin ninguna cronología porque se precipitan así desde el pozo a donde las he mandado: las PCR, las citas médicas, la ruptura, los diagnósticos, las tomografías, la conversaciones truncas, la reducción del sueldo, el aumento de la carga laboral, las desinfecciones de la casa, la indiferencia de quien decía querer pasar la vida conmigo, los recuerdos que no se me borran como a él que con 4 pedaleadas se ha olvidado de todo, las voces en mi mente, las angustias por la salud de mi madre, las discusiones con mis hermanos, los silencios eternos en las noches, los millones de preguntas que se han quedado sin respuesta, el dolor de la mandíbula que no desaparece, las ausencias, el frío eterno que me congela los pies cada noche y que permanece ahí hasta la mañana… parecería que dentro de mí esta desesperación va a durar toda la vida, es como un tsunami que no puedo contener.
¿Quién se iba a imaginar lo que haría una araña?
Pero eso también termina.
Es más: he terminado de aspirarlo todo y ya solo quedan los baños por lavar. Mientras guardo el aspirador, ya solo melamento por la funda nueva que puse y me tocó botar.
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