Laura tiene 40 años +. No le gusta decir su edad, es más,
hace algunas décadas decidió que los cumpliría cada 5 años y no anualmente, lo
que suena raro pero es solo un argumento para no tener que celebrarlo y que la
dejen tranquila.
Podríamos decir que es una mujer
madura, pero Laura odia ese término. Se lo ha topado últimamente en los
anuncios del youtube para las app de citas. Ella escucha “Mujer madura” y
eso le activa en la mente la imagen de la casera del mercado cuando le dice que
la fruta está madura para vendérsela, pero a las claras ya ha comenzado
a podrirse.
Laura es soltera, pero no es una
soltera verdadera. Eso lo ha aprendido con los años. Existe como una especie de
jerarquía entre los solteros: en la cúspide están los solteros-solteros, que
nunca se casaron ni tuvieron hijos. Debajo de ellos, los que estuvieron casados
y tuvieron hijos pero ya no viven con ellos. Y en el tercer peldaño, los
separados o divorciados que tienen aún a sus hijos a cargo. La jerarquía aparentemente depende
del grado de soledad acumulado. Laura sabe que, aunque
ha pasado por el tercer y segundo puesto, nunca alcanzará el primer peldaño ni será
una “soltera verdadera”. Pesa sobre ella la sospecha de que al haber tenido parejas en su vida, vuelva a recaer y estar con alguien.
Laura no sabe bien si eso es verdad
o no, el caso es que se ha instalado en esa nube cómoda de la soltería y siente que para ella representa un lugar seguro. No entiende los juegos relacionales, ese tira
y afloja que se instala en el cortejo en donde se supone que tiene que hacerse
la dura e inalcanzable para que el otro se interese en ella. Ella es más bien
de juego franco y abierto, de decir las cosas como las va sintiendo. Pero nada
bueno le ha traído ese exceso de sinceridad, entonces prefiere no jugar.
Además, a Laura le estresa mucho conocer
a alguien a estas alturas; teme terminar ratificándose en lo que carga de
experiencias anteriores, y que lo resume muy bien su tocaya, la Pausini: “cada
hombre tiene su sombra detrás de la sonrisa”. Laura ha aprendido a la dura
lo que es salir de una ruptura amorosa, lo ha hecho varias veces, y le asusta
entrar en lo mismo de nuevo. Por eso se ha encerrado en un mundo de libros y
rompecabezas, con la única compañía que no la estresa, sus gatos. Solo se deja
creer en el amor a veces por el espacio de una hora y media, cuando ve películas
románticas en el Netflix. Su corazón palpita unos instantes con el universo
color rosa, pero luego cierra la tapa de la computadora para volver a la
realidad.
A la realidad en la que ella es
una mujer madura, así no le guste el término.
Rompecabezas, gatos, Netflix... Me gusta tu descripción 😸
ResponderEliminarEl mejor lugar para estar! Un abrazo Elenita!
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