jueves, 28 de septiembre de 2023

El cigarrillo de mora

Hoy, por primera vez desde hace 20 años, prendí un cigarrillo.

No les puedo describir la maravillosa sensación de alivio que me recorrió en el cuerpo. Siempre supe que desde que dejé de fumar vivía en una especie de bruma constante. Una suerte de Londres nublado personal, con el cerebro medio embotado y la vista borrosa. Y no, no es culpa de mi miopía. Esa solo contribuye al problema esencial.

Hace 20 años dejé de fumar porque tenía un proyecto de vida: quería tener un hijo. Pero quería recibirlo en un cuerpo sano, no un cuerpo intoxicado por la nicotina. Y lo logré. Dejé de fumar y, un año después, me embaracé del mejor regalo que me dio la vida: mi hija. Ella hoy tiene dieciocho años, es una joven adulta, no una adolescente como otras de su edad. Vive sola en un país lejano, se prepara sus comidas y no tiene a nadie que la despierte. En pocas, su independencia es un éxito que se ha pagado con mi invisibilidad; tuve que dejar de hacer esas cosas por ella para devolverle el regalo de la vida. No me arrepiento de ello, para nada. Si mañana desaparezco, ella va a estar bien, yo lo sé. La sigo amando desde lejos, y extrañándola como a nadie. El amor de mi vida es ella, menos mal lo entendí antes de que se vaya, y supe disfrutar su presencia.

Volviendo a lo del cigarrillo, yo siempre dije que si volvía a probar uno probablemente me volvería una adicta de nuevo. Es que antes de dejarlo, tuve etapas en que fumaba 2 cajetillas diarias: una de blancos y otra de mentolados, alternando las unidades para introducir variedad y no saturarme. Uno antes del café de la mañana, otro después, otro más en camino a la universidad, otro al llegar, otro antes de entrar a la primera clase, otro en el receso, otro más porque el tiempo sí me daba antes de las segunda clase… los que fuman saben lo que es eso: se enciende el siguiente con la colilla del anterior, ya ni se necesita de fósforos o encendedores. El cigarrillo se fuma tan rápido y tan intensamente que la colilla quema los dedos. Por qué creen que los dedos se vuelven amarillos? : la nicotina entra en la piel como las improntas del ganado, a punta de llama.

Durante este período de abstinencia varias veces he flirteado con la idea de volver a fumar. En épocas de problemas emocionales, como por ejemplo, para relajarme: qué mejor que un tabaco? O cuando era decana y tenía tanto estrés laboral que a veces pensaba que no lo iba a lograr porque no me avanzaban las horas del día para todo, pese a que hacía jornadas de casi 12 horas incluido el sábado. Alguna que otra vez salí de reuniones particularmente tensas y siempre me decía: quiero fumar. Luego me acordaba de lo duro que fue dejar (eso no les he contado: tres días de no dormir, de estar temblando y sudando la abstinencia, emputada con el mundo por hablarme, conmigo por haber comenzado a fumar en mis 18 solo porque todos lo hacían, enojada con mi exmarido -marido en esa época- que seguía fumando frente a mí, con mi propio deseo de ser madre, con el universo, …) y no lo hacía, solo respiraba fuerte y me decía que yo podía con todo, con las frustraciones, los enojos, que si conseguí dejar de fumar podía con lo demás.

Hoy fumé mi primer tabaco desde hace 20 años. Llevaba flirteando con la idea desde hace varios días. o tal vez unas semanas. ¿Será que me ha cogido la vejez, o serán las cosas que estoy viviendo? El caso es que ya no siento que puedo con todo. Más bien, no puedo con nada. Tomo decisiones que en el momento parecen adecuadas, pero que en pocas horas se demuestran ser pésimas. Tengo trabajo acumulado como para tres meses si duermo las noches, o uno sin parar ni dormir, y cosas nuevas siguen llegando. Atiendo lo que puedo, pero mi nivel de atención es tan malo que pierdo las cosas: olvidé mi celular en un aula y tuve la suerte que una alumna lo devolvió; perdí mis tarjetas del banco y la señora de la limpieza las encontró, dejé la hornilla eléctrica encendida, también la cafetera todo un día… ya ni cuento las cosas que se me olvidan, o que hago sin querer. La otra noche hasta me emborraché  por error! (eso les cuento otro rato).

Hoy, al borde del colapso, después de olvidarme la clave de la alarma del auto… decidí que he llegado al punto de no poder hacer esto sola. Me refiero a la vida.

Y me compré un cigarrillo de mora.

Y me lo fumé. Antes de ir a cumplir con esos horarios absurdos llenos de cosas innecesarias inventadas por alguien que, a las claras, ignora todo sobre los seres humanos que tratamos de seguir siendo “de alto rendimiento” cuando lo único que queremos es rendirnos.

Y de repente, la bruma se disipó. Pude pensar de nuevo, ser coherente en las entrevistas, contestar correos, ser amable con la gente, relajarme y ver mi vida como si fuera un programa de televisión, sin que las cosas me lleguen o me afecten.  Pude salir a almorzar y ver niñas jugando con muñecas en el patio de comidas sin que se asomen de golpe todos los recuerdos infantiles de mi hija a aporrearme tanto que se me desbordan las lágrimas. Pude escuchar con atención sus mensajes y contestarlos sin tener que repetir tres veces para que no se note el tono de madre que extraña... Pude de nuevo ser pareja de mi pareja y reírme sin intentar ser su psicóloga. Pude ver el mundo sin tratar de arreglarlo o salvarlo.

Y pensar que todo esto estaba solo a un cigarrillo de mora de distancia…


jueves, 7 de septiembre de 2023

Historias de mudanza

La desesperación. Son las 7 de la noche del sábado, el camión viene a recoger las cosas a las 8 del domingo y no tengo nada empacado. Peor aún. He tomado tantas malas decisiones en este fin de semana que no hay nadie para ayudarme. Comienzo a armar las cajas y a poner frenéticamente las cosas adentro. Tengo cantidades de libros, tantas cosas acumuladas. Quería donar antes de cambiarme, pero la mudanza se me vino encima con demasiada rapidez. Necesito más tiempo, más cajas, más manos que me ayuden. Las lágrimas se me vienen a los ojos, pero no hay tiempo para eso tampoco. Como un robot, empaco y empaco.

La furia. Algunas horas han pasado y aunque el trabajo avanza, no pareciera que va disminuyendo. Faltan los cuadros, los utensilios de cocina, los adornos de la sala, ¡ni hablar de todo lo que queda en los cuartos arriba! Me estoy comiendo mis horas de sueño mientras trato de no pensar en la mudanza anterior que también hice sola, y en donde me juré no volver a hacerlo así. Estoy furiosa conmigo misma porque aparentemente no aprendo nada.

La tristeza. Estoy ya en la otra casa, entre cajas y más cajas. Ordeno y ordeno, no paro de ordenar, pero el caos le gana al orden, pareciera que los objetos se multiplicaran adrede para hacerme sentir que esto no va a terminar nunca. Mis gatos están traumados, no salen de debajo del edredón desde hace dos días, no comen, no beben agua. A ratos, quisiera ser como ellos y esconderme. Esta casa no es mi casa. Los libros, los adornos, los cuadros, todo está en la bodega. Talvez debería de irme a vivir allá. Me encierro en el baño a llorar un rato, solo 5 minutos, no hay espacio para esto tampoco acá.

Las dudas. Esta mudanza es una especie de apuesta a la vida. Apostemos que es bueno salir de la zona de confort e intentar algo nuevo. Apostemos que no es tan malo irse al valle como siempre lo he pensado. Apostemos que puedo vivir en pareja y que es mejor que estar sola. Apostemos que los gatos y los perros pueden llevarse bien y no van a haber accidentes. Apostemos que se puede lograr un equilibrio y tener algo que no sea solo mío, o suyo, sino “nuestro”. Apostemos.

La esperanza. Estoy terminando mi jornada laboral en la universidad. Prendo la Waze para que me diga cuál es el mejor trayecto para llegar a mi nueva casa. El regreso extrañamente siempre es menos largo que la partida. Debe ser una señal del universo. Aunque todos estos días he flirteado con la idea de irme a un hotel que acepte mascotas, hoy tengo ganas de regresar allá. El desorden no se acaba, siguen llegando los objetos rezagados, pero no me importa. Hay algo que me calienta el corazón: es el pensamiento de que ahora siempre le voy a ver a él ahí.