Hoy, por primera vez desde hace 20 años, prendí un
cigarrillo.
No les puedo describir la maravillosa sensación de alivio que
me recorrió en el cuerpo. Siempre supe que desde que dejé de fumar vivía en una
especie de bruma constante. Una suerte de Londres nublado personal, con el
cerebro medio embotado y la vista borrosa. Y no, no es culpa de mi miopía. Esa
solo contribuye al problema esencial.
Hace 20 años dejé de fumar porque tenía un proyecto de vida:
quería tener un hijo. Pero quería recibirlo en un cuerpo sano, no un cuerpo
intoxicado por la nicotina. Y lo logré. Dejé de fumar y, un año después, me embaracé
del mejor regalo que me dio la vida: mi hija. Ella hoy tiene dieciocho años, es
una joven adulta, no una adolescente como otras de su edad. Vive sola en un
país lejano, se prepara sus comidas y no tiene a nadie que la despierte. En
pocas, su independencia es un éxito que se ha pagado con mi invisibilidad; tuve
que dejar de hacer esas cosas por ella para devolverle el regalo de la vida. No
me arrepiento de ello, para nada. Si mañana desaparezco, ella va a estar bien,
yo lo sé. La sigo amando desde lejos, y extrañándola como a nadie. El amor de
mi vida es ella, menos mal lo entendí antes de que se vaya, y supe disfrutar su
presencia.
Volviendo a lo del cigarrillo, yo siempre dije que si volvía
a probar uno probablemente me volvería una adicta de nuevo. Es que antes de
dejarlo, tuve etapas en que fumaba 2 cajetillas diarias: una de blancos y otra
de mentolados, alternando las unidades para introducir variedad y no saturarme.
Uno antes del café de la mañana, otro después, otro más en camino a la
universidad, otro al llegar, otro antes de entrar a la primera clase, otro en
el receso, otro más porque el tiempo sí me daba antes de las segunda clase… los
que fuman saben lo que es eso: se enciende el siguiente con la colilla del
anterior, ya ni se necesita de fósforos o encendedores. El cigarrillo se fuma
tan rápido y tan intensamente que la colilla quema los dedos. Por qué creen que
los dedos se vuelven amarillos? : la nicotina entra en la piel como las improntas del ganado, a punta de llama.
Durante este período de abstinencia varias veces he
flirteado con la idea de volver a fumar. En épocas de problemas emocionales, como
por ejemplo, para relajarme: qué mejor que un tabaco? O cuando era decana y tenía
tanto estrés laboral que a veces pensaba que no lo iba a lograr porque no me
avanzaban las horas del día para todo, pese a que hacía jornadas de casi 12 horas
incluido el sábado. Alguna que otra vez salí de reuniones particularmente
tensas y siempre me decía: quiero fumar. Luego me acordaba de lo duro que fue
dejar (eso no les he contado: tres días de no dormir, de estar temblando y
sudando la abstinencia, emputada con el mundo por hablarme, conmigo por haber comenzado
a fumar en mis 18 solo porque todos lo hacían, enojada con mi exmarido -marido
en esa época- que seguía fumando frente a mí, con mi propio deseo de ser madre,
con el universo, …) y no lo hacía, solo respiraba fuerte y me decía que yo podía
con todo, con las frustraciones, los enojos, que si conseguí dejar de fumar
podía con lo demás.
Hoy fumé mi primer tabaco desde hace 20 años. Llevaba flirteando
con la idea desde hace varios días. o tal vez unas semanas. ¿Será que me ha
cogido la vejez, o serán las cosas que estoy viviendo? El caso es que ya no siento
que puedo con todo. Más bien, no puedo con nada. Tomo decisiones que en el
momento parecen adecuadas, pero que en pocas horas se demuestran ser pésimas. Tengo
trabajo acumulado como para tres meses si duermo las noches, o uno sin parar ni
dormir, y cosas nuevas siguen llegando. Atiendo lo que puedo, pero mi nivel de
atención es tan malo que pierdo las cosas: olvidé mi celular en un aula y tuve
la suerte que una alumna lo devolvió; perdí mis tarjetas del banco y la señora
de la limpieza las encontró, dejé la hornilla eléctrica encendida, también la cafetera
todo un día… ya ni cuento las cosas que se me olvidan, o que hago sin querer. La
otra noche hasta me emborraché por error!
(eso les cuento otro rato).
Hoy, al borde del colapso, después de olvidarme la clave de
la alarma del auto… decidí que he llegado al punto de no poder hacer esto sola.
Me refiero a la vida.
Y me compré un cigarrillo de mora.
Y me lo fumé. Antes de ir a cumplir con esos horarios absurdos llenos de cosas innecesarias inventadas por alguien que, a las claras, ignora todo sobre los seres humanos que tratamos de seguir siendo “de alto rendimiento” cuando lo único que queremos es rendirnos.
Y de repente, la bruma se disipó. Pude pensar de nuevo, ser
coherente en las entrevistas, contestar correos, ser amable con la gente, relajarme
y ver mi vida como si fuera un programa de televisión, sin que las cosas me lleguen o me afecten. Pude salir a almorzar y ver niñas jugando con
muñecas en el patio de comidas sin que se asomen de golpe todos los recuerdos
infantiles de mi hija a aporrearme tanto que se me desbordan las lágrimas. Pude
escuchar con atención sus mensajes y contestarlos sin tener que repetir tres
veces para que no se note el tono de madre que extraña... Pude de nuevo ser
pareja de mi pareja y reírme sin intentar ser su psicóloga. Pude ver el mundo
sin tratar de arreglarlo o salvarlo.
Y pensar que todo esto estaba solo a un cigarrillo de mora
de distancia…
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